“Crimen”, de Irvine Welsh [Anagrama]

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«Quería decirle a mamá que aquel tipo era mala gente. Igual que el otro, el de su pueblo, Mobile, y que el hijo de puta aquel de Jacksonville. Pero mamá, que se estaba pintando los ojos ante el espejo, la mandó callar y comprobar que todas las contraventanas estaban cerradas, porque habían dicho que aquella noche llegaría una tormenta procedente del noreste.

La niña se acercó a la ventana y se asomó. Todo estaba en calma. El disco luminoso de la luna lanzaba al interior del apartamento una luz azulada quebrada sólo por las ramas del roble muerto del jardín, que proyectaba unas afiladas sombras varicosas que trepaban por las paredes, oscuras y animadas. Mientras corría el cerrojo para cerrar la barrera de listones de madera, retiró estratégicamente la mano, acordándose de dolores de dedos pasados e imaginándosela como un ratón avispado robando queso de una ratonera. Después se fijó en la vacua expresión del rostro de su madre en el espejo. Antes le gustaba ver a mamá arreglar-se y ponerse guapa, verla concentrarse a fondo con aquel cepillito y oscurecer sus enormes pestañas.

Pero ahora no. Notó una sensación de amargura en el estómago.

«No salgas esta noche», le pidió la niña en voz baja, a medias entre un deseo y una súplica.

Su madre sacó por un instante una lengüecita rosa y humedeció el lápiz de ojos. «Por mí no te preocupes, cielo, no me va a pasar nada.» En ese instante se oyó en la calle la bocina de un coche y saltó el termostato, poniendo en marcha el aire acondicionado y enfriando la habitación. Las dos sabían que era él.

«Menos mal que este apartamento tiene persianas», dijo mamá mientras se levantaba y cogía el bolso de la mesa. Tras besar a su hija en la cabeza, se apartó y miró seriamente a la niña con sus grandes ojos pintados. «Acuérdate: métete en la cama antes de las once. Seguro que a esa hora ya habré vuelto, pero si me retrasara quiero encontrarte dormida, señorita.»

Y, dicho eso, desapareció.

La niña sabía que durante algún tiempo podría contar con que el pozo de luz de la pantalla del televisor bañaría con su luz suave y turbia todo lo que había dentro de su radio, garantizando su seguridad. Pero era consciente de que fuera del haz de luz algo acechaba, aproximándose cada vez más.

Un viento del este, templado y agradable, llamaba con insistencia a la persiana, de forma lo bastante ominosa como para ser heraldo de una fuerza más maligna. Unos cuantos latidos dilatados después, empezó a llover, al principio golpeteando lentamente sobre las ventanas. Luego oyó al viento contraerse y descargar trallazos. Los angustiados brazos negros del árbol gesticulaban frenéticamente. De repente rugió una andanada de truenos, y en algún lugar del exterior un objeto se estrelló contra el suelo y se hizo añicos. Fuera brillaba una luz amarilla que iluminó la habitación con un resplandor sulfuroso durante tres segundos. La niña subía el volumen con el mando a distancia a medida que la tempestad seguía rugiendo y el viento y la lluvia azotaban la ventana. Al cabo de un rato, se retiró tímidamente a la cama, asustada por la oscuridad, que atravesó de modo vacilante, pero con un temor mayor a prolongar la agonía buscando el interruptor.

Incapaz de dormir, supo que era tarde cuando oyó ruido de pisadas en los escalones de piedra y abrirse la puerta de la calle.

El reloj digital de la mesita proclamaba con cifras luminosas y delatoras que eran las 2.47. Rezó por que se tratase de las pisadas de una sola persona –las de él eran siempre muy suaves, pues siempre calzaba zapatillas de deporte–, pero enseguida oyó voces y risas ahogadas. Gracias a las pastillas que tomaba, su mamá dormiría profundamente, sin que la perturbase la tormenta. Pero ella tendría que disponerse a afrontarla. Se bajó el camisón, estrujando el dobladillo y la ropa de cama.

