Mister Ego y otros críticos

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Por Isabel Camblor.

En las alcantarillas de París vive Remy, el cual además de darse una maña estupenda entre pucheros, tiene el muy respetable sueño de consagrar su vida a guisar y además vivir de ello. No cabe duda de que Remy debería ser cocinero, pero se da la desfavorable circunstancia de que es una rata, y es sabido que las ratas en la cocina están mal vistas. Si fuera un humano con bigote y acento francés tendría mucha más facilidad para hacerse un hueco en algún restaurante, pero al ser una rata de cloaca todo se complica. Este es a grandes rasgos el argumento de la película Ratatouille, que nos gustó mucho a Pablito y a mí. Al final la rata resulta ser el mejor cocinero del mundo y hasta acaba montándose su propio restaurante, perdonad que os reviente el final si no habéis visto la película, pero era preciso hacerlo para ilustrar el contenido de la entrada de hoy que, cómo algún perspicaz lector habrá podido adivinar, trata de lo feo que está prejuzgar.

Empezaré apuntando que, a pesar de mis sólidos principios, el otro día prejuzgué. Leí una crítica sobre un libro. La persona que firmaba la crítica parecía muy enfadada, hablaba de maniqueísmo, mala literatura y argumento folletinesco. Cómo yo soy de las que creen que los libros tienen, entre otras muchas, la función de entretener, y además tengo comprobado que cada vez que un crítico tacha de folletinesca a una novela los lectores debemos entender que se trata de un libro con trama, prejuzgué y lo compré. Y efectivamente, la novela tiene el suficiente argumento y entretiene lo bastante cómo para que uno se la lea de un tirón: yo me la he leído en una noche (también es verdad que soy insomne, pero no por eso sería capaz de dedicar la noche entera a un tostón). Observo que este testimonio contradice mi tesis de que prejuzgar no es bueno, olvidad pues mi experiencia y sigamos con la tesis y con Ratatouille:

Mister Ego es un crítico gastronómico que se pasa por el restaurante en el que Remy trabaja de estrangis. Es un tipo con ojeras, desagradable y antipático, que acaba enterándose de que el autor del mejor guiso que ha probado en su vida es un ratón. En un inesperado acto de humildad hace una reflexión que más de un crítico profesional debería hacerse y que copio literalmente: “El trabajo del crítico es sencillo en más de un sentido. Arriesgamos muy poco, y sin embargo usufructuamos una posición situada por encima de quienes someten su trabajo y su persona a nuestro juicio. Prosperamos gracias a nuestras críticas negativas, que resultan divertidas cuando se las escribe y cuando se las lee”.

Esta observación de mister Ego podría responder a una pregunta que me he hecho yo en muchas ocasiones: ¿por qué habrá tanto crítico furibundo suelto? Y puedo hacerme esta pregunta sin temor a que nadie me venga con que lo que tengo es una pataleta, puesto que todavía ningún crítico me ha puesto de vuelta y media. Puede deberse este dato a (¿?) se me ocurren un par de causas: 1) mis novelas son tan estupendas que no son susceptibles de recibir crítica negativa; 2) Los periódicos y revistas literarias han dedicado tan poco espacio a mis libros que, atendiendo a las leyes de probabilidad matemática, he recibido buenas críticas sencillamente porque he tenido pocas. Cada uno que piense lo que quiera, pero yo me quedo con la causa número uno porque es mucho más simpática y porque la dos me da muy mal rollo. 
Y para terminar os dejo una frasecilla, en este caso de Kant, que me viene que ni pintada para rubricar el post: “Con las piedras que los críticos te lanzan, bien puedes erigirte un monumento”.

Una respuesta a Mister Ego y otros críticos

  1. Muy bueno el artículo. En tono, forma y contenido. Ahora me pondré furibundo, que me toca.

    Fdo: un crítico. 🙂

    Un amigo
    30 septiembre 2010 at 8:29 am

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