Rolando Hinojosa (1929)

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Por Fernando Clemot

Hinojosa está considerado unos de los mejores escritores de cuentos y novelas de la literatura chicana, literatura emergente y con un fuerte contenido reivindicativo entre cuyos principales baluartes situaríamos también a Sandra Cisneros, Tomás Rivera, Miguel Méndez o Rudolfo Anaya.

La lengua española la hereda Hinojosa por su familia paterna, instalada en Texas desde los tiempos de Carlos III, hereda también la particularidad de que su ciudad natal, Mercedes, así como su familia cambiaron cuatro veces de nacionalidad perteneciendo primero al Reino de España, luego a la República Mexicana, más tarde al Estado Soberano de Texas, hacia 1830, y finalmente a los Estados Unidos de América desde 1848.

Hinojosa es un hispanista y buen conocedor de la tradición literaria española, hispanoamericana y norteamericana hecho que se refleja en sus libros que se mueven casi siempre dentro del género de la estampa, un retrato de lo que ocurre en el ámbito de un condado imaginario creado por el autor ( Belken y su capital Klail City, al modo de Onetti o Faulkner) y donde muchas veces se refleja la tensión entre los jornaleros de origen hispano (“la raza”) y los terratenientes norteamericanos que muchas veces explotan a los inmigrantes.

Destacamos entre su extensa producción todas las novelas y libros de relatos del llamado ciclo de Belken ( 1973-1990) que comenzó con el libro “Estampas del Valle” (Quinto Sol, 1973) que recibió los premios Quinto Sol y Casa de las Américas de 1975.

El estilo coloquial, sencillo y fragmentario de Hinojosa lo podemos apreciar en el relato que adjuntamos, “Es el agua”, que narra el devenir de los jornaleros hispanos por las comarcas del centro y sur de los Estados Unidos en busca de trabajo. La dignidad de sus gentes, sus preocupaciones y cierto tono picaresco que lo emparenta con la narrativa española del XVI y XVII son sus temas y referencias principales. Llama la atención también sus giros idiomáticos, la tipografía muy característica y en especial en los topónimos del centro y sur de los Estados Unidos. Distinguimos también un fuerte eco de la narrativa de Juan Rulfo.

Es el agua, de Rolando Hinojosa.

Texto en Revista Paralelo Sur, número 3. Abril de 2006.

Me llamo Fructuoso Alaniz García y así me bautizaron en las tierras de los Buenrostro por ser el día de mi santo, el día 21 de enero. En inglés, según mi nieta Lucía, mi nombre significa “bountiful”, es decir, productivo. Bien puede ser. De mi parte, me parece que eso encaja bien a bien ya que aquel que así se llame se le haya destinado a trabajar la tierra, y no sólo eso, no, sino también que el que la labra le da vida a la tierra para que ella, la tierra, devuelva parte de la vida en cereales y en todo tipo de grano, en verduras, sí, y en fruta como recompensa para aquel que preparó la tierra y presenció la siembra brotar casi de la nada sino con la esperanza y con un manojo de semilla. Eso sí es que ser productivo.

Cuando trabajo en tierra ajena, ésa la labro igual como si fuera mi propia parcela. No hay, ni veo diferencia alguna, no. La tierra es la tierra y al fin y al cabo -o cuando se nos acabe la música, como decimos por acá- uno deja el terreno para la siguiente persona. Pero hay que dejarla limpia, podada, y lista para aquel que también viene como uno, lleno de esperanza y con ese manojo de semilla que dije.

