La charca inútil de David Desola

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Por Alberto de Casso‏.

Hemos visto en la sala pequeña del Teatro Español una pequeña gran obra del joven autor David Desola. Un texto con cuatro personajes, que en realidad serían dos,  porque en la realidad dos de ellos no existen, o mejor dicho uno existe escénicamente pero no realmente y otro existe realmente, pero no escénicamente, o al menos existe en la realidad y percepción de uno de los personajes.

La obra funde con notable destreza y sentido de la economía y oportunidad teatral dos tramas muy tristes y diferentes y se inician estas dos tramas cuando lo más terrible ya ha sucedido y el pasado doloroso lo impregna todo y contamina el presente y también contamina de tristeza el presente del espectador.

Un profesor que ha abandonado la profesión después de recibir una paliza de unos alumnos grabada con un móvil y cuyo eco mediático le avergüenza y humilla. Una madre que ha perdido a su hijo en los trenes del 11 de marzo en Atocha, fecha fatídica que no se menciona, y que por elusión resulta terriblemente alusiva, sobre todo para los que cogíamos todos los días ese tren aciago.

La madre se niega a aceptar que su hijo esté muerto y le pide al profesor que le dé clases particulares. El profesor entra en ese magnífico y atroz “engaño a los ojos” tan cervantino y tan moderno, al principio desconcertado, y luego conmovido por esa madre que se niega a aceptar la verdad inasumible de que su hijo está muerto.

En otro plano el profesor habla con su antiguo profesor de su fracaso vital y profesional, y de ese alumno inexistente del que no sabe como librarse, y este le da consejos o se ríe de su estupor y desgana. Y sin embargo acude puntualmente a darle clases de gramática, le explica lo que es una metáfora con un ejemplo de un poema de Miguel Hernández,  se sienta en su pupitre,  se come su merienda, se enfrenta a los silencios lancinantes de la madre magistralmente interpretada por Sonia Almarcha,  y acepta el dinero que le da la madre por su trabajo baldío.

Al final sabemos que tanto la madre como el profesor han creado en su cabeza a otro, una ausencia fantasmal que consuela y atormenta al mismo tiempo, que necesitan como el aire que respiran.

El montaje de Roberto Cerdá contribuye a poetizar y a superponer las tramas de forma inteligente y fluida, a contarnos las dos historias al mismo tiempo con la misma intensidad, y le da el tono adecuado y convincente a cada uno de los personajes: la imagen doliente y solitaria de la madre, la timidez triste y vacilante del profesor,  la bondad sarcástica del viejo acompañante y sobre todo consigue que la ausencia/ presencia del niño muerto en los trenes de Atocha nos resulte terrible e insoportable cada instante de la función.

Feto-olé.

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