Los problemas de ser un hombre invisible

Por María Pardo Arenas.

Alguna vez todos nos hemos planteado las ventajas que tendría ser invisibles. Podríamos ir a cualquier parte sin que nadie lo supiera, espiar, acceder a todo tipo de cosas que económicamente no estén a nuestro alcance… En todo esto pensó el protagonista de El hombre invisible, de H. G. Wells. Lo que no consideró fueron todos los inconvenientes que la invisibilidad podría traerle. Dejemos por el momento los factores “físicos” y las dificultades y objeciones al proceso de “invisibilización” y centrémonos en los problemas que sufre día a día.
Para empezar, como lo único que se vuelve invisible es su cuerpo, si quiere andar por ahí haciendo de las suyas no tiene más remedio que ir desnudo (recordemos que el personaje de Wells vive en Londres), es decir, helándose de frío. En la película Memorias de un hombre invisible, si no recuerdo mal, el protagonista se vuelve invisible por accidente, y con él, sus ropas, lo que es una buena manera de resolver el problema, aunque entonces la dificultad se sitúa en encontrar la ropa si se la quita… Esto, sin considerar los problemas que le supone a alguien que no quiere ser visto dejar huellas por todos lados (de hecho, si se embarra los pies son visibles dos finas capas de barro caminando), y no poder coger nada (ni siquiera comida) sin que aquello que coge llame la atención por estar flotando en el aire…
Por otro lado, en el libro de Wells hay bastantes fallos respecto a lo que ocurre cuando el hombre invisible come: en algunos capítulos la comida es visible hasta dos o tres horas después de ingerida, mientras que en otros se nos da a entender que desaparece al cerrar la boca. En cualquier caso, ninguna de las dos posibilidades es coherente con el medio por el que se ha vuelto invisible, que veremos a continuación.
Cuando Griffin comienza a explicar cómo ha hecho para ser invisible pone un ejemplo muy gráfico: el papel, en el fondo, está compuesto de fibras transparentes (lo que se hace patente al cubrirlo de aceite y observarlo a contraluz) y, el cuerpo humano, exceptuando la sangre y el cabello, se compone de fibras muy similares. De forma que, ingiriendo un decolorante que consiga hacer transparente la sangre y el pelo, se conseguiría ―y esto es importante― que el cuerpo se viera como una especie de masa gelatinosa transparente, con una apariencia similar, en la superficie, a las medusas. ¿Por qué? Porque el índice de refracción es superior al del aire. Si ese supuesto hombre se bañara, bajo el agua sería “más invisible”, pues el agua tiene un índice de refracción superior al del aire y, por tanto, más cercano al del cuerpo humano. Esta es la objeción que muchos ponen a la invisibilidad, pero el proceso que inventa Wells da cuenta de este fenómeno. En sus propias palabras: «El experimento principal consistía en colocar el objeto transparente cuyo índice de refracción había que rebajar entre dos centros radiantes de una vibración etérea (…)». Con lo cual el problema de la refracción, aparentemente, desaparece (el cómo pueda rebajarse tal índice sin que el cuerpo deje de ser sólido es una concesión que hacemos a la Ciencia Ficción…). Por eso decíamos que las opciones que maneja Wells sobre la ingestión de alimentos no son coherentes con el proceso de “invisibilización”: suponiendo que el cuerpo, al asimilar la comida, la volviera transparente, seguiría siendo sólo transparente, y no invisible, a menos que el sujeto se colocara entre los “dos centros radiantes” para rebajar el índice de refracción de la comida tras cada ingesta. Sin este proceso, lo que se vería sería una especie de líquido transparente flotando en el aire.
Separándonos ya de la obra de Wells es preciso añadir a los muchos problemas que comporta la invisibilidad, el de la ceguera, pues para la visión es necesario que los fotones de luz choquen contra el epitelio pigmentario, una capa oscura que contiene melanina y que permite que los fotones reboten hacia las células fotorreceptoras. Ellas los transformarán en un impulso eléctrico que se dirigirá hacia el nervio óptico. De manera que, igual que sucede con los individuos albinos, que poseen un grado muy bajo de melanina y por ello su agudeza visual es menor que la de los no albinos, nuestro hombre, cuyo epitelio es invisible, no sería capaz de hacer rebotar la luz en ninguna parte, por lo que la información no podría llegar a su nervio óptico ni, por ende, al cerebro.
Volviendo a la novela, cualquiera que la haya leído recordará el ambiente angustioso en que se desenvuelve: sin poder comer, siempre huyendo, muerto de frío, metiéndose en casas ajenas para dormir, sin encontrar a nadie en quien confiar, hiriendo y matando a todo el que se le pone por delante… Un cuadro bastante diferente del que imaginamos cuando pensamos en las grandes ventajas que tendría ser invisible.

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