Día uno

1.Vacaciones

En este momento, Ray Lennox entra en un área de turbu­lencias. Llevándose la mano derecha vendada a la nariz aguileña, un poco torcida después de que se la encajasen mal cuando se la rompió hace algunos años, se fija en su imagen reflejada en la pantalla apagada del televisor personal que le habían proporcio­nado para entretenerle mientras estuviese a bordo. Una fina briz­na de aire se esfuerza por atravesar una de sus fosas atascadas, provocando una sacudida de protesta en su pecho. Mientras in­tenta distraer su mente agitada, recorre con la vista el cuerpo apretujado contra el suyo.

Es Trudi, su prometida, cuya melena –que le llega hasta los hombros– teñida de un elegante color miel delata las atenciones de un buen estilista. Completamente ajena a la incomodidad de Lennox, pasa la página de una revista con una uña cuidada y esmaltada. Detrás de ella hay alguien, y alrededor de los dos, más cuerpos todavía.

Apenas empieza a darse cuenta ahora, encajado en un asien­to de clase turista del vuelo Londres-Miami. La perorata que le soltó Bob Toal antes de que tomara la baja por estrés. Lo recordó cuando oyó anunciar:

En estos momentos volamos a treinta y dos mil pies de altura.

«Eres un crak, Ray», le había dicho Toal mientras él se fijaba en los pelos negros que brotaban de la nariz de su jefe. El hijo predilecto. El caso era desgarrador. Lo habías hecho bien; el muy hijo de puta estaba encerrado a cal y canto. Te habías anotado un tanto. Tómate unas buenas vacaciones. Piensa en el futuro. So­mos muchos los que hemos apostado fuerte por ti, Ray. No ha­gas que nos arrepintamos, hijo. No queremos que sigas los pasos de Robertson, había dicho, en alusión al suicidio del antiguo mentor de Lennox. No te hundas.

Y a Ray Lennox –demacrado, pálido, bien afeitado, con su característico flequillo trasquilado en John’s, en Broughton Street, dejando al descubierto una frente estrecha y abombada– se le acelera vertiginosamente el pulso.

Estamos entrando en un área de turbulencias. Permanezcan sentados y con los cinturones de seguridad abrochados.

No te hundas.

Peligro. Amenaza.

En el aeropuerto le sometieron a un interrogatorio a fondo. No se parecía nada a la foto del pasaporte. El tono gris cetrino de su piel escocesa, cruelmente acentuado por la chirriante tec­nología de la cabina, contrastaba con el tupido cabello azabache, las cejas y el bigote, proporcionándole un aspecto tan postizo como si se hubiera disfrazado en una tienda de artículos de bro­ma. De todo eso, ahora sólo quedaba una oscura pelusa que cubre su cabeza y la rodea hasta llegar a la mandíbula.

Las atenciones del personal de seguridad del aeropuerto le sacaron de quicio, porque era un agente de la ley, pero tenían razón en preocuparse. Su carné de la policía de Lothian le ayu­dó a sortear el mini-Estado que los norteamericanos habían montado en Heathrow para la protección preventiva de sus fronteras. «Lo sentimos, señor, son tiempos difíciles», declamó a modo de disculpa el agente del Departamento de Seguridad Nacional.

Ray Lennox escudriña urgentemente la cabina. Nada por lo que preocuparse en la parte de delante. Nadie con pinta de miembro de Al-Qaeda. Pero ese tío parece indio. ¿Será musulmán? Lo más probable es que sea hindú. Pero podría ser paquistaní. Basta. Él era blanco, pero no cristiano. En el censo constaba oficialmente como miembro de la Iglesia presbiteriana escocesa, pero no se había sentido religioso hasta subirse a un avión. El carrito de las bebidas se aproxima tan lentamente que no quería pensarlo. Se vuelve, estira el cuello y echa un vistazo a sus compañeros de viaje. Nada que no encaje con lo normal: turistas en busca del sol. Un vuelo (casi) barato.

A su lado, Trudi, distante y con el pelo peinado hacia atrás y recogido con un apretado clip negro. Sus ojos, castaño oscuros y de mirada intensa, devoran de forma casi psicótica la revista Per­fect Bride mientras pasa la página con sus extensiones de uñas rojas.

Todas las chicas sueñan con el gran día, con ser la novia perfec­ta: la puesta en escena del ideal de la princesa-hada.

¿Y también aquella niñita?

Nah, ésa no, pobre…

Las turbulencias sacuden el avión; los conductos sudorípa­ros de Lennox se abren ante la arremetida y cobra abruptamente conciencia de que está viajando dentro de un tubo de metal a novecientos sesenta kilómetros por hora y nueve kilómetros y medio por encima del mar. Una gota en el océano: un puntito a la espera de hundirse en el olvido. Observa a Trudi, impasible, en la pequeña hendidura escarlata de su boca, enarcando apenas una ceja bien depilada con ademán desdeñoso. Como si una catástrofe aérea no representase sino un contratiempo pasajero para los planes de boda.

Las sacudidas del Boeing 747 llegan a su fin y se oye el rugi­do de los motores. Nota constantemente en los oídos el zumbi­do que recorre el avión mientras se abre paso entre la negrura. Los pilotos no ven nada delante. Los instrumentos de la carlinga estarán parpadeando y girando.

Se entiende por qué los terroristas y los gobiernos –los que más interés tienen en nuestro miedo, medita Lennox– se cen­tran tanto en el transporte aéreo. Antes de partir ya nos cagamos patas abajo. Lo único que tienen que hacer es ajustar con cierta finura este pavor por medio de algún que otro atentado o su consorte, las medidas de seguridad rigurosas.

Trudi tiene las piernas tapadas con una manta.

La oscuridad magnética que le rodea. Siente que le llama.

¿Por qué se preocupa? Está de vacaciones. Ha cumplido con sus obligaciones. ¿Acaso tiene algo de que arrepentirse? No es más que autocompasión. Pero no lo puede evitar. Ese sabor me­tálico en la boca. No puede evitar hacerse sufrir a sí mismo con sus cavilaciones. Tiene los nervios a flor de piel. Vuelve a temer­se a sí mismo. Ojalá hubiera tomado más pastillas.

«¿Y si cayéramos al mar?», cuchichea Lennox, abrumado por conjeturas sobre la muerte como una inmensa y lóbrega nada. «Nos liberaría de todo.»

«Sigo pensando en el verde doncella para las damas de ho­nor», dice Trudi, sin apartar los ojos de la revista, «pero no quie­ro que Adele me haga sombra.» Entonces se vuelve hacia él con expresión de auténtico temor. «No creerás que…»

Ray Lennox experimenta una oleada de emoción al acordar­se de una fotografía de Trudi de niña colocada en la repisa de la chimenea de la casa de sus padres. Hija única: la única oportu­nidad que tenía la pareja de acceder a la inmortalidad. Y si algo…

Una nueva oleada de inquietud le recorre. «Trudi, yo nunca dejaría que nadie te hiciera daño. Lo sabes, ¿no?», declara con desesperación y urgencia.

Los ojos de Trudi se dilatan con la expresión de horror acar­tonado de una heroína de telenovela. «Te parece guapa, ¿verdad? No intentes negarlo siquiera, Ray, se ve a la legua.»

Trudi le apunta con sus pechos y él ve cómo el elástico de su ceñido jersey marrón se curva de forma casi inverosímil, de una forma que antes le excitaba. Hace sólo unas semanas.

Quiere ser la novia perfecta. Como quizás soñara serlo la pobre Britney Hamil.

La abraza estrechamente, llenándose las fosas con su perfu­me y la fragancia de su champú. En la garganta tiene algo que le está asfixiando, como si tuviera alojado en ella un cuerpo extra­ño. Su voz es tan débil que duda que ella le oiga. «Trudi, te quiero…, yo…»

Ella se debate hasta zafarse del abrazo. Por primera vez desde que subieron al avión, le mira de forma inquisitiva. «¿Qué suce­de, Ray? ¿De qué se trata?»

«Aquel caso que me asignaron…, aquella niña…»

Trudi sacude vigorosamente la cabeza y coloca un dedo so­bre sus labios para silenciarle. «Nada de hablar de temas profe­sionales, Ray. Quedamos en eso. Tienes que olvidarte del traba­jo. Ése era el plan. Eso dijo Bob Toal. Si mal no recuerdo, sus palabras exactas fueron: No pienses siquiera en el trabajo. Pásalo bien. Relájate. El objetivo de estas vacaciones es que os relajéis y hagáis planes de boda. Pero has vuelto a beber, y ya sabes lo que opino de eso», dice ella, suspirando prolongada y malhumorada­mente. «Pero era lo que tú querías, y como yo soy idiota, acepté a mi pesar. Así que relájate. Si estás ansioso tienes tus pastillas.»