Yo soy de aquí, del Valle del Río Grande, fronterizo norteño igual que mi padre, igual que el abuelo, el bisabuelo, y el tatarabuelo. Mexicano, sí, pero estadounidense de nacimiento, igual que ellos. Hace muchos años, allá cuando andaba en los diecinueve años de edad, en el año l9l8, me mandaron a Francia; pero aquí me tiene usted. Volver a trabajar se ha dicho. Dos de mis primos, José Antonio y Francisco García no volvieron. Mi nieta Luciá-ah, y ella también trabajó la tierra hasta la edad de 17 -ella dice que a los primos se les recuerda- ¿será esa la palabra? ¿Se les recuerda? Bueno, Lucía dice que se les recuerda en Austin, la capital del estado. Sí, fíjese, en un estadio en la universidad donde los jóvenes juegan fútbol. Ella notó unas placas de metal en ese estadio, luego anotó los nombres el dónde, y cuándo murieron, y sí, son los mismos José Antonio y Francisco García -de eso no hay duda. Qué cosas, ¿verdad, usted? Yo no tenía idea que allá se les honrara. Pues, sí, yo también estuve en Francia- y esa tierra estaba cansada, me acuerdo bien -pero se repuso con el tiempo para proveer a la gente. ¡Je! Le diré algo que es muy de la tierra, profesor. Dios santísimo ya no está haciendo más tierra. Es más, la tierra no se mueve ni se va. Allí está, lista para que la trabajen- y hay que trabajarla, ni para qué andarse con rodeos.

Yo he trabajado la tierra en los estados de Minesota, Michigan, Ojayo, lugares lejos del Valle. En mis días atravesábamos el estado de Texas cruzando por el pueblo de Texarkana, de ahí cruzábamos la línea divisoria para llegar al estado de Arkansó; lugar de malas carreteras en esos días. De ahí enrábamos a Poplar Bof, en el estado de Misuri. Nos íbamos rumbo al sol sale, hasta cruzar el río Misisipí, para llegar a Cairo, en Ilinois. Después le picábamos pa’l norte hasta llegar a un pueblucho que esa gente llama Kankankí. Cierro los ojos y lo veo. De ahí le colábamos al norte, rumbo a Reynols, Indiana -eso queda en la ruta 420- y para acabar, subiámos al noreste a Niu Búfalo, en Michigan. Viaje de tres/cuatro días con sus noches.

Bueno, una vez en Michigan, a cosechar la ciruela, la cereza, la uva; fruta suave y blanda. Pero, si le seguíamos al este de Michigan, recogíamos pepinos en Pinconing o el betabel o la remolacha, y si nos íbamos al sur, caíamos en Ojayo donde se da mucho el tomate.

Bueno, esto ocurría si uno hacía viaje en su propio mueble, su carro propio, ¿no? Pero, si nos llevaban por contrato nos montaban en los camiones de los granjeros mismos y nos íbamos donde nos llevaran. Había veces que nos juntábamos en Jupston, en Ilinoi, y nos separábamos allí. Unos amigos y parientes nuestros trabajaron por años por una sola familia de granjeros en el estado de Aiowa; una familia, sí. Esa gente se dedicaba a cultivar flores y se necesitaba gente especial para desempeñar ese tipo de trabajo. Nosotros también trabajamos allá unas siete u ocho temporadas, ya no me acuerdo muy bien. Los años se me corren, ¿sabe?

Mi mujer y yo, y ella también hacía los viajes, trabajamos juntos en los campos más de 27 años y una vez buscamos trabajo en el estado de Wyomin que queda cerca del Canadá. Trabajamos con gente que viajaba desde Laredo, Texas. Mi mujer murió hace 10 años… nuestro único hijo, Marcos, falleció hace los cinco años contados en un accidente cuando el camión de transporte se estrelló contra un tren. Eso ocurrió en Monón, Indiana. Mi nieta Lucía salió ilesa y ahora estudia en la universidad en Austin. Mi nuera, Estéfana, enviudó y vive con nosotros. Pasa que mi mujer y yo la criamos desde que era niña. Esa Estéfana es una de las mejores y de las más rápidas en la poda de la lechuga y su empaque. También se defiende en inglés, lo lee y lo escribe. Su prima, Isaura, es profesora normal y da sus clases durante los veranos en la escuelita que construimos de las hojas de palmeras. Ella misma compra los lápices y las tabletas de escribir, y así les enseña a leer, a escribir, y las cifras a los chicos. Lo hace porque ella misma dice que es necesario que se haga de vez en cuando vienen varias de sus amigas y le ayudan, pero no importa, llueva o truene, Isaura está allí todos los días. No falla.

