¿Qué significaría eso de «vasco» para Montaigne?

Categoría: Columnistas,De vita beata,Novela,Opinión |

Por Coradino Vega.

Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado; aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica; como si hablara solo; Nietzsche: «Se aprende antes a escribir con grandilocuencia que con sencillez. Ello incumbe a la moral». Leer el periódico hasta la última coma, o prescindir absolutamente de él, entretenerme con novelas baratas, seguir con atención programas birriosos en la tele, ser afable con todo el mundo, ésos son mis síntomas más claros de bienestar. Borges dijo una vez que el único deber que tienen los hijos para con sus padres es el de ser felices; sin embargo, las mayores presiones para que te mantengas dentro del sistema y logres un lugar importante en él provienen de las relaciones sociales de tu madre. Los buenos libros tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no sólo son las más importantes, sino que son las cosas que nos pasan todos los días. La gente más activa, la más enérgica y dinámica, es la que más se queja; por mi parte, si un día hago muchas cosas, vuelvo a casa angustiado y con la sensación de que me han robado un día. Supongo que plagiar algo de vez en cuando no es tan grave; supongo, incluso, que habrá algún gracioso que diga que nadie es un buen escritor si no ha plagiado nunca. Huyo de desarrollar las ideas; como si tuviera miedo, impaciencia, pereza, incapacidad para la lentitud; sólo es falta de talento; como dijo Machado: «Nunca estoy más cerca de pensar una cosa que cuando he escrito lo contrario». Todos somos un poco como aquel que no paraba de hablar de Stendhal y al que algún impertinente preguntó: «¿Pero ha leído usted a Stendhal?», a lo que respondió, tan tranquilo: «Hombre, claro. Bueno, personalmente, no, pero…». Además del género policiaco, erótico, rosa, de ciencia ficción, histórico, etc., existe otro género en la novela, el de las novelas literarias; en él se encuentran las mejores, pero la mayoría son malas; este género es el más representado en los suplementos culturales y el que más daña la afición a la lectura. Hay gente que lleva sus rencores, envidias y resentimientos a flor de piel; hay otros que los esconden y se esfuerzan por parecer que no los tienen, y de pronto los traicionan y surgen como serpientes o conejos entre la hierba. Todavía no he llegado a aprender que un cabrón no piensa nunca, ni en el fondo, que es un cabrón; lo que piensa siempre es que el cabrón eres tú. Nunca me acostumbraré a la distancia que existe en algunas personas entre sus peroratas morales en público y la deshonestidad con la que actúan en la vida privada; a lo que sí me he acostumbrado es a que sean mis amigos. El gusto es el estilo del lector; cada uno tiene el suyo. Me quejo de la soledad en la que vivo ahora; pero es mi soledad de siempre, la que tantas veces he buscado; no es fácil encontrar un término medio entre la querencia por el aislamiento y el gusto por estar con gente. Impaciencia con los otros: cualquier opinión que nos desagrada se convierte en una imperdonable afrenta personal. Escribir día a día, con la lentitud y la mecánica de un labrador; me da envidia esa posibilidad; pero también hay algo ahí que me repugna. Hoy leemos muchas veces las novelas más para juzgar la destreza de su autor al ejecutarlas que para participar en la ilusión de las vidas de los personajes que nos proponen. Los hombres creyeron primero en Dios, luego dejaron de hacerlo y comenzaron a creer en cosas como la Razón, la Historia, el Progreso; ahora no empiezan a creer ni en ellas; es un poco raro que la historia de siglos de la Humanidad coincida con mi historia personal. No es la religión o el nacionalismo o el fútbol lo que vuelve al hombre fanático o loco; la locura y el fanatismo son anteriores y los hombres encuentran en esas ideologías y actividades formas de organizar su locura y de ponerla en práctica. Nos creemos muy particulares, pero somos iguales que nuestros contemporáneos; basta mirar una foto de época; aquel tipo de allí con el sombrero podría ser el trabajador de una fábrica, el dueño de la empresa o Cézanne. Esta «apreciación incorrecta de uno mismo», que es, según Ambrose Bierce, la autoestima, es lo que mamá se reprocha a veces no habernos inculcado suficientemente; por mí, está más que disculpada. Ni «espíritu de sacrificio», ni «afán de superación», ni «aspiración a la excelencia», ni ningún respeto o simpatía por tales cosas. Estoy seguro de no haber pensado ni dicho nada en mi vida que no pudiera encontrar en un libro al cabo de unas pocas horas. «No tienes criterio. Estás totalmente manipulado por El País, Polanco y Felipe González», y me gustó eso de que no tengo criterio. He leído docenas de libros de ética y creo que ninguno me ha servido para avanzar más allá de la primera frase: «No