Lennox repara en que ella ha utilizado el término estadouni­dense vacation en lugar de holiday (1). La palabra resuena en su cabeza. To vacate; desalojar. Marcharse.

Pero ¿para ir adónde?

¿Adónde fuiste cuando te marchaste?

Aparece la azafata con el carrito de las bebidas. Trudi pide un vino blanco, un Chardonnay. Lennox toma un par de Bloo­dy Marys.

Trudi se arrellana en el asiento. Echa la cabeza a un lado, y con voz coqueta y cantarina le espeta: «Hoy en día todos los trabajos son estresantes. Por eso tenemos vacaciones.»

¡Otra vez!

«Prácticamente dos gloriosas semanas de sol, arena, mar y lo otro», dice ella, dándole un suave codazo antes de enfurruñarse y agregar: «Todavía me deseas, ¿no, Ray?» Y vuelve a hacer esa cosa que hace con los pechos.

«Por supuesto.»

Lennox nota cómo se le contraen los músculos del pecho y de la garganta. La tráquea se le ha convertido en una pajita. Está atrapado, encajonado contra la ventana, demasiado pequeña para escapar y olvidarse de todo contemplando el cielo. Se fija en su mano derecha, maltrecha y vendada: un amasijo de nudillos, falanges y metacarpianos rotos. ¿Cuántos más se romperían? ¿Cuánto tiempo le llevaría hacerse papilla los dos puños inten­tando abrir un agujero en el avión a puñetazo limpio? Entre el pasillo y él, está Trudi, y a continuación una mujer entrada en años, de cara chupada, enjuta, y manos huesudas. De la misma edad que su madre, seguramente. Inspira el sucio y seco aire re­ciclado del avión. La piel de la viejecita parece de plástico fundido, como si el aire acondicionado la hubiera resecado. Con manchas anaranjadas. Se pregunta cuánto envejecerá un vuelo de cuarenta y ocho horas. No quería que Trudi supiera que sólo había traído unas cuantas pastillas y que pensaba dejar de tomar­las en Miami.

Trudi baja la voz. «Si tú quieres lo haré, Ray. Si de verdad es lo que quieres…»

Se lleva la taza de plástico hasta la boca y da sorbitos al vodka. Le tiembla la mano. Luego el cuerpo. ¿Cuántas mezquinas raciones de esas botellitas harán falta para que se acabe esto y le deje en paz? «El caso es…», consigue carraspear.

«… porque yo quiero darte placer de esa manera, Ray, de ver­dad», le implora Trudi, quizá en voz demasiado alta, pues en el bar del aeropuerto había tomado unas copas y entre el vino y la altura le están haciendo mella. Se vuelve hacia la ancianita de al lado e intercambia una sonrisa almibarada seguida por un saludo.

Lennox está pensando en el crimen. Estaba delante de su escritorio la mañana en que se enteró y…

Trudi le clava el codo en las costillas. Ahora su voz apenas es un cuchicheo. El más leve indicio de pelo aterciopelado en su reluciente y rosado labio superior. «Es que al principio me im­pactó. Se trataba del hecho de conciliar tu condición de hombre normal, fogoso, heterosexual con tu deseo de ser… penetrado de aquella forma…»

Lennox toma fuerzas bebiendo otro trago de Bloody Mary. Ya casi no queda. «No quiero que hagas nunca nada con lo que no estés a gusto», dice, esbozando una sonrisa superficial.

«Eres un cielo», dice ella, dándole un beso en la mejilla; un beso de tiíta, piensa él. Mantiene abierto el número de Perfect Bride por una página en la que aparece la misma participación de boda con tipografías distintas. «¿Qué te parece esta letra para las invitacio­nes?», le pregunta mientras su voluminosa uña golpea con ruido sordo un tipo azul de estilo Charles Rennie Mackintosh.

Lennox le echa un vistazo y piensa, con leve rencor provin­ciano, en Glasgow. «Demasiado Weedgie (2).» Después señala con el dedo las ilustraciones góticas. «Ésta me gusta más.»

