Literatura infantil en Francia: Una crónica parcial y un pelín impuntual

Categoría: Columnistas,LibroLandia,Prosas que pasan |

 Por Joel Franz Rosell (París)/ www.elpajarolibro.blogspot.com

 

Con cerca de 60 millones de ejemplares vendidos en el último año, los libros infantiles son el motor de la edición francesa. La periodista especializada Florence Noiville precisaba hace un año en el suplemento que el diario Le Monde dedica habitualmente al Salón del libro y la prensa infantil-juvenil de Montreuil que la publicación de títulos nuevos para niños y jóvenes pasó de 400 títulos  en 1960, a 4.500 en 1980, 6.000 en 1995 y más de 12.000 en 2008. En 2007, el sector aportaba 19% de la venta total de libros en Francia, frente a un modesto 9% en 1995. La tendencia se mantiene y hoy, uno de cada cinco libros franceses se destina a los chicos, siendo el sector infantil-juvenil el único de la edición gala que no está estancado en su progresión.

 

 Como en otras partes del mundo, el mes de diciembre es el de mejores ventas para el libro infantil. En Francia es el momento, además, de evaluar el sector y trazar algunas líneas para el futuro. Este año, del 1 al 6, abrió sus puertas el Salón de Montreuil (el mayor encuentro del libro infantil de Europa, después de la Feria de Bolonia, con más de 150.000 visitantes cada año y, este año, inaugurando espacio para el intercambio de derechos entre editores). Simultáneamente, el Centro Nacional de Literatura Infantil y Juvenil La Joie par les livres organizó su II Encuentro europeo de literatura infantil. La también sección francesa de la Organización Internacional del Libro Infantil-juvenil (IBBY) cumple así con uno de sus objetivos: la búsqueda de una mejor comprensión internacional a través del libro infantil.

 

Miradas sobre el libro infantil en Europa

 

El II Encuentro europeo de literatura infantil contó con la introducción de Anne-Marie Garart, escritora que ha militado por la promoción de la lectura desde su puesto de presidenta de la Maison des écrivains, pero que no escribe para chicos (la literatura para adultos no tiene complejo de inferioridad y nunca invita escritores infantiles a prestigiar sus eventos). Dos mesas redondas tuvieron lugar en la mañana y otra en la tarde, quedando la síntesis de la jornada en manos (en palabras e ideas, quiero decir) de Anne-Marie Chartier, catedrática de Historia de la educación y especialista en la presencia de la lectura y la escritura en la enseñanza.

 

La primera mesa, intitulada “Los caminos de la creación en Europa”, contó con la intervención de las universitarias Mathilde Lévêque (a propósito del Canónigo Smith, un best-seller alemán del siglo XIX, hoy completamente olvidado) y Christine Hélot, quien hizo un interesante estudio comparativo de las versiones francesas, alemana y norteamericana de varios libros de Tomi Ungerer; mostrando como un escritor trilingüe, humanista, anticonformista y polisémico,  consagrado con el Premio Andersen 1998, no está al abrigo de la tendencia al lenguaje políticamente correcto y la supresión de connotaciones que suelen caracterizar a la edición infantil en Estados Unidos. El tercer integrante de esta mesa no pudo ser más oportunamente escogido, puesto que se trata de un escritor comprometido con la honestidad y el rigor literario.

 

El escritor belga de lengua flamenca Bart Moeyaert relató, con la inteligente amenidad que lo caracteriza, que sus inicios en la literatura tuvieron lugar en torno a la mesa de una familia de siete chicos en la que a él, por ser el menor, correspondía ser el último en contar su jornada de colegio. Esto le llevó a desarrollar tan buena técnica narrativa que pronto la familia rogaba que contase más y más anécdotas. Pese a que las ferias de Bolonia y Frankfurt son esencialmente ferias de negocios, Bart Moeyaert es presencia fija en esos eventos. Al ser interrogado al respecto, respondió: «Mi oficio no es la literatura; es el libro. Todo en el libro me interesa ». Y lo demostró al contrastar la variedad y calidad que se observa en el libro ilustrado actual a la mediocridad y falta de experimentación que patentiza la narrativa que, los mismos editores, publican. Todavía indignado, refirió su polémica con una influyente librera que desautorizó a un crítico que osó calificar la serie Gerónimo Stilton de estafa (a la literatura y a los niños). Moeyaert concluyó su intervención con un lúcido alegato en defensa de la literatura de calidad, de la literatura de autor, frente al creciente  predominio de una producción de formas adocenadas y temáticas superficiales o esterotipadamente abordadas, cuya única finalidad es vender a más y peor (es lectores).

