Bajo el imperio de la hamburguesa

Por Graciela Rodríguez Alonso.

Foto: M.Minderhoud

Quién iba a decirnos que un puñado de carne picada sazonada y acompañada de pepinillos, cebolla y kétchup fuera a ser la causa de la decadencia no ya de Occidente, sino del planeta Tierra de uno a otro confín. Sin  olvidarnos del panecillo redondo que recubre a la osada hamburguesa y cuya importancia simbólica es tal que, según leo en el periódico, miles de esos panecillos tapizan ahora mismo el escenario de la obra de teatro Golgota picnic que se representa estos días en Madrid. Y este repentino protagonismo “hamburgueseril” me da cierto miedo por lo que ahora paso a contar.

Según nos explica Cayo Sastre, con mucha ironía, el terror que provoca la hamburguesa se debe a su capacidad para deglutir nuestro mundo y transformarlo en McMundo. Un McMundo es como un McDonald pero a lo bestia: autómatas agarrados a carritos de la compra que consumen basura (todo es usar y tirar) a gran escala, dominados por el poder de los objetos que los esclavizan.

Pues bien, la hamburguesa peligrosa es la apellidada McDonald (McDo a partir de ahora). El resto, las del bar de la esquina o las del restaurante con estrella Michelín, esas son inofensivas. Atención: se acusa a las McDo de acabar con la cultura local, destruir la identidad de la gente, arruinar la calidad de vida del barrio, atentar contra las ideas religiosas de la comunidad, ser comida basura, antinatural y causante de crueldad con los animales, de maltrato a los trabajadores que las venden (ellos lo niegan) y de alienar a sus consumidores (nosotros). Claro, por eso la revolución islámica iraní cerró todos los McDonald al considerarlos instrumento de una invasión cultural, en la India hubo manifestaciones para exigir se cerraran todos los McDonald del país, petición también hecha por el príncipe Carlos de Inglaterra y por sir Paul McCartney quien llamó al boicot contra los McDonald por utilizar una foto de los Beatles para atraer a la gente. Caray con las McDo… Aunque no se qué me da más miedo, si imaginarme el poder destructivo de una BigMac o la capacidad del ser humano (sobre todo de los que nunca han probado una McDo) para culpar a cuarto de kilo de vaca picada (la pobre) de todos los males de nuestra desquiciada sociedad de consumo.

Pero resulta que esta locura colectiva contra una bola de carne y sus amigos pepinillos tiene explicación si se analizan los orígenes de la sociedad capitalista de consumo, el impacto de los centros comerciales y el poder de los medios de comunicación y a donde nos ha llevado todo esto: aquí, al mundo de la nada globalizada en la que los gadget son los verdaderos dueños de este universo que se ha vuelto líquido e incapaz de ofrecer un futuro. Hemos perdido seguridad pero a cambio, aquí llega la buena noticia, es que, al parecer (mejor no preguntar a los fumadores), tenemos más libertad que nunca. Así que lo mejor es coger el libro de Sastre, buscar el McDonald más cercano, pedir una McDo y, tras leer las indicaciones hilarantes que el libro nos ofrece, volver sin más a nuestro líquido McMundo. Dice Cayo que se puede…

McMundo. Un viaje por la sociedad de consumo de Cayo Sastre, Los libros del lince, Barcelona 2010)

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Una respuesta a Bajo el imperio de la hamburguesa

  1. Si es que la líquida, abierta, lábil y rizomática si me apuras es la big mac real, con minúsculas, esa que te sirven y da pena al sacarla de la caja y sentimiento de culpabilidad al terminarla. En cambio, la Big Mac Ideal, platónica, que se luce en la publicidad y en la catelería superior (no en vano, hay que levantar la cabeza para verla…) del establecimiento, esa nunca muere, está riquísima y apela a una cultura del consumo estable y preñada de futuro. Deberían cobrarnos por sólo mirarla…

    Óscar
    12 enero 2011 at 10:01 am

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