El oficio de escritor (II)

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Por Paco Gómez Escribano.

Escritor es todo aquel que escribe, esté o no publicado, y trate el género que trate. Conozco a escritores que escriben reseñas, artículos, poemas, relatos, novelas e incluso buenísimas tesis doctorales o brillantes sentencias judiciales. Ahora bien, una cosa es ser buen escritor y otra buen novelista. A veces las dos cosas coinciden, pero no siempre. Basta echar una ojeada a los estantes de las librerías, abarrotadas de buenísimas y pésimas novelas, mezcladas, compartiendo espacios y anhelos de los más diversos lectores, para comprobar que no es oro todo lo que reluce.

Lo que más nos venden las editoriales son las novelas, de variopintos géneros. Por eso, no es extraño que muchísimos escritores se hayan refugiado en la novela como forma de dar una salida comercial a sus escritos. Pero no son novelistas, porque no saben construirlas.

Una novela siempre debe comenzar con un planteamiento que ajuste al lector, en donde se centren paisajes, personajes y las primeras situaciones. Esto se puede hacer de varias formas y en disparejas voces narrativas; a través de diálogos o a través de disertaciones del narrador; se puede empezar con hechos del pasado o del futuro; y lo más importante, se debe hacer de forma amena para atrapar la atención del lector. En cualquiera de los casos, una vez cubierta la función del planteamiento, este debe servir para trazar un puente que parezca que el lector vaya cruzando sin demasiado esfuerzo. Este puente va desde el principio hasta el giro, en el que el lector debe aterrizar con una sola inquietud: seguir leyendo. Hasta aquí, deben haber aparecido los personajes principales y secundarios y debe haberse mostrado en mayor o menor medida la trama y las tramas paralelas o subtramas. La narración puede haber sido enriquecida con diálogos, sucesos, una carta, un diario o diversos hechos relevantes acaecidos a los personajes. Llegados al giro, el novelista debe pensar cómo ir cerrando las tramas. Hay trucos, aunque no conviene abusar. Por ejemplo, se puede distraer la atención del lector llevándola hacia un punto que en nada va a tener que ver con la resolución de la novela, aunque aparentemente parezca lo contrario.

Desde el giro o nudo, el novelista debe trazar otro puente, con más pendiente si cabe, para que el lector haga un viaje  vertiginoso hasta el desenlace. Cualquier otra estructura no es una novela, será otra cosa, escrita, probablemente, por un escritor genial, pero no por un novelista genial, ni siquiera por un novelista del montón.

El lector de novela es muy exigente, quiere que le cuenten una historia, quiere viajar y convivir con los personajes y las situaciones. Cualquier cosa distinta de esta hace que la novela sea cerrada y abandonada en una estantería para siempre con una promesa: no volver a leer nada de ese autor.

Sería bueno que editoriales y librerías dejaran de colar “con calzador” bajo la etiqueta de “novelas” a escritos que son meras reflexiones, meras divagaciones de, en algunos casos, excelentes escritores, pero que a la vez son pésimos novelistas.

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