Una mujer temblorosa o cómo curan las palabras

Por  Graciela Rodríguez Alonso.

Si bruscos temblores se apoderaran de mi cuerpo en este instante, si tales ataques se repitieran sin causa aparente, ¿qué haría? No lo sé, pero puedo contaros lo que hizo Siri Husvedt cuando una mujer temblorosa, otra mujer que no era ella, se apoderó de su cuerpo frente al auditorio ante el que se disponía a dar una conferencia en homenaje a su padre, muerto hacía dos años. Pudo dar la conferencia pero los temblores, semejantes a los de un ataque epiléptico, no cesaron hasta que pronunció la última palabra. Siri decidió ir a por la mujer temblorosa, perseguirla, acorralarla hasta comprender cómo y por qué se había instalado en su cerebro, o en su mente, adueñándose de su cuerpo.

Buscaba un diagnóstico: ¿histeria, epilepsia, esquizofrenia, disociación? Se enfrentó a  preguntas: ¿Tengo una enfermedad o soy una enfermedad? La migraña que sufro, ¿tiene relación con los temblores? Pero, ¿qué es una enfermedad? ¿Mi mente es lo mismo que mi cerebro? ¿Tengo doble personalidad: una temblorosa y otra que no lo es? ¿Qué es el carácter, quiénes somos, qué conocemos en realidad de nosotros mismos? ¿Somos algo más que el comportamiento de un conjunto de células nerviosas y de moléculas? ¿Cuáles son las fronteras del ser? ¿Son válidas las verdades de la ciencia, centrada como está en lo material? Resultado: continuó temblando.

Sólo a través de su voz interior volvía a encontrarse a sí misma cada vez que la invadían los temblores. Claro, somos lo que narramos, el lenguaje es la herramienta para construir el tiempo y enlazar los fragmentos que nos llevan desde el pasado al presente, y para hilvanar un futuro. Los casos clínicos que describo se leen como relatos cortos, decía Freud. El psicoanálisis trata de reconstruir cada historia, hallar las causas que producen los síntomas y finalmente encontrar una solución. Hablar, transferir sentimientos: curar por la palabra. Yo, paciente, te entrego palabras; tú, psicoanalista, las  reinterpretas y me das soluciones. Pasado de moda, el psicoanálisis ha sido sustituido por la farmacología, y en lugar de transferir palabras y sentimientos nos tragamos píldoras inhibidoras, grageas bloqueantes y todo tipo de sustancias (cada cual que ponga aquí nombre a las suyas)  y junto a ellas engullimos también las palabras que,  como la Colometa de La plaza del diamante, previamente hemos estrujado más y más hasta convertirlas en una bolita aparentemente insignificante. Entonces nos la tragamos para esconder, en ése baúl llamado inconsciente,  el relato que nos asusta.

Siri Hustvedt, la mujer que pregunta y duda y exige a los científicos que miren más allá de los moldes preestablecidos, ahora, tras la escritura del relato de esta persecución en busca de la causa de sus temblores, decide que así como hizo suyo el dolor de las migrañas (“…yo soy mis dolores de cabeza y rechazarlos sería expulsarme yo misma de mi propio ser”), así hace suya a la otra, a esa doble que tiembla. Yo, Siri, soy la mujer temblorosa. En fin, un caso claro de curación por la escritura. Pues eso, las palabras curan: a ver si nos aplicamos el cuento.

La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, de Siri Hustvedt, ha sido publicada por la editorial Anagrama.

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