Los huesos de Descartes

Los huesos de Descartes. Russell Shorto. Duomo ediciones (2009).

Por Gonzalo Muñoz Barallobre.

Académicamente se nos ofrece una narración de la Modernidad, siguiendo las palabras del principal implicado en esta obra, clara y distinta, en la que si algo podemos destacar es un maniqueísmo simplista y un pelín patético: la Modernidad como el despertar del hombre a la razón, a la luz que ilumina hasta el último recodo del universo y que elimina toda sombra susceptible de ser anidada por la tan nociva religión, alimaña entre las alimañas intelectuales. No es difícil descubrir el intento de falsificación de aquellos que levantaron está narración y aquellos que -quién sabe lo que quieren justificar con ella- aún la pregonan y defienden.

¿Por qué Russell Shorto, director del John Adams Institute de Amsterdam y colaborador habitual del New York Times Magazine está tan interesado en los huesos del padre del Racionalismo? Porque su historia, una historia que dura unos 350 años, le sirve de hilo conductor -original y lúcido- para narrar lo que realmente se puso en juego durante el despertar de la bautizada como época moderna: un baile de fuerzas, tan potentes como contrarias, que entretejidas abrieron las llaves del mundo moderno.

Pero vayamos a lo de los huesos. Descartes, perseguido por sus opiniones, termina en la corte de la reina Cristina de Suecia donde, al poco tiempo y a causa de una neumonía, fallece. El embajador de Francia, junto con la joven reina y sus consejeros, deciden no trasladar el cadáver del autor del Discurso del método, y acuerdan enterrarlo en un  pequeño campo santo cercano a la ciudad de Estocolmo. Allí, Descartes, estará hasta que quince años después se decida y autorice su traslado a Francia. El lugar elegido será la iglesia parisina de Santa Genoveva. Después de este segundo emplazamiento, con el estallido de la Revolución Francesa, y los graves ataques y destrozos que sufren las iglesias, los huesos de Descartes, gracias a la intervención de un extraño personaje llamado Lenoir, terminan dentro de un sarcófago egipcio, en el Museo de los Monumentos Franceses. Finalmente, y después de varias polémicas acerca de si debían ser trasladados al recién inaugurado Panteón de los hombres ilustres, acaban en la iglesia de Sainte-Germain-des-Prés, fundada en el siglo VI, en la orilla izquierda del Sena, poniendo punto final a la odisea.

Durante los vaivenes escatológicos, la calavera desaparece, de mano en mano será tratada como una reliquia laica –actualmente está en el Museo del Hombre de París-, y con restos de su omoplatos se harán anillos para sus más fieles seguidores -¿racionalistas todos ellos?-.

A pesar de que el periplo de los huesos se alarga un poco, no cabe duda que merece la pena leerlo para aprender más sobre ese periodo y para terminar, de una vez por todas, con la historieta académica.

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