Oh, dulce Navidad

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Por Rodrigo Varona.

Detesto la Navidad, como muchos de vosotros (o eso creo). La obligación de consumir sin ton ni son, la falsa sensación de felicidad colectiva incluso en este ambiente presidido por la omnipresente crisis, los atascos para llegar al trabajo o para volver a ese hogar materno idealizado en los anuncios… Aún así, supondréis que hay una faceta de todo este asunto que sí debería agradarme, ¿no? Pues os equivocáis: estas fechas suponen la peor pesadilla de cualquier gourmet que se precie.

¿A santo de qué tengo que vivir de comilona en comilona sin tiempo siquiera para deglutir? ¿Por qué debo gastarme una pasta en todo tipo de materias primas de lujo que no tendré ni tiempo de disfrutar? ¿Hay algún motivo que se me escapa por el que esté permitido que cualquier familiar o compañero de trabajo se mame hasta la vergüenza ajena sin sufrir reprimenda alguna del resto de comensales? Con este último lamento ya os he dado una pista sobre cual es el ritual que concentra la mayoría de mis lamentaciones. Sí, habéis acertado: odio las comidas de Navidad.

Antes de seguir expulsando bilis vía teclado quiero intentar ser justo –aunque no tengo ninguna obligación, que conste– y voy a tratar de apreciar el lado positivo de todo esto. Ves gente a la que le tienes aprecio y con la que, por un motivo u otro, hace tiempo que no coincides; te puedes dar homenajes sin que la culpabilidad obstruya tu digestión e incluso son otros (empresa, familia, clientes o lo que se tercie) los que en muchas ocasiones pagan tu glotonería. ¿Fenomenal, no? Y una mierda. Veamos: si a esa gente no la veo hace tiempo lo más probable es que sea porque no tengo el más mínimo interés en hacerlo (lo mismo se puede aplicar al Facebook); dedicándome a esto del comer, ya supondréis que hace tiempo que superé eso de la culpabilidad a la hora de ponerme morado; y lo de que otros apoquinen el festín me resulta la única excusa valida… si no fuera por el hecho de que, con la crisis, son quienes pagaban los festejos los únicos que realmente han recortado los gastos.

Todo esto me ha servido para plantearme un dilema: ¿es peor la situación en la intimidad del hogar o lo es, por contra, en un restaurante? Realmente complicado dilucidarlo… Sin embargo, y puestos a elegir, creo que la opción casera es la menos mala de las dos, pese al insufrible ataque de los familiares pesados que, además, incurrirán a buen seguro en la molesta costumbre de preguntar: “¿Eliges tu el vino este año, que para algo sabes?”. Y todo a sabiendas de que no te atreverás a salir del sota, caballo y rey para evitar complicaciones, incluso si eso te cuesta escuchar algún “Pues para vivir de esto, al final has cogido el Viña Pomal Reserva y el Protos que pillaba yo todos los años”, y encima recitado con suficiencia. Aún así, cualquier cosa es preferible a embarcarte junto a tus compañeros de trabajo en la más terrible de las expresiones navideñas de falsa fraternidad: la cena de empresa.

De verdad, es que no sé ni por donde empezar. Bueno sí, por el dolor de huevos que se repite año tras año –y empresa tras empresa– a la hora de elegir el recinto para celebrar el ritual. ¿Lo más probable? Que se acabe haciendo “donde siempre” o “donde un amigo mío que nos hace precio” (mentira podrida el 99% de las veces). ¿Lo ineludible? Que te van a clavar una pasta indigna por productos de cuarta categoría. Se puede hacer en dos variantes, a cada cual más divertida. La primera es vía menú, el mismo que valdría la mitad en marzo (no exagero). La segunda es la opción a la carta. Ésta es mi favorita, aunque sólo sea porque garantiza una situación realmente hilarante que el gran Mauro Entrialgo tuvo la brillantez de definir como El efecto solomillo. Me refiero a ese momento en el que, después de que unos pocos comensales pidan platos de un coste no muy elevado con el fin de no elevar la cuenta (ya sea de forma consciente o no), llega uno alegremente desvergonzado y pide un solomillo. Como si un resorte les impulsase, en ese momento los anteriores verán la luz y cambiarán de opinión a favor del preciado solomillo. Seguro.

Desde ese momento, ya todo es cuesta abajo: los entrantes a compartir donde no faltarán tus 10 gr. de jamón ibérico a la sal, ese famoso solomillo “a la ruleta” (o sea, de cualquier manera menos como lo pidas), los helados caseros hechos en China o esos chupitos infumables cortesía de la casa que te ofrecerán en todos los colores imaginables y con un vaso bien frío para que no aprecies del todo su inmundicia. Todo un detalle (y lo digo en serio). Y mejor no hablemos de las copas posteriores, absolutamente obligatorias bajo pena de ostracismo social: se merecerían una columna aparte.

Resumiendo: ¿Cuándo quedamos?

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Una respuesta a Oh, dulce Navidad

  1. Anda, otro de esos libelos en los que se critica justamente lo que posibilita la crítica.

    Delirium
    24 noviembre 2010 at 14:14 pm

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