«¡Santo cielo! ¡Ni hablar!», exclama Trudi, reprimiendo un grito de horror antes de reírse y apostillar: «¡Estás completamente majareta, Ray Lennox! ¡Parecen invitaciones para un funeral! No pienso ser la novia de Frankenstein.» Levanta la vista y rellena su vaso de vino. «Menos mal que soy yo quien organiza la boda. Me aterra pensar en la clase de acontecimiento ridículo que sería si lo dejáramos en tus manos.» Se vuelve hacia la anciana, cuya sonrisa alegre e indiscreta empieza a producirle náuseas a Lennox. «Hom­bres. ¡Hay que ver! ¡Es que no sirven para nada!»

«Es lo que he dicho yo siempre», añade la anciana en tono alentador.

Las dos cloquean entusiasmadas con el contenido de la re­vista y las extáticas descripciones del vestido de novia que hace Trudi, mientras Lennox ajusta el asiento para abatirlo hasta el límite, muy escaso; el sueño hace que los párpados le pesen cada vez más. Muy pronto su mente vuelve a deslizarse hacia el cri­men. Sus pensamientos se suceden como una avalancha; cuando parecen amainar y asentarse, de repente, antes de que se dé cuen­ta, ya están otra vez lanzados, siempre rumbo al mismo destino cuesta abajo. El crimen. Cayendo siempre inexorablemente en picado hacia el crimen.

Recibiste la llamada aquella mañana.

Estabas sentado ante el escritorio de tu pequeño y práctico despacho del cuartel general de la policía de Edimburgo, en Fet­tes Row. Era un miércoles glacial de finales de octubre; la triste violeta africana del alféizar luchaba por sobrevivir a la falta de luz y al frío, y la estrepitosa calefacción central, que estaba progra­mada para encenderse tarde para ahorrar, traqueteaba y arranca­ba como a su pesar. Estabas preparando un caso para el tribunal. Dos jóvenes convertidos en sendos vegetales tras haberse pasado todo el día bebiendo en un piso: uno de ellos había apuñalado mortalmente al otro. Uno de los dos dijo algo y el otro se lo tomó a mal. A una amenaza le siguió una réplica y luego se pro­dujo la escalada. Una vida concluía y otra quedaba arruinada. Todo ello en el tiempo que cuesta comprar un litro de leche. Te acordabas del asesino, despojado de los estupefacientes que tan­to envalentonan, bajo los fluorescentes de la sala de interrogato­rios; jovencísimo, deshecho y asustado. Pero el caso no te había perturbado. Habías visto muchos como aquél.

Lo que te alteró fue la llamada de teléfono que recibiste ha­cia las once y cuarto. Un poli de uniforme, Donald Harrower, te habló de una niña de siete años, Britney Hamil, que había salido para el colegio a las 8.30 y nunca llegó. Poco antes de las diez, el colegio informó a la madre, Angela, de que no había asistido a clase; tras telefonear a unos cuantos amigos y parientes, media hora después llamó a la policía. Harrower y otro agente fueron a hablar con ella, así como con la maestra de Britney y algunos vecinos y compañeros de clase. Otras dos niñas algo mayores la vieron a cierta distancia caminando por la calle, pero, al volver la esquina unos minutos después, Britney había desaparecido y lo único que vieron fue una furgoneta blanca alejándose a gran velocidad.

«Las niñas, Andrea Jack y Stella Hetherington, fueron los úni­cos testigos y la furgoneta blanca es el único vehículo que recuer­dan haber visto por los alrededores», le explicó Harrower con voz gangosa. «Pensé que le interesaría saberlo.»

Las palabras «furgoneta blanca» te hicieron chisporrotear los sesos. El gran arquetipo británico: siempre problemático para un poli. Le diste las gracias a Harrower pensando que era una lástima que su aspecto adusto y taciturno a menudo ocultase a sus superiores una concienzuda diligencia. La furgoneta te indu­jo a acudir directamente a tu jefe, el comisario jefe en funciones Bob Toal, para solicitar que ordenase investigar la desaparición y posible rapto de una niña.