hagas sufrir y procura comportarte con los demás como querrías que se comportaran contigo». «Mis condiciones favoritas, la ociosidad y la libertad», escribe Montaigne, y se queda tan pancho. Cada día tengo más la sensación de saber menos, de ver a menos gente y entenderla peor, de que todo es más grande, lejano e incomprensible. Leo a Cioran: «Ser es estar acorralado»; me cansa pronto; expresó muy bien esos momentos de integral aborrecimiento del ser humano; empleó casi toda su vida en convertirse en un especialista en ello; no pudo mantenerse ahí más que gracias a su sentido del humor. Trabajar es como estar enfermo; en cuanto se te pasa, te pones contento. Hay ahora menos alegría en mi vida, menos cantidad de alegría; aunque tal vez el estado general sea más sereno; Borges: «En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad». Si la posteridad fuera un lugar, habría en ella más gente oyendo cantar a El Fary que escuchando a Kant; la mayoría estaríamos con nuestros amigos de siempre, cotilleando sobre los demás. Llaman vago a un futbolista y lo convierten de inmediato en mi ídolo. M. me cuenta que el otro día estuvo pensando seriamente en el suicidio; le digo que es normal, que yo tengo en Mis favoritos una dirección de Internet donde informan sobre las mejores maneras de suicidarse; añado que no llegué a entrar en la página porque había que pagar. Otro acto mínimo que casi no es un acto, de los que a mí me gustan: tomar el sol. Me dolía un poco la mano y por un momento pensé que era de tanto fumar. No sé hacer ejercicio; pasea, pasea, pero ¿cómo se pasea?; me aburro; no le veo sentido; hay gente a la que le dirías: hay que leer una hora al día, y le sería imposible; lo mismo me pasa a mí con el ejercicio. A grandes rasgos, es posible que el nivel de preocupación, o de ansiedad, sea más o menos el mismo en una persona a lo largo de su vida: si no es por una cosa, es por otra. ¿Qué has hecho hoy? Fumar. Honor a Mariano, de Almería: vivía con su madre, a los cuarenta y un años fue a trabajar por primera vez en su vida y ese mismo día se murió; viene en el periódico. Cuántas veces malinterpretamos las cosas por creernos el centro del mundo: creo que ése se ha enfadado conmigo y por eso no me llama; en realidad, es que se ha echado novia; «tú ya sabes que la gente siempre ve en los demás sus propios problemas», prosiguió ella. Escribir de mal humor, corregir de buen humor. Montaigne: «Prefiero conocerme a mí mismo que conocer a Cicerón»; Ferlosio: «¿Conócete a ti mismo? Como si no tuviera otra cosa mejor que hacer». «El trabajo os hará libres», ponía en el cartel que presidía la entrada a Auschwitz. Tolstoi: «Mi mayor desgracia es mi inteligencia», y también: «Todavía no me he encontrado con una sola persona que sea moralmente tan buena como yo». Chamfort dice que aquel que se encuentra en medio, justo entre nuestro enemigo y nosotros, nos parece siempre que está más cerca del enemigo; esto explicaría muchos comportamientos y discusiones literarias y políticas. Su padre la amonestaba: «¡Hay que tener voluntad! ¡Hay que tener voluntad!»; la niña preguntó, gimoteando: «¿Pero qué es tener voluntad?» «Tener voluntad es estar haciendo todo el rato cosas que no te apetece hacer», sentencié, pedagógico. «Doctor, ¿no cree que habrá sido el salchichón?», fueron las últimas palabras de Paul Claudel; y las dos frases finales de H. G. Wells: «Podéis iros. Me encuentro perfectamente». «Toda la gloria que pretendo de mi vida es haberla vivido tranquilo», Montaigne, cómo no, «puesto que la filosofía no ha sabido hallar ninguna vía para la tranquilidad que fuera común, ¡búsquela cada cual por sí mismo!». P. me ha dejado el manuscrito de su próxima novela; le veo muchos defectos; se lo digo pero, por lo visto, lo hago de tal modo que al final me responde: ya veo que te ha gustado. Sin prisa, eso es casi todo.

Como es obvio, nada de esto lo he escrito yo (ya me gustaría, por más que me canse un poco eso de estar citando continuamente a Borges). Son extractos manipulados de los diarios de Iñaki Uriarte, un señor que nació en Nueva York, es de San Sebastián, vive en Bilbao y veranea en Benidorm. Se trata del libro más libre, sincero y lúcido que he leído en mucho tiempo. Sólo lo veo ligeramente desaconsejable para aquellos que cumplimos con un horario laboral fijo. Porque, aunque dadas las circunstancias quejarse parezca indigno, la verdad es que da mucha envidia.

Iñaki Uriarte: Diarios (1999-2003) (Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2010)

2 respuestas a ¿Qué significaría eso de «vasco» para Montaigne?

  1. Bien

    Carlos Venver
    10 noviembre 2010 at 13:44 pm

  2. Gracias Coradino.
    Me ha divertido mucho tu compresión de mis diarios.
    Un abrazo
    Iñaki Uriarte

    Iñaki Uriarte
    10 noviembre 2010 at 18:49 pm

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