El trono

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Por Paula Lapido.

Recuerdo cuando los souvenirs más preciados que podían proporcionar los escritores recién muertos eran crujientes manuscritos inéditos escondidos en el fondo de los cajones de sus escritorios. No era necesario esperar a que el autor hubiera exhalado su último suspiro: si ya se acercaba a una edad respetable, si de pronto caía enfermo, si llevaba tiempo sin publicar nada, todas eran razones para preguntarse con ahínco lo que custodiarían sus archivos y empezar a salivar ante la perspectiva de hacerse con una novela inédita que salvase la temporada editorial. Ah, qué tiempos aquellos…

Quizá sea pronto para adelantar acontecimientos, pero podríamos estar entrando en una nueva era en lo que a souvenirs literarios se refiere. Y aún digo más, podríamos echarle la culpa de ello a Jerome David Salinger y a su tan humana costumbre de visitar el retrete de vez en cuando.

Desde su fallecimiento en enero de este año, mucho hemos podido leer sobre sus manuscritos inéditos o no, mucho han temido (unos) y ansiado (otros) que alguna mano tal vez no del todo inocente arrancase bocetos y notas de sus cuadernos y pretendiese venderlos al mejor postor (que se lo digan a Nabokov y a su, no ya solo incompleta, sino casi no comenzada Laura). Pero en las últimas semanas el verdadero punto caliente de la información en torno a Salinger no ha sido si escribió o dejó de escribir durante los más de cincuenta años que vivió más o menos apartado del mundanal ruido en el pequeño pueblo de Cornish, New Hampshire. No. La noticia de portada estos días es quién acabará comprando su retrete. Inodoro, váter, escusado, sí. El trono del padre de Holden Caulfield.

Todo empezó cuando Salinger y señora decidieron reformar el baño de su casa de Cornish, allá por los años sesenta. Quizá pensaron que era buen momento para modernizar las instalaciones, o para reemplazar ese retrete cuya cisterna llevaba goteando meses y el fontanero nunca había sido capaz de arreglar. Quizá habían consultado unos interesantes catálogos de baños y querían combinar los sanitarios con las nuevas baldosas de las paredes, cualquier cosa es posible. Finalmente se decidieron por un modelo Crane Oxford en blanco, lo más práctico. Todo parecía perfecto. Sin embargo, esta casa no era el hogar de su vida, puesto que Salinger se mudó a otra, también en Cornish, a mediados de los ochenta, y este fue el momento en el que el retrete comenzó a adquirir vida propia. Los compradores, la familia Littlefield, reformaron a su gusto la casa, pero conservaron todo lo que pudieron. Ah, pillines, ya preveían que cada objeto que hubiera sido tocado por Jerome David sería valioso un día –esto es, el día después de su muerte.

Y así llegamos a eBay y a la subasta. Para los interesados, el objeto de su deseo (¿deseo?) está a la venta por la módica cantidad de un millón de dólares. La última vez que se me ocurrió echar un vistazo, ya había 92 pujas; la venta caduca el 4 de Septiembre, a las 17:06, hora del Pacífico. El trono no tiene tapa pero viene acompañado de una carta manuscrita de la señora Littlefield que asegura que perteneció a Salinger y que su marido y ella conocían personalmente a los obreros que se lo pusieron en casa.

Quizá alguno piense que, pasando los ratos necesarios sentado en el trono de Salinger, alguna idea vendrá a su mente, más allá de las ideas de comprar leche y pasar la aspiradora del común de los mortales, que seguro que Salinger también tenía. Por otra parte, es poco probable que él fuera el único usuario del inodoro. Quizá las ideas de su esposa o de sus huéspedes salgan antes, ¿quién puede preverlo? Me preocuparía si, al final, el comprador resultase ser el ínclito Fredrik Colting, a.k.a J.D. California, empeñado en escribir una continuación de “El guardián entre el centeno”, y aborrecido por ello (por mí, al menos, y seguro que mucho más por el auténtico J.D.). Quizá a alguien se le ocurra emparentar el trono de Salinger con el urinario de Marcel Duchamp y sumarle aún otro producto algo más escatológico del arte, made in Piero Manzoni, para dar lugar a toda una sinergia de souvenirs sanitario-artístico-literarios, y de la suma del retrete y la Merda d’artista pasemos a la combinación de las pelucas de Elizabeth Taylor (no mientras siga con nosotros, aclaro) con la colección de pañuelos de David Foster Wallace, nueva tendencia de la moda otoño-invierno. No querría ni pensar en qué habría pasado con Kafka si su gran amigo Max Brod hubiese tenido algo más de vista y, en lugar de conservar solo sus manuscritos y llevarlos de un lado para otro, hubiera decidido además guardar en su desván el juego de toallas favorito de Josef, su taza del desayuno y un par de tapones de orejas de cera que guardaba en una pequeña caja de pastillas en su mesita de noche. ¿Hablaríamos ahora del gran K. con la misma reverencia espiritual, cuasi metafísica?

Quién sabe cuántos objetos más guardará el garaje de los Littlefinger, allá en Cornish, New Hampshire. Quién sabe qué sorpresas más o menos escatológicas nos aguardan. Aguántémoslas estoicamente, libro en mano, gritemos que el pez plátano es el mejor pez del mundo y que Esmé siempre se mereció más sordidez que amor. Mientras tanto, solo me queda advertir que lo más importante que debe saber el comprador del trono de J. D. Salinger es esto: los gastos de envío son gratis.

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