Trabajos del reino, de Yuri Herrera

Por Recaredo Veredas.

Trabajos del reino. Yuri Herrera. Editorial Periférica. 135 páginas. 16 €.

El monarca de este reino no es moderno, democrático y comprensivo sino el dueño y señor de los suyos. Un tirano caprichoso y paranoico que, como Macbeth, conoce la inminencia de su destronamiento y mira aterrado a su alrededor, tratando de cercar una amenaza casi infinita. El protagonista, sin embargo, no es el elegido sino uno de sus súbditos, una especie de trovador llamado Lobo, obligado a cumplir con Los Trabajos del Reino: aderezar con sus corridos la gloria de su señor y, sobre todo, persistir en la vida, dominando sus instintos e intuyendo cuándo y cómo hay que huir, escapar sin otro fin que mantener la sangre en las venas. Porque, como bien afirma: “…hay que quedarse donde le dicen a uno, hasta que uno sienta que ese ya no es su lugar”.

Lobo, el Artista, es glosado por un narrador que le quiere pero afortunadamente domina su afecto, una voz amarrada a él por hilos irrompibles que muestra una mirada a un tiempo lúcida, compasiva y desesperanzada, perfilada por una prosa sobria y expresiva, capaz de sumergirse en la conciencia del personaje y de describir su entorno sin que en los movimientos -casi inmersiones- del narrador se perciba esfuerzo alguno. Sus mejores momentos, que son casi tantos como páginas tiene el libro, remiten a la ira contenida del primer Vargas Llosa. El autor, como décadas atrás hizo el peruano, no aporta soluciones fáciles, tampoco una indignación obvia: se limita, como el compositor de corridos, a contar lo que ve como mejor sabe y desde una perspectiva de probada eficacia: la del bufón.

Herrera posee una escritura alejada de la trivialidad pero sumamente terrenal, consciente de la urgencia y la importancia de lo que narra. Las arriesgadas peripecias de Lobo tienen su reflejo en una narrativa sumamente libre, en ocasiones casi temeraria: las entradas en conciencia rozan una prosa abstracta, que conduce hasta una lírica escueta y conceptual, muy alejada, en principio, de la supuesta tradición del autor: “Decir cuate, sueño, cántaro, tierra, percusión. Decir cualquier cosa. Escuchar la suma de todos los silencios. Nombrar la holgura que promete. Y luego callar”.

Yuri Herrera no solo posee técnica literaria, también -lo que resulta mucho más importante- es miembro de una casi extinguida estirpe de autores que, como afirmaba Faulkner en aquel famoso discurso, escriben sobre “las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio.”

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