David Roas: ‘La realidad es demasiado desquiciada y absurda’

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Por Rubén Sánchez Trigos.

Estoy seguro de que me dirijo a la presentación del último libro de cuentos de David Roas, Distorsiones (Páginas de Espuma), porque las calles de Madrid comienzan a volverse vaporosas a mi paso. O quizás solo es mi imaginación, no lo sé. La realidad ya no es lo que era, y a mí me cuesta alcanzar la librería Tres rosas amarillas, en pleno corazón de Malasaña, donde la editorial Páginas de Espuma ha preparado la puesta de largo del volumen. David Roas es probablemente el mayor especialista en literatura fantástica de este país, y de un modo o de otro el lanzamiento de cada nuevo volumen suyo se acompaña siempre de fenómenos extraños. Para entendernos: profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha publicado, entre otros, los libros de cuentos y micorrelatos Los dichos de un necio (1996) y Horrores cotidianos (2007). Respecto a su obra académica, se nutre de trabajos como Teorías de lo fantástico (2001), De la maravilla al horror (2006) o Cuentos fantásticos del siglo XIX (España e Hispanoamérica) (2009). El que ahora presenta, Distorsiones, se compone de 29 relatos. Veintinueve motivos para que ocurra cualquier cosa esta noche, me digo antes de penetrar en el local.

Lo que ocurre es precisamente lo más terrible de todo: nada. Nada extraño, digo. David Roas, Juan Jacinto Muñoz Rengel –que presenta el libro- y el editor Juan Casamayor, desgranan las virtudes del volumen con justificado orgullo. Por allí rondan también Fernando Ángel Moreno, Julio Otxoa o Miguel Ángel Zapata. Es imposible que con ellos allí la realidad no se contamine y los dobles no empiecen a inundarnos. Sin embargo, Distorsiones se presenta y David Roas y yo nos saludamos como si todo fuera normal. ¿Normal? ¿Seguro? Estoy convencido de que algo se ha distorsionado esta noche, algo no es como parece ser, merced al influjo de estas páginas. De hecho, he empezado a incubar una idea: David Roas no ha contestado a estas preguntas que siguen. Lo hizo su doble. O algo peor, la parte distorsionada de su doble. En cualquier allá van. Juzguen ustedes.

¿Son buenos tiempos para el cuento fantástico? A veces uno pasea por la calle o pone la televisión y tiene la impresión de que la realidad ya se cuestiona a sí misma. ¿Qué puede hacer el escritor ante eso?

No tengo ninguna duda de que vivimos buenos tiempos para lo fantástico: los escritores actuales lo cultivan sin complejos, y las editoriales han empezado a perderle el miedo al género. Aunque eso no significa que el presente sea perfecto: todavía queda mucho por hacer en lo que se refiere al mundo de la crítica y, sobre todo, en el ámbito universitario.

Tienes toda la razón: la realidad es demasiado desquiciada y absurda. Pero hay que saber mirarla y, sobre todo, saber ofrecerle al lector aquellas historias que le hagan percibir (y experimentar) el inquietante sinsentido de lo real. Ahí está, creo yo, el objetivo de lo fantástico actual.

Distorsiones es extremadamente coherente con el resto de tu obra, académica y literaria. Sin embargo, contiene rasgos posmodernos quizás más acentuados aquí que en los anteriores libros –el empleo de recursos como los anuncios de brujos africanos, el lenguaje y el formato del guión televisivo, la referencia irónica a los clásicos motivos fantásticos, la inclusión del propio autor como personaje-. Como comentaste en la presentación, ¿hasta qué punto el cuento lo admite todo en mayor medida que la novela?

No se trata tanto de compararlo con la novela, que por su extensión permite juegos y procedimientos vedados al cuento, sino de reivindicar la narrativa breve, de apostar por su potencial como arma de experimentación masiva. Novela y cuento (y su expresión mínima, el microrrelato) son dos géneros igualmente dignos y dinámicos para introducir en ellos todo tipo de estructuras, estilos, experimentos formales y variantes temáticas. Pero, a veces, nos fijamos demasiado en la novela y olvidamos que el cuento, gracias a su brevedad, resulta una forma excelente para seguir abriendo nuevos caminos en la ficción.

Hasta dónde yo sé, el libro de microrrelatos Los dichos de un necio y la novela por entregas Celuloide sangriento –parodia de la novela negra- son tus primeros trabajos publicados, ambos en 1996. En ellos se atisban ya por los menos dos rasgos de tu obra a los que has permanecido fiel: el gusto por la narración corta y el empleo del humor o la ironía, según se mire, para abordar los géneros. ¿Tan claro tenías todo eso ya entonces?