Trabajaste con Harrower, entrevistándote con vecinos, ami­gos, el personal del colegio y los niños con los que Britney po­siblemente se cruzara por el camino. Y con Angela. Te acordas­te de la primera vez que viste a la madre de la niña, cuando salía hacia el centro comercial de la localidad. Aquella tarde tendría que haber acudido a su trabajo de limpiadora en el Scottish Office, pero te explicó que se había tomado la tarde libre para cuidar de su otra hija, Tessa, que padecía una intoxicación ali­mentaria. Tessa, de once años, era su hermana y solía acompa­ñar a Britney al colegio. En lugar de decirle a Angela que espe­rara un poco, algo te indujo a caminar junto a ella. La seguiste por Iceland mientras se aprovisionaba de hamburguesas ba-ratas, palitos de pescado, patatas fritas precocinadas y tabaco. Te sorprendiste de juzgar tan severamente todas y cada una de sus compras, como si éstas la convirtieran en cómplice no sólo de la intoxicación de Tessa, sino también de la desaparición de Britney.

«¿No es un poco pequeña para ir caminando al colegio sola?»

«Iba a llevarla yo, pero Tessa se puso otra vez a vomitar sin parar. Britney… no quería llegar tarde. Me dijo que ya era ma­yor.» Angela reprimía las lágrimas mientras empujaba el carrito por los pasillos amarillos iluminados por neones. «Sólo está a cinco minutos a pie», alegó. «La encontrarás, ¿verdad?»

«Estamos haciendo todo lo que podemos. ¿Así que Tessa estaba enferma esta mañana?»

«Sí. Anoche las llevé a la hamburguesería del centro para darles un gusto y luego a los multicines, a ver la última película de Harry Potter. Allí fue donde Tess se puso mala. Me acuerdo de lo triste que se puso Britney cuando tuvimos que volver a casa…»

«Bien», dijiste, con la sensación de que quizás haberse perdi­do una película fuera la más insignificante de sus preocupacio­nes.

Tras dejar a Angela en su piso, hiciste a pie el recorrido hasta el colegio y descubriste que en realidad se tardaba en lle­gar catorce minutos. Salir de la barriada, dar la vuelta a la ro­tonda de Loganburn, doblar la esquina hasta llegar a Carr Road (donde desapareció Britney) y caminar junto a un largo y tosco muro de ladrillo tras el que se encontraba una fábrica abando­nada. Luego había que dar la vuelta a otra esquina, un bloque de apartamentos y las verjas negras de tipo gótico de la escuela victoriana.

En el cuartel general de la policía todo el mundo sabía que las siguientes horas serían decisivas: la fase de algo-o-nada. Se hizo una llamada de alerta a todos los coches para que estuvieran ojo avizor por si veían a la niña y al conductor de una furgoneta blanca. Pero cuando la mañana dio paso a la tarde seguía sin haber noticia alguna, y al margen de Andrea y Stella, las chicas que habían ido caminando detrás de Britney, sólo un par de ve­cinos –una tal señora Doig, que iba camino su casa, y un tal se­ñor Loughlan, que había salido a pasear al perro– recordaban haber visto a la niña aquella mañana.

Fuiste a ver a Bob Toal otra vez y le pediste permiso para organizar un equipo de investigación como estaba mandado. En la era de los delitos de naturaleza sexual, una niña desaparecida era una noticia de primer orden; Toal, muy consciente a su vez de la importancia de los medios de comunicación, te dio el visto bueno enseguida. «Ficha a Amanda Drummond», le dijo, «y a Ally Notman.»

Le diste las gracias. Drummond era rigurosa y sabía manejar a la gente, mientras que Notman era un máquina y se movía con soltura entre las bases de datos. Al igual que tú, estaba licenciado en Tecnología Informática por la Universidad de Heriot-Watt, pero envidiabas la mayor eficacia con que tu joven protegido sacaba partido de sus conocimientos.

Entonces Toal agregó: «Y a Dougie Gillman.»

Tuviste la sensación de quedarte progresivamente sin alien­to. Algunos años antes habías tenido un desencuentro personal grave con Gillman, pero no dijiste nada porque se trataba de un asunto personal. Procurarías no mezclarlo con el trabajo.

