Duda y miedo al más allá – Razón versus Creencia

"El sueño" - Frida Kahlo (1940)

Por David del Pino.

Durante el transcurso de los años y los siglos, todas las civilizaciones que han tenido su pie puesto en nuestro planeta han elaborado distintas creencias en una de las preguntas que aventuran al ser humano, ¿a dónde vamos?
En el instante en que un ser humano muere se crean grandes hipótesis en las que uno se pregunta qué ocurrirá con su espíritu, a dónde irá su alma. Posiblemente, la primera civilización de la que se tiene constancia de este tipo de hipótesis sea la egipcia.
Las creencias del antiguo Egipto ofrecen una singular visión del juicio de las acciones que el ser humano ha realizado durante su vida con el fin de esclarecer qué ocurrirá con su alma. El espíritu de los difuntos era llevado a la llamada “sala de las dos verdades”, donde el dios de de la resurrección, Osiris, les aguardaba para decidir su futuro. El corazón del difunto era pesado en una balanza contra el peso de una pluma, que representaba el orden universal y la verdad. En caso de que el corazón pesase más que la pluma, el espíritu del difunto sobrevivía en el más allá; en caso contrario, era devorado.
Este tipo de juicios ha sido adaptado por otras civilizaciones a lo largo de la historia. Las creencias musulmanas establecen que al morir, el espíritu espera en la tumba a un juicio intermedio en el que se interroga al individuo acerca de sus creencias religiosas. Tras este interrogatorio, si las respuestas son correctas, el espíritu será consolado con la promesa del paraíso, sin embargo, si son equivocadas, será atormentado desde la tumba hasta que tome su lugar en el infierno. Una vez terminado el interrogatorio, el espíritu quedaría así esperando, en un estado de “sueño”, hasta el “yom al-kiama”, día del juicio final, el Apocalipsis. En ese momento, los hombres serán juzgados en función de sus obras y acciones -si fueron buenas y malas. Así serán separados unos de otros entre los agraciados con el paraíso y los que serán castigados con el infierno.
Por lo general, las creencias religiosas han buscado la respuesta a la gran pregunta que nos planteamos en un enjuiciamiento de las acciones que el individuo ha realizado durante su vida. De esta manera, se establecen una serie de guías o pautas que el creyente debe aceptar y mantener durante su vida, con el fin de que, una vez muera, su espíritu pueda obtener la recompensa del cumplimiento de estas reglas en la otra vida. Un claro ejemplo de ello es el decálogo de mandamientos para el cristianismo y la figura del pecado, que representa el incumplimiento voluntario de estos preceptos religiosos.
Desde el punto de vista de la razón, estos juicios y pautas religiosas pueden verse como una relación de causa y efecto para la cual un ser humano debe actuar de cierta manera y tener ciertas creencias, con el fin de obtener un premio. La visión religiosa del juicio puede infundir un miedo al ser humano a lo que le puede acontecer en la otra vida. Debido a esto, el creyente, se ve obligado, de alguna manera, a seguir los preceptos religiosos para que su espíritu sea merecedor de una mejor vida después de la muerte.
En la Constitución Gaudium et Spes, realizada por el Concilio Vaticano II, en el capítulo primero, “La dignidad de la persona humana”, se plantea: «El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva de su cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua […]. Los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no pueden calmar esta ansiedad del hombre».
El miedo infundido por la “desaparición perpetua” que plantea el Gaudium et Spes, ofrece una interpretación para la cual, el hombre necesita la razón para entender que es mortal y de esta manera aceptar o no a Dios.
El hombre, por naturaleza, observa su muerte como el fin de sus días y de este modo, mantiene una posición interrogante sobre lo que acontece después de ese momento. Es de esperar que el miedo florezca de esta postura. La razón no puede ofrecer una respuesta concisa y clara a dicho interrogante, debido a que el ser humano no es capaz de ver lo que le sucederá cuando muera. El hecho de no saber, no poder dar una respuesta, hace vivir al hombre que utiliza la razón en un océano de oscuridad y miedo.
La razón hace que el hombre tenga dudas, que no sepa qué le acontece. Estas dudas pueden ser respondidas por las creencias religiosas. Sin embargo, estas creencias pueden ser vistas por el hombre que usa la razón como “el camino fácil” o, como dice el proverbio: “Es mejor que te lo cuenten a tener que entenderlo tú mismo”.
Por otro lado, la razón no puede rebatir la posición de los credos religiosos debido a que no puede dar una respuesta concluyente a estas dudas. Basándose en términos científicos, podría decirse que el final de la vida del ser humano es el mismo que el de todos los seres vivos, la nada, pero del mismo modo que no puede ser demostrado, tampoco puede demostrarse que los pilares religiosos de ninguna creencia no sean ciertos. Citando a Joseph Ratzinger en un extracto de Introducción al Cristianismo: “Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe, caerá en la incertidumbre de la incredulidad que no puede negar de manera definitiva que la fe sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable”. La razón no puede negar la fe, ni sus fundamentos, pero tampoco puede rechazarse la idea de que estas creencias pueden ser infundadas y mantenidas por el miedo.
El hombre creyente mantiene una postura basada en su credo religioso. En este caso, el miedo es distinto. Puede considerarse que el hombre creyente sabe lo que va a ocurrir cuando deje el mundo de los vivos. Sin embargo, el fin de la vida para el hombre creyente se bifurca en función de los pecados, las malas acciones, la manera de creer en Dios, en la verdad y en el orden universal. La existencia del miedo está basada en lo que puede suceder en la otra vida si el hombre creyente no ha cumplido los preceptos religiosos que le ofrece su fe.
Llegados a este punto, ¿podríamos afirmar que el miedo a no saber puede llevarnos a apoyarnos en la fe? ¿Puede el miedo en el más allá sustentar la fe?
El mismo miedo infundado por la fe en cuanto al castigo de los que no siguen los preceptos religiosos puede verse como una manera de alejar al creyente de la no creencia. En el texto La fe y el miedo del director y escritor mejicano Daniel González Dueñas, puede leerse lo siguiente: «La feligresía cree, pero lo hace menos por la apetencia de la vida eterna que por el castigo con el que se amenaza a quien no cree. Temblamos al oír las admoniciones hechas a los pecadores. […] Por eso lo que se promueve es el miedo: el terrorismo teológico está en el fondo de las religiones». Aunque la visión de González Dueñas pueda ser un tanto radical, es obvio que para un creyente, la figura del no creyente no debe ser merecedora de un trato justo por parte de Dios una vez muera.
En la corriente musulmana, la no aceptación de las creencias religiosas es llamada “Kafir”. El hecho de plantearse cuestiones que pongan en duda los fundamentos del credo religioso es considerado un pecado. Por esta razón, entre otras muchas, es inevitable observar como la religión islámica usa el miedo para distanciar a los creyentes de la no creencia.
El hombre no creyente, que usa la razón para entender el universo y la realidad en la que vive, puede ver la forma de pensar del hombre creyente como ofensiva y de esta manera rechazarla. El rechazo, según su pensamiento, no tiene por qué ser malo. La no aceptación de las creencias religiosas no significa para él la perdida de posibles oportunidades en el más allá ya que no se puede demostrar por medio de la razón que este exista.
Sin embargo, aceptar unos principios religiosos que brinde cierta cultura o corriente del pensamiento hacia dios, suele significar un rechazo contra todas las demás. Es por ello, por lo que los creyentes tampoco pueden estar seguros de que sus principios sean ciertos y que el del resto de religiones no lo sean. Esa nseguridad, que no resulta estar latente en la vida del creyente, existe y es un hecho que el hombre creyente no debería pasar por alto. ¿Significaría entonces, que el hecho de estar equivocado de creencia posicionase al creyente en el mismo lugar que el no creyente ante sus oportunidades en el más allá?
Tenemos que buscar la manera en la que todos los seres humanos, creyentes o no, podamos confraternizar en la evolución del ser humano tanto en la vida como en la muerte. El hecho de no compartir las posturas de los principios fundamentales de unas personas u otras, no debe ser un muro contra el que choque nuestra integridad.