No creo que allá por 1996 tuviera yo todo muy claro (tampoco ahora en 2010), pero lo que sí ya estaba muy presente en mis gustos e intereses literarios era la voluntad de juego y de ruptura a través de lo fantástico, el humor y la parodia. Porque eso tiene que ver con mi visión de la literatura (y el cine y el cómic y…), una visión completamente antidogmática, irrespetuosa con los conceptos establecidos, ya sean géneros, estilos, temáticas, autores, canon y demás zarandajas. Una concepción que se refleja en mi forma de enseñar literatura. Por tanto, era inevitable que eso también se filtrara en mis cuentos.

Hablando de humor, Distorsiones mantiene un arriesgado equilibrio entre los relatos más o menos irónicos –“Usos y abusos del comunismo (La tienda en casa)”, “Elegido para la gloria”-, el fantástico canónico –“La casa ciega”, “Excepciones”- e incluso el horror –“La vida natural”-. Y sin embargo, como tú mismo has comentado, no es un libro de relatos que surgiera de manera espontánea, sino una colección escrita a conciencia para reunirse en un volumen. ¿Qué cordón invisible une todos estos textos?

El elemento aglutinador del libro es el término que le da título. Los 29 cuentos que lo componen los escribí entre 2005 y 2008 con la idea de reunirlos bajo el título general de Distorsiones (ya lo tenía claro desde que empecé a escribirlos). Ya sea expresada a través de lo fantástico, el horror, el humor o lo grotesco, todos comparten esa perspectiva distorsionada sobre la realidad y el ser humano. No quería que fuera el típico volumen donde reunir los textos escritos durante un periodo, sino darle un hilo conductor dentro de la heterogeneidad formal y estilística. Por eso quedaron fuera del libro varios cuentos escritos en esos mismos años.

Respecto al horror –que no terror-, se percibe una voluntad por excavar en lo cotidiano que da como resultado relatos, a mi entender, más oscuros de lo que pudiera parecer a primera vista. “Vinieron de dentro de” no sólo homenajea a Cronenberg en el título, sino que es muy coherente con los postulados de este director. Apelas, ni más ni menos, a la maternidad, y en particular a la figura de la embarazada, como fuente de lo siniestro. ¿Ahí reside el horror para ti? ¿En lo que tenemos al lado, incluso en lo aparentemente más luminoso?

Sí, para mí el verdadero horror está en la vida real. Por eso ya titulé mi anterior libro de cuentos Horrores cotidianos. Mis relatos siempre exploran la realidad más cotidiana, rutinaria y banal, porque en ella es donde habitan mis terrores favoritos: la muerte, la familia, la religión, la política, la reproducción, la propia literatura, el sexo, la locura… Todos ellos son ámbitos perfectos para el horror y la distorsión.

Existe en Distorsiones un continuo juego con las palabras, tremendamente sutil a veces. De hecho, me parece que es en ese nivel donde se mueve lo fantástico o lo extraño, según el cuento. Por ejemplo, en “Locus Amoenus” la palabra clave es característico. En “La vida natural”, el horror reside en frases como el humo de las chimeneas. Son cuentos que pueden redescubrirse en cada lectura. ¿Cómo te planteas la redacción de cada relato? ¿Cuánto hay de reflexión previa, borradores, etc?

Difícil pregunta. Casi todos mis cuentos surgen de una imagen inquietante u obsesiva: una lluvia de niños en “Locus amoenus”, por ejemplo; o el cabreo que debió sentir Collins, el único astronauta que no descendió a la luna en 1969, y que es la base de “Volver a casa”. A partir de ahí, trabajo de muy distintas maneras, en función de la estructura y el tratamiento que se me ocurre darle a la historia. Pocas veces tengo un diseño previo muy elaborado: en algunos tengo claro que la estructura no será convencional (como, por ejemplo, en “La casa ciega”, compuesto de párrafos autónomos que podrían leerse sin seguir el orden que les he dado en el papel, salvo el primero y el último); en otros sé muy bien cómo terminará, pero en otros sólo tengo la primera línea y a partir de ahí empiezo a teclear; otras veces el cuento tiene varias versiones hasta encontrar la que me parece más adecuada, etc. No sé, no tengo un método, me dejo llevar por el texto.

Aunque hay una reformulación irónica de los motivos habituales del fantástico –el doble, las otras realidades, las  transgresiones de la física-, apenas te acercas a la figura del monstruo, salvo en “Tópicos”, y es precisamente para desmontar los lugares comunes de la mitología del vampiro. ¿Cuál crees que es la función del monstruo hoy, en la ficción del siglo XXI? ¿Para qué ha quedado?

El monstruo está en horas bajas. En primer lugar, por el uso excesivo en literatura y cine y, por tanto, el consiguiente aburrimiento y anquilosamiento que ello supone para estas pobres criaturas, que ya no sorprenden al lector, salvo que se haga de una manera rompedora, irónica o incluso paródica, sin que ello signifique que dejen de ser entidades fantásticas e inquietantes (y sin que pierdan su sentido mítico y simbólico original, que los liga con nuestro miedo a la muerte y lo desconocido). Un buen ejemplo de esa renovación del monstruo está en el excepcional libro de microrrelatos de Fernando Iwasaki Ajuar funerario, donde los fantasmas, vampiros, revenants y otros monstruos diversos (entre ellos varios niños, que siempre dan mucho juego) que aparecen en sus páginas cobran nueva vida, gracias a un inteligente juego con lo fantástico y lo terrorífico combinados con la parodia, el pastiche e incluso la perversión humorística.