Reclutaste a Harrower y a otro poli de confianza, Kenny McCaig, para que fueran de calle. Requisaste un despacho en el cuartel general y emprendiste la investigación formal. McCaig y Harrower siguieron llamando a puertas. Notman examinó el metraje de las cámaras de control de velocidad y de las televisio­nes en circuito cerrado para identificar toda furgoneta blanca localizada dentro o en los alrededores de Carr Road en el mo­mento de los hechos, anotando posibles números de matrícula y contrastando la lista de propietarios con la base de datos de la Agencia de Matriculación de Vehículos de Swansea. Drummond y Gillman salieron a la calle con un equipo de forenses para ha­cer una buena limpieza en el recodo de Carr Road donde desapareció Britney. Ni la medicina forense ni la informática eran la especialidad de Gillman, un poli callejero de la vieja escuela, pero obedeció la orden con frialdad.

En cuanto a ti, te encargaste del «registro»: la base de datos de delincuentes sexuales. Averiguaste quién estaba en la calle, quién estaba en libertad condicional y quién estaba bajo vigilan­cia; a quién se consideraba de alto riesgo y a quién de bajo. Aquel miércoles en tu despacho, mientras la llovizna que caía sobre Castle Hill iba extinguiendo la luz, fuiste pasando fotos de ar­chivo; llamaste a Trudi y le dijiste que llegarías tarde al cine. Te disculpaste al llegar: «Lo siento, nena, he tenido un día de mier­da en el trabajo y el tiempo no acompaña.»

A ella no pareció importarle. «¡Menos mal que ya queda menos para irnos a Miami!»

Pero a ti no te hacía ilusión que quedara menos para nada. La llamada de Harrower te había provocado una inquietud que iba en aumento; tu trabajo te había enseñado a definir el mal no sólo como presencia de algo maligno, sino como ausencia de algo bueno. La experiencia te había enseñado que la única des­gracia peor que el asesinato de los seres queridos era que desapa­recieran sin que se supiera nunca lo que había sido de ellos. El tormento de la incertidumbre, cuando el corazón palpitaba con fuerza cada vez que sonaba un timbre o un teléfono y unos ojos desesperados y ansiosos devoraban todos y cada uno de los ros­tros de la multitud. La mente podía lidiar racionalmente con la inevitable muerte del ser querido, pero reprimir el grito desa­fiante del alma que insistía en que seguía vivo era más difícil. Pero ¿volvería a casa o se habría ido para siempre? Después del tiempo transcurrido en semejante limbo infernal, cualquier no­ticia, por desgarradora que fuera, era mejor que una espera y una búsqueda interminables. En la madre de Britney, la madre soltera Angela Hamil, viste a una mujer que estaba ahogándose poco a poco en aquella terrible locura.

Al caer la tarde, todos sabíais que alguien había secuestrado a Britney. Al día siguiente, Toal decidió hacerlo público y comu­nicó la noticia a la prensa. Si la situación no estaba bajo control, entonces tenía que estarlo la noticia. En las tiradas vespertinas del Evening News de Edimburgo apareció una fotografía de la niña sonriente y de aspecto saludable destinada a convertirse en un icono. Los padres mirarían fijamente a sus hijos con dolor y ternura y lanzarían miradas de suspicacia y odio a los desconocidos. La prensa empleó mucho la expresión «como un ángel». Y te acordaste de cuando su abuelo pronunció esas mismas pala­bras.

La centralita de la policía quedó saturada por la retahíla ha­bitual de entrometidos y enfermos mentales, así como de miem­bros del gran público sinceros pero en gran parte equivocados. ¡Y había que ver cómo esa inquietud creciente se había extendi­do como un virus entre los integrantes de tu equipo de investi­gación! Al margen de lo que todos declaraseis en el terreno de las relaciones públicas o a la familia, como profesionales de la ley sabíais que transcurridas veinticuatro horas era muy probable que os enfrentarais a un asesinato infantil por motivos sexuales.

El equipo puso rápidamente manos a la obra. El primero en encontrar algo fue Gillman: una solitaria hoja mojada de papel de carta amarillo en una alcantarilla al otro lado de la calle don­de Britney había desaparecido. Angela confirmó que pertenecía a su cuaderno escolar. Su presencia indicaba que se había produ­cido alguna clase de forcejeo entre la niña y el secuestrador.