 

Moeyaert comentó con humor que en una reciente visita a Alemania encontró los escaparates de las librerías invadidos por tapas negras, afilados colmillos y manchas de sangre. « Por un instante me pregunté, angustiado, si no me quedaría más remedio que escribir yo también un libro sobre vampiros? ». Aparentemente el talentoso escritor belga optó por aumentar la cantidad de ajo en su dieta y seguir escribiendo lo de siempre: novelas realistas, profundas y exigentes; cuentos donde su pluma acerada e irónica renueva historias tradicionales y poemas (de los que nada puedo decir, lo siento).

 

La siguiente mesa redonda, “Tres grandes escuelas de arte en Europa: estilos, enseñanza e influencias”, la integraron los ilustradores Arnal Ballester (Cataluña, España), Dušan Kállay (Eslovaquia) y Bernd Mölck-Tassel (Alemania); representantes dos generaciones y tres países  pilares de lo que no puede llamarse escuela de ilustración europea, pero podríamos calificar de universidad europea de la ilustración. Los tres ilustradores mostraron algunos de sus trabajos más significativos, insertándolos entre sus respectivas fuentes y el trabajo que realizan como formadores de nuevos artistas.

 

Mis compromisos en el Salón del libro de Montreuil me impidieron asistir a la segunda parte del Encuentro. Me contaron que la mesa “Prácticas de edición y mediación en Europa” fue sumamente interesante y prometo resumirla cuando las intervenciones de la jornada sean publicadas por La revue des livres pour enfants, la revista bimensual del Centro Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. El programa anunciaba experiencias editoriales de países de los que a menudo muy poco sabemos: Polonia (Joanna Rzyska, Jadyga Jedryas y Ewa Stiasny), Estonia (Mare Müürsep), Alemania (Edmund Jacoby) y Portugal (José Oliveira), así como experiencias de promoción en Italia (Umberto Massarini presentó el proyecto de libros de arte OPLA) y Portugal (Eduardo Filipe presentó la bienal de ilustración Ilustrarte).

Volviendo al Salón del libro de Montreuil

 

En el metro, que me llevaba del moderno barrio de Bercy, donde se levantan las cuatro desmesuradas torres de la Bibiloteca Nacional de Francia, al popular barrio de Montreuil, donde junto a un terreno baldío se levanta el eficaz pero nada lujoso centro de exposiciones que aloja al Salón del libro, tuve tiempo de rumiar la  intervención de Bart Moeyaert a propósito del tratamiento desigual que reciben, de sus editores, la literatura y la ilustración para chicos. Llegué a la conclusión de que esas posturas contradictorias -de un lado plena libertad expresiva, y del otro, timorata retención en las formas y técnicas narrativas- tenían una misma causa, pero consecuencias paradójicamente opuestas.

 

Si los mismos editores que aúpan una producción rica e innovadora de libros ilustrados, ahogan con la otra mano una narrativa igual de exigente en sus formas y contenidos, es porque menosprecian al público infanto-juvenil. El problema está en la relación entre producto y destinatario directo: ¿quiénes compran los álbumes ilustrados? Los padres y los abuelos, puesto que este tipo de libro de destina esencialmente a niños menores de siete años que raramente van a una librería a escoger personalmente el libro que desean. Esos adultos aplican su gusto estético al escoger el libro para el pequeño (en quien se piensa solo en términos de ajuste temático)… cuando no escogen para sí mismos, puesto que el coleccionismo comienza a tener cierta importancia en la venta de libros ilustrados. En cambio, los libros de narrativa (mayoritariamente novelas) están concebidos como suministradores de contenidos y son escogidas por la escuela (conservadora, consensual y pragmática) o por los propios chicos que, por natural tendencia al menor esfuerzo, por la pérdida de calidad en el dominio “técnico” de la lectura o por influencia de la televisión, el cine y los juegos de video, prefieren formas fáciles y las tramas aparatosas y truculentas, los personajes maniqueos, el ritmo trepidante el lenguaje estereotipado son repetida receta. La  publicidad (tanto en su dimensión de modo de vida de la sociedad consumista neoliberal como en términos concretos de promoción editorial y audiovisual) y la opinión del grupo, que impone y confirma las modas: favorecen el serialismo (en torno a un mismo personaje, tonalidad o temática) en perjuicio de la subjetividad, la connotación, la originalidad y la innovación; rasgos que, desde siempre, han sido el motor del progreso literario y de la diversidad sin la cual las letras pierden su belleza, pertinencia y utilidad para la sociedad y el individuo.