Una respuesta a Duda y miedo al más allá – Razón versus Creencia

  1. EL NIHILISMO GENERALIZADO DE LA POSMODERNIDAD, ES SINTOMÁTICO __DEL RECHAZO DE LA SOCIEDAD ACTUAL A LA RELIGIÓN DE CREENCIAS SIN COMPROBAR, ADUCIENDO FALAZMENTE QUE ES PALABRA DE DIOS__ Y DE LA NECESIDAD URGENTE DE ACTUALIZAR EL CRISTIANISMO PARA AFRONTAR CON ÉXITO LOS RETOS DE LA MODERNIDAD; de tal modo que se pueda vivir y practicar, no en y desde lo religioso y lo sagrado, sino en y desde el humanismo secular, la pluralidad y el sincretismo. Enmarcándolo en la doctrina y la teoría de la trascendencia humana, conceptualizada por la sabiduría védica, instruida por Buda e ilustrada por Cristo; la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las respuestas y aplicaciones que la ciencia ha dado a los planteamientos trascendentales: (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.). Sincretismo religioso expresado por Raimon Panikkar fruto de sus frecuentes viajes a la India: «Me marché cristiano, me descubrí hindú y regresé budista, sin haber dejado de ser cristiano».

    Rodolfo Plata
    28 diciembre 2010 at 15:42 pm

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