El incongruente

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El Incongruente, de Ramón Gómez de la Serna
Blackie Books, 2010. 204 páginas + Panegírico de Cortázar

Por Juan Soto Ivars. Metidos de lleno en la incongruencia de las noches de fiesta, de los amigos y amantes fugaces, de los conocidos que por sorpresa se suman a la novela de la vida, leer hoy día El Incongruente trastoca profundamente el propósito mismo de la novela. No hace falta explicar quién era Ramón porque está a un clic de aquí, pero este artículo servirá para explicar por qué hay que leer esta novela si uno vive en el mismo mundo que quien escribe esta crítica.
“Los buenos amigos que se hubieran querido conservar cerca pasan infieles, olvidados de nosotros, en tonto coloquio con cualquiera.”
La novela cuenta la historia de Gustavo el Incongruente, un tipo al que constantemente tiende trampas y bromas su destino. Vivir en la cabeza de Ramón ponía las cosas difíciles a cualquier personaje que desease la calma y la tranquilidad de una vida de casado, y Gustavo quería precisamente eso. En una batalla contra el autor, que coloca a su paso todas las tretas imaginables, Gustavo pierde en cada capítulo una oportunidad de terminar el día con calma y el lector gana, aliado de Gómez de la Serna, un motivo de sonrisa, subrayado o beso a la página impresa.
“Lo que le pasaba mucho al Incongruente es que cuando cogía un tenedor del cajón de los cubiertos se le convertía en cuchara, y viceversa.”
Presenta este libro una forma muy caprichosa, y ya lo dice don Ramón al ponerse la levita de narrador explicando que sólo incongruentemente se puede contar la vida de un Incongruente. Sin embargo existe un hilo conductor muy claro: Gustavo quiere serenarse (aunque no suela intentarlo muy en serio) e intuye que para eso le hace falta una esposa. En casi todos los episodios se encarga el escritor de echarle en los brazos una mujer distinta y generalmente casada que le ofrece amor verdadero, eterno e instantáneo. Pero o están muy locas estas esposas solubles, o le terminan rechazando al poco de cubrirles de besos y promesas.
“Gustavo huyó de la histérica como de la trampa más hipócrita del mundo, pues la locura se pega y los microbios más perfectos son los de la locura.”
Siempre rodeado de gentes y con un imán para atraer extraños que inmediatamente se transforman en confiados conocidos, Gustavo se estira en la punta de la pluma de don Ramón. Éste lo arrastra sin piedad por el papel dejando el surco de su sangre negra: la literatura. Don Ramón nos invita en estas páginas a constantes greguerías, al flagelo permanente de la imaginación. Las monedas del talento van cayendo una a una de los bolsillos de Gustavo mientras el escritor se convierte en una risa de dientes encima de él, en una risa que contagia.
“Gustavo había perdido tras el incendio aquella viuda, que tenía pedazos encantadores, restos sabrosos, esquinitas muy tostadas.”
Sin embargo don Ramón no consigue engañarnos a los que vivimos este tiempo incongruente y, entre la risa franca que nos produce, se nos filtra y envenena mucha de la preocupación de Gustavo. No es otra que ésta: en medio del fuego artificial que colorea la noche, ¿dónde está la intensidad de la noche? Entre las faldas alborotadas del cancán, ¿dónde está la pasión del baile? En la loca vida de las incongruencias constantes, ¿dónde se esconde el arte? En definitiva: Gustavo salta de página en página huyendo de don Ramón y corriendo (deseoso de salvarse de la incongruencia pero convertido en un experto girador de platillos circenses) hacia el drama, la vida verdadera.
“Encontraba un chico como iluminado por dentro, como lleno de una luz de malicia que le hacía simpático.”
El Incongruente Gustavo está tan embebido de incongruencia que se mueve como nadie entre los alambres del susto y la sorpresa. Como nadie, despacha una tras otra a las mujeres o huye enloquecido de ellas. Con la ligereza de los años veinte, tan parecida a nuestra ligereza, es un sombrero de copa partiendo el bastón y tragándose un gemelo para hacer tiempo mientras se demora el tranvía. Pero busca, busca a pie y en motocicleta entre las trampas que el Destino le depara. ¿Cuándo se da cuenta el personaje de una película que las cámaras han empezado a rodar? Sin que él lo sepa, la sala de cine está repleta de gente que le mira. La vida se complica y le lleva a uno por mil aventuras, pero el personaje no sabe que lo están viendo. Lucha, hace reír y llorar, pelea, gana y pierde. Y en un momento dado, el proyector se apaga, el público deja la sala vacía y el personaje sigue su vida mientras el autor se dedica a otra cosa. Bien. Dada la vida que llevamos,¿cuántos metros de película nos quedan? ¿Cuántas páginas para que termine la Gran Incongruencia y empiece la vida?
“Ya aquel reloj resultaría eterno, porque el buen golpe es el que hace al reloj ser seguro siempre.”
Gómez de la Serna era un genio, y lo demuestra la bajísima calidad de lo que confeccionan sus actuales imitadores. Publicar hoy este libro es un gesto que vale el dinero que pagaremos al editor. En El Incongruente está tan fija la semilla de muchas de las pretenciosas originalidades que hoy nos aturden y quitan sitio de las estanterías, que basta con que usted lea este libro (que Blackie Books ha dejado, como siempre, tan bonito) para comprender la necesidad contemporánea de dramatismo. Para seguir los encantadores y divertidos pasos de la huída.

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