Y en segundo lugar por culpa del proceso de “normalización” al que se está sometiendo al monstruo en los últimos años. Buen ejemplo de ello es lo que están haciendo con el vampiro películas y series mongoloides como Crepúsculo, Buffy Cazavampiros, Blade o Underworld. En estos engendros, el vampiro dejar de ser un monstruo subversivo y se convierte en una especie más de las que habitan el mundo, lo que lo convierte en un ser normal, natural. Tan normal como otros seres susceptibles de causarnos terribles daños, como serial killers, gangsters, abogados o programadores de televisión… Están domesticando al vampiro, o, peor aún castrándolo. Porque olvidan que el vampiro (además de ser un monstruo) representa el principio del placer, la noche, el desorden, la liberación de nuestras pulsiones naturales. El vampiro ocupa en la memoria colectiva el lugar de la irracionalidad, de algo que se encuentra más allá de los límites establecidos por nuestra cultura. Convertirlo en un adolescente gilipollas que no folla es algo que el pobre Nosferatu nunca imaginó que podría ocurrirle.

En no pocas veces has admitido la influencia del cine. Yo creo que hablar de esta influencia en un autor contemporáneo es estéril, en tanto el cine forma parte de nuestras vidas como algo natural y ya todos, de una forma o de otra, somos cine. En Distorsiones lo que sí atisbo es una presencia notable de los medios de comunicación en general –sobre todo de la televisión, en relatos como “Excepciones”-, precisamente en aquellos relatos más cercanos a lo esperpéntico. ¿Por qué?

Estoy totalmente de acuerdo contigo: revelar las influencias cinematográficas y televisivas en un autor actual resulta un ejercicio banal… ¿cómo no vamos a estar influidos por dos de las formas de ficción que más consumimos desde nuestra infancia? Otra cosa, evidentemente, es el uso que se le dé a esas influencias. A mí el cine y la televisión (mejor dicho, la ficción televisiva) me han marcado de forma esencial: mi mirada sobre la realidad está tan filtrada por Borges como por Woody Allen y por Twilight Zone. No puedo separar esos tres mundos.

En cuanto a tu pregunta, creo que la presencia explícita de la televisión en “Excepciones” (donde el fenómeno fantástico que experimenta el protagonista es explotado y consumido televisivamente) y en otros textos, como “Usos y abusos del comunismo (La tienda en casa)”, que no es otra cosa que un anuncio televisivo, me sirve, como muy bien dices, para potencia la dimensión grotesca y/o ridícula de las historias narradas. Si bien gracias a la tele la ficción está alcanzado cotas de calidad impensables (superando al cine en muchas ocasiones), este (necesario) aparato nos devuelve –como los espejos deformantes de Valle-Inclán- una fiel imagen de nosotros mismos en nuestra maravillosa absurdez.

Además de Distorsiones, es de inminente publicación otro título tuyo, esta vez en el campo del ensayo: La sombra del cuervo. Edgar Allan Poe y la literatura fantástica española del siglo XIX. ¿Qué nos puedes contar?

Con este ensayo cierro un ciclo de trabajos sobre lo fantástico español del siglo XIX, asunto al que dediqué mi tesis y, a partir de esa investigación, dos libros: Hoffmann en España (2002) y De la maravilla al horror (2006), los cuales se ocupaban fundamentalmente de lo que ocurrió en el panorama español durante la primera mitad del siglo XIX. Este nuevo ensayo se centra en la que fue la principal influencia para los autores españoles de la segunda mitad del siglo: la narrativa de Poe. Para ello, he articulado el texto en tres secciones esenciales: la catalogación y estudio de las traducciones de las obras de Poe que se publicaron en ese periodo; el análisis de la recepción de los críticos; y, por último, la influencia que ejerció Poe sobre los autores españoles. Un trabajo que, espero, nos ayude a conocer mejor el panorama fantástico español de la época y, además, comprobar que hubo escritores muy interesantes.

Distorsiones

David Roas
ISBN: 9788483930571
Precio (IVA incluido): 14 euros
Formato: 24 x 15 cm
Número de páginas: 176
Encuadernación: Rústica
Colección: Voces / Literatura, volumen 140

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Una respuesta a David Roas: ‘La realidad es demasiado desquiciada y absurda’

  1. La tesis de David Roas debe ser la única que he leído en mi vida. Un enamorado del fantástico al que debo el descubrimiento del gran Jose Selgas. Voy a ver si me hago con su libro, porque mi concepción del fantástico coincide con la suya (probablemente me la haya apropidado alegremente).

    Manuel Torcuato
    1 marzo 2011 at 23:23 pm

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