Mi nieto Balde cuenta con 23 años y es dueño de un camión usado y junto con un amigo suyo que también es del Valle y que se llama Raúl Santos Coy son socios en el negocio. Balde es el campeón en eso de amontonar pacas de paja de centeno en el camión. Cuando los jóvenes hacen la competencia, los que conocen a Balde apuestan su dinero con él. Raúl conduce el camión y los dos se las agencian para firmar contratos para el transporte de mercancías en el norte de Texas, en ciudades como Amarillo, Pleinbiew, lugares que nosotros del Valle lamamos el norte. Balde es el hermano mayor de mi nieta Lucía y él le manda dinero para sus estudios. “Mi hermana es un ejemplo,” dice Balde y se enorgullece por los estudios que lleva su hermana-nosotros también estamos orgullecidos de Balde porque es un hombrecito hecho y derecho que no le tiene miedo al trabajo.

Tenemos un dicho aquí en el Valle: es el agua. El agua del Río Grande. Tú le perteneces al agua, pero el agua te pertenece a ti también. No importa dónde trabajemos, siempre volvemos a la frontera, al Valle. Es el agua. El Valle tiene sus encantos, tierra dura, sí, pero esa es tierra de pan llevar-y uno tiene que ser más fuerte que la tierra y el trabajo. Y el Valle es diferente a otras partes de Texas y nosotros nos distinguimos porque somos de allí. Por eso, cuando vamos a otro Valle, el Yákima en el estado de Huashington o el Güilamet en Oregón, para la cosecha del lúpulo o a Nampa en Aidajó, es como estar en casa. ¿Por qué? P’s porque los que viven allí eran originarios del Valle, sí. Y, y, y los chicos que en su vida han puesto pie en el Valle, dicen que son de del Valle porque sus padres son de allí y así los chicos saben de dónde son. Saber quién es uno es algo especial.

Esto está cambiando, pero todo cambia, es el son de la vida. Le daré un ejemplo: cuando mi mujer y yo y nuestros amigos trabajábamos en los algodones-y esto es solamente un ejemplo-pizcábamos algodón en el Valle de junio a agosto. Entonces el dueño mandaba herir la tierra con el arado en septiembre por ley del estado. De ahí nos montábamos para ir a los algodones en el centro de Texas o al oeste del estado a lugares como Braunfil o La Mesa. A veces salíamos para Arkansó o Misuri para el algodón y le dábamos hasta Tenesí si se terciaba -pero ya no en estos últimos 20 años- ahora casi todo es cosa de maquinaria; pero con todo eso, las máquinas no pueden hacerlo todo, no. Todavía se necesita la mano de obra, el ojo humano que sabe y que puede distinguir. La maquinaria no se enorgullece por su trabajo, le es imposible. Pero uno sí se enorgullece por su trabajo.

Eso de trabajar la tierra es asunto duro, en eso no hay sorpresa. Lo molestoso -y lo vergonzante también- es dónde uno tiene que vivir en el mesoeste del país en carpas o en gallineros; estos son los peores. No siempre es así, pero con una vez basta para el recuerdo. Pero uno se aguanta, uno sobrevive -y hasta aguantamos y sobrevivimos el racismo, el prejuicio social de todos- y hasta por parte de los nuestros que nos menosprecian. Pero yo puedo cambiar el mundo y Dios no quiere encargarse, como decimos.

Pero tampoco nos rajamos, no nos rendimos, no alzamos los brazos como los prisioneros. No. No nos rajamos y ya.

Pero, después de tanto trabajo y de viajes aquí y viajes allá, volvemos al Valle donde nos espera otra temporada de trabajo. Es el agua.

¡Je! Esos que aseguran que el trabajo es de beneficio pa’l cuerpo y saludable y todo eso, no saben de qué se trata la cosa. El trabajo rudo y duro está de la patada, y lo llaman duro porque eso es lo que es.

Te aplasta y hasta te mata. Pero también hay orgullo, orgullo de necios, quizás, pero una familia trabajadora se enorgullece porque trabaja y porque desempeña su trabajo como Dios manda. Al fin, como en todo, el trabajo se acaba.

Era como cuando estuve en Francia. Uno estaba allí hasta el día que alguien vino y dijo, “Vámonos ya. Vámonos a casa”. Y así era como cuando uno se encontraba en Indiana, en Aiowa, o en las bandas del río Rojo en Minesota. Uno estaba allí, en el jale, como le llamamos al trabajo, y entonces alguien venía y decía:

“Vámonos pa´la casa. Vámonos pa´ Texas. Al Valle.”

Sí, es el agua.

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