El perdón de Cristo

Por Guillermo Aguirre.

Leo por aquí y por allá que a Tolstoi, a los 100 años de que cogiera aquel tren camino a ninguna parte en Astápovo, la Iglesia Ortodoxa Rusa no acaba de perdonarle su intransigente postura hacia ellos, a los que veía como macacos del pleistoceno adorantes de ídolos opiáceos y firmemente arraigados a rituales paganos envilecedores que poco o nada tenían que ver con las enseñanzas de Cristo en el sermón del montañón, a saber: ama al prójimo como a ti mismo, pon en la liza el otro papo para el sopapo. El pueblo ruso se preocupa por la celestial salud de su escritor y la prensa le da al asunto un titular como si fuera merecedor de ello, cuando es seguro que al susodicho este asunto le importaba dos huevos más pútridos o fatídicos que aquellos de la novela de Bulgakov.

La iglesia, venga de donde venga y con su orgullo de escapulario, sólo se puede permitir perdonar a aquellos cuyos atentados le producen un daño nulo o, más bien, una hilaridad jocosa, y no es éste el caso de León Tolstoi. No hace ni un año que nuestro Vaticano, a través de su periódico L’Osservatore Romano, perdonó públicamente a los de Liverpool por aquello de que eran más famosos que Jesús. Alegaron que sus canciones “cambiaron para siempre la música pop” de la que, sabemos, la Iglesia es seguidora por su pánfila intención política y su más que idiota mensaje habitual de amor o de “que triste estoy porque te fuiste”. El crimen aquel de la frase publicitaria había prescrito o se había perdido en los caminos insondables del señor. El director editorial de L’Osservatore, Giovanni María Vian, añadió, además, que él era fan de Los Beatles y punto pollo. Lo cierto es que, puestos a imaginar perversiones, se me hace más sencillo imaginar a un párroco ortodoxo con Ana Karenina (tapas duras y papel guatiné) bajo la sotana, que a un diácono bailando All you need is Love en la sacristía vaticana, pero bueno: Dios sabrá.

El único dato relevante de este perdón que no llega es que trasluce el verdadero daño que el titán ruso le hizo a su iglesia y que, pese a lo mucho que unos y otros se rieron de su doctrina cuando todavía le estaban creciendo los dientes al siglo XX, sus ideas sobre la resistencia pacífica y la interesada utilización de Jesús, siguen supurando hoy por el cosido de la sotana y la neurona del ciudadano. Y es que no es igual el mensaje escrito de Tolstoi que aquel cantado de Todo lo que necesitas es amor, aunque nosotros recordemos más y mejor el segundo, como buenos hijos de nuestra generación y porque sin duda resulta algo menos complejo.

De un hombre que no quiso ver a su mujer cuando yacía en su lecho de muerte y que lo abandonó todo para irse a morir a un cruce de vías (ahora reabierto in memorian por el perestróiko y apaciguador gobierno ruso); de un hombre así, más duro que Chuck Norris, se hace difícil creer que perdone a la Iglesia Ortodoxa, o que acepte su perdón desde los sacrosantos infiernos. La arrogancia de unos es la arrogancia del otro, y ya sea en el cielo o bajo tierra, creo yo, y pese al “perdona a tus enemigos”, en casa del predicador el ejemplo brilla por su ausencia. Se trata de una lucha de titanes que se prolonga en la muerte, como debe ser, porque los asuntos de la Iglesia poco o nada tendrían que ver con la vida. A quien sí que nos imaginamos perdonando a la Iglesia (o aceptando su perdón) es a Paul McCartney mientras se toma un batido multifrutas. Y es que es muy fácil perdonar a los de Abbey Road, y muy difícil hacerlo con los verdaderos revolucionarios.

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