El villano tenía que adoptar alguna forma tangible en la mente de sus perseguidores, por lo que le pusieron los motes de costumbre: «El Asaltacunas», «El Pederasta» o «La Bestia». Pero otro de los apodos utilizados en la cantina de la policía era «Mr. Confectioner». Lo sacaron de un anuncio televisivo de chocola­tes Toblerone: Oh, Mr. Confectioner, por favor…, deme un Toblerone. Según los parroquianos de Bert’s Bar el pastelero del dibu­jo animado era el estereotipo de uno de esos corruptores de menores que sobornaban a los niños con golosinas.

Basta.

Nada de delitos…

Vacaciones…

Sus acciones nos despojaron de empatía, al igual que despo­jaron de la vida a…

Porque…

Porque había nacido así, no podía ser de otro modo, el pe­derasta de mierda. Aquel cochino hijo de puta fue puesto en la tierra para acosarnos…

Teníamos que ser fuertes, vigilar y permanecer alerta para detenerles e impedir que destruyeran nuestra sangre y…

Mientras estruja el vaso con el puño, Lennox se estremece bruscamente y recobra algo semejante a la conciencia plena. Una mezcla pringosa de vodka y tomate se derrama sobre su mano izquierda intacta. Deja el vaso en la bandeja y se da la limpieza del gato con una servilleta. Trudi no se ha dado cuenta; sigue absorta en la revista con la anciana. Lennox intenta recordar al­gunos de los partidos a los que ha asistido a lo largo de los años en Tynecastle Park. Se acuerda de cuando su padre le llevó a ver aquel partido en el que los Hearts derrotaron al Leipzig por cin­co a uno. De Curtis Park, uno de sus amigos del cole e hincha de los Hibs, que lo estaba viendo por televisión y le dijo que comentaba el partido el inglés Alan Weeks. De cuando Iain Fer­guson marcó el gol de la victoria contra el Bayern de Múnich. De aquella victoria de la Copa Escocesa sobre los Rangers por tres a dos. Del instante en que levantaron la Copa en Parkhead. De las numerosas victorias de John Robertson a nivel nacional. De la vez que le estrechó la mano en el departamento de alfom­bras de los grandes almacenes John Lewis. De John Colquhoun, que estuvo a punto de elevarles a la categoría mundial durante una temporada. De aquella fatídica tarde de mayo de 1986 en que lo echaron todo a perder. De la cena benéfica un par de años antes, cuando se sentó junto a Wallace Mercer, el antiguo presi­dente, que le contó algunas historias estupendas acerca de parti­dos del pasado y de aquel terrible día en Dundee. ¿Quién llevaba las riendas ahora?

Tenían a un millonario ruso como presidente. Como entre­nador a un delincuente sexual convicto.

Heart of Midlothian F. C.

Tradición.

En comparación con nuestra asquerosa decadencia, todo eso ya no significa nada. ¿Cuánto falta para que haya reality shows pedó­filos? Michael Jackson, Gary Glitter y toda esa panda de la BBC, como el ex futbolista que trabaja de comentarista. Los que estaban en el lado bueno sabían de qué parte de la barrera colocarse y se hartaron de hacer el pedófilo antes de que nos importara.

Lennox cierra los ojos. Con el ruido de los motores de fon­do, es como atravesar un túnel largo y oscuro. Espera que sigan cerrados hasta que salga a la luz con las manos manchadas de la sangre de otros hombres. Aunque cueste toda la eternidad»

(1).Etimológicamente, holiday significa «día sagrado», lo que da fe del origen religioso del término. Vacation, en cambio, del latín vacatio, -onis, sig­nifica «vacío». (N. del T.).
(2). Weedgie: denominación despectiva empleada en Edimburgo para calificar a los habitantes de Glasgow. (N. del T.)

Irvine Welsh. «Sabio de la es­coria», autor de Trainspotting y Porno, nos brinda con Cri­men su mejor novela en muchos años, vigorosa y a menudo espeluznante.

TÍTULO: Crimen
AUTOR: Irvine Welsh
TRADUCTOR: Federico Corriente
EDITORIAL: Anagrama
COLECIÓ: Panorama de narrativas
PÁGINAS: 448 p.
ISBN: 978-84-339-7545-4
PVP: 21,5 €

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