 

Por supuesto, el fenómeno no es nuevo. Como en la narrativa para adultos, la narrativa infantil siempre ha debido debatirse entre la minoritaria innovación y la mayoritaria adocenación de modelos y técnicas. Ya conocimos la moda Enid Blyton, los libros donde-tú-eres-el-héroe, las novelitas de espanto y horror a la R.L. Stine, los libros de brujas y magos, y piratas, y dragones… y vampiros… Lo nuevo e inquietante es que la exigencia de rentabilidad, basadas en criterios más financieros que comerciales, van reduciendo alarmantemente la cuota de riesgo imprescindible en toda industria cultural.

 

Volviendo a la constatación de Bart Moeyaert, hemos de concluir que la falta de respeto a la inteligencia de los chicos y el imperativo de sacar altos beneficios se combinan contra natura para, por un lado, permitir la innovación en el libro ilustrado (lo que no implica que no haya muchos álbumes facilistas y adocenados) y, por otro, reprimir esa misma libertad y compromiso con la calidad en los libros donde predomina el texto. Las series, las novelas que obedecen ciegamente al conformismo formal y temático (mucha novela de “tema difícil” como el divorcio, la droga, la dimisión de los adultos, la emigración ilegal, las calamidades ecológicas o la xenofobia resultan tan convencionales que dejan de ser retos al talento y la sensibilidad, para convertirse en meras apuestas al número ganador de los “valores” que alimentan los consabidos debates en clase). El espacio para una literatura infantil y juvenil audaz, o simplemente auténtica, se ve reducido al espacio marginal  que les conceden las grandes editoriales con un predominante sector mercantilista o al refugio que les ofrecen editoriales pequeñas y medias donde todavía el compromiso estético pasa antes que la ortodoxia mercantil.

 

Hasta la próxima

 

Este año Salón del libro y la prensa para chicos de Montreuil propuso, en lugar del tradicional “país invitado”, una “librería europea” que presentó -en sus lenguas de origen- libros de una docena de países del continente, y acogió a una treintena de autores e ilustradores propuestos por los centros culturales europeos en París (el Cervantes tuvo la poco original idea de traer a Laura Gallego, mientras otros países presentaron  a creadores jóvenes, originales y a veces aún no traducidos al francés). El Salón de Montreuil se vio obligado -¿por razones presupuestarias?- a renunciar a su concurso internacional de ilustración Figures Future, pero ha inaugurado un mercado editorial frente al cual hacían cola cada día decenas de ilustradores de diversa nacional, mayoritariamente jóvenes. Esta 26ª edición, que prestó particular atención a los dos extremos del lectorado: pre-lectores y jóvenes, también innovó al crear un espacio de presentación y debate de la nueva animación europea. En resumen, Europa ocupa cada vez mayor espacio en un evento que, ya no es secreto para nadie, aspira a obtener el sello de interés cultural europeo.

 

Pero la edición francesa sigue siendo, entre las grandes potencias literarias, una de las más abiertas a otras culturas. Eso se nota en el porcentaje de traducciones, que si en Estados Unidos no llega al 1% y en Gran Bretaña no alcanza el 5%, en la edición gala frisa el 40% (aunque el 90% proceda del inglés, precisamente). Pero no podemos pasar por alto que la principal novedad del stand del Centro Nacional de Literatura Infantil y Juvenil-La Joie par les livres fue la presentación de una selección crítica de 100 libros en lengua portuguesa (Brasil, Portugal y Africa lusófona), en cuidado cuaderno que llegará a profesores de portugués, bibliotecarios, especialistas y editores. Por su parte, el Salón de Montreuil tendrá a México como invitado de honor en 2011.

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2 respuestas a Literatura infantil en Francia: Una crónica parcial y un pelín impuntual

  1. estamos suficientemente al tanto de lo que se hace en literatura infantil en otros países. lo peor es que nuestros editores tampoco parecen interesarse demasiado en la promoción de nuestros libros en el espacio interancional. por supuesto, van a Bolonia y a Franckfort, pero ¿acaso hay una promoción afinada de la diversidad de sus catálogos? No, se limitan a exponer y promover los “mejores ventas de siempre” sin abrir al resto de la variada edición española: resultado, nos traducen poco

    ele garcia nemo
    28 diciembre 2010 at 16:20 pm

  2. Es cierto, cada vez las editoriales reducen más su cuota de riesgo, imprescindible para aportar una amplia y variada gama de oferta cultural. Van a lo seguro, lo adocenado, lo que “gustará” con seguridad a las mentes generalmente adormecidas por la publicidad. Es la censura del siglo XXI, ignorar las apuestas alternativas.
    Buen artículo.

    Paloma
    2 enero 2011 at 12:51 pm

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