El hombre tranquilo

Por Fernando Marañón.

Anoche soñé que volvía a Innisfree…

…Y comprobé que Ford era en realidad un emigrante con morriña. Norteamericano de primera generación, con lo que eso supone –patatas en la mesa como si fuesen pan de trigo, whisky a gogó y maldiciones en gaélico-, nuestro borracho favorito había pasado por todo lo que la industria no podría ofrecerle hoy aunque quisiera: trabajos accesorios, pero relevantes, como el de especialista sin croma, guionista a tanto la página, actor de relleno en el mudo, o director en serie para cubrir el cupo de cualquier estudio emergente en películas de un solo rollo. Aunque todas esas cosas, y en su tiempo, a un irlandés de corazón ni le estremecían, porque le formaban. Hablamos del concepto casi olvidado, pero muy anglosajón, de empezar desde abajo. Dicen que bien utilizado vale para coger a un principiante del sonoro de la talla de John Wayne y putearle hasta hacer de él un actor principal, para enamorar a Katherine Hepburn antes que Tracy o para levantarse ante la liga de directores en plena caza de brujas, decir que haces películas del Oeste y mandar a freír puñetas a Cecil B. De Mille. Cosas de irlandeses emigrados.

Ford no había nacido en Irlanda y, a pesar de su idas y venidas durante la infancia, tenía mucho más fácil encontrar la salida del Monument Valley que localizar un pub auténtico de la isla familiar, donde sus falsos recuerdos recreaban gente noble y cantarina que no hablaba en la barra de sus mujeres cuando bebía a fondo, salvo que hubiese un asunto de tierras o dotes de por medio. Pero fue suficiente para concebir El hombre tranquilo, que se resume en una pelirroja, un paisaje, una culpa y una banda sonora inapelable. Contando, claro está,  por puro instinto hereditario, con el guión más irlandés de la historia del cine a cargo del newyorkino Frank S. Nugent (también autor de Centauros del desierto, también descendiente de irlandeses).

Claro que eso no basta si no se sabe poner la cámara y elegir las tomas, lo que nunca fue un problema para Jack, ni en el desierto, ni en los verdes valles de Innisfree. Sabía lo que quería rodar, cómo hacerlo y hasta montaba la película -aunque no firmase esa parcela- por el sencillo procedimiento de enviar sólo la toma buena de las pocas que hacía. Así que nada faltaba para hacer su canto de amor a Irlanda a su manera, ni siquiera el whisky. La pandilla entera (Wayne, Maureen, Victor McLaglen, Ward Bond, Mildred Natwick, Barry Fitzgerald) recrearía su paraíso, lo más parecido que conozco a la utopía. Y como el verso que empieza un buen poema Maureen O´Hara despliega, líricamente fotografiada por otro habitual de Ford, toda la belleza de la historia a través de una interpretación medida y racial que nos muestra alternativamente su deseo, su pudor y su despecho. Desde entonces, no hay Irlanda sin pelirroja. Aunque Irlanda tampoco es Irlanda sin verdor, costa ventosa y paisaje humano desde la iglesia a la taberna, cuya esencia son el excelente y temperamental cura católico, el tozudo hermano de la novia y, sobre todos, el casamentero y corredor de apuestas Michaleen Flynn que retrata al americano como: ”un buen, tranquilo, pacífico hombre, que ha vuelto a casa a olvidar sus problemas. Por supuesto, es un millonario, como todos los yankees”.

Y no puede ser más preciso, porque el adinerado yankee viene pacíficamente a olvidar. Lo hace en cuanto ve a Mary Kate, pero será también su amor por ella lo que le obligue a enfrentarse de nuevo al pasado y superarlo. A fuerza de puñetazos, pintas de cerveza y música irlandesa, popular y sinfónica.

“No me gusta la música de las películas. Detesto ver a un hombre en el desierto muriéndose de sed con la orquesta de Filadelfia detrás de él”. Era otra boutade de Ford, por supuesto, en Filadelfia, en el desierto y en Innisfree. Y allí estaban la partitura de Víctor Young y las canciones tradicionales cantadas a capela para rebatirla. Y rubricar la Irlanda soñada por Ford para su hombre tranquilo, que regresó a su antiguo hogar para quedarse mientras Jack se volvía de nuevo al Oeste, a seguir haciendo películas de indios y vaqueros.

En tiempos como estos, en los que un director de cine tiende a pensar que será un “autor” antes siquiera de estudiar cine o simplemente rodarlo, esta película se conforma con una historia de costumbrismo, amor y redención, para levantarse como otra de las muchas obras maestras de ese tipo que se despidió diciendo: Nunca pensé en lo que hacía en términos de arte, o “esto es grande o estremecedor”, o cosas por el estilo… Para mí siempre fue un trabajo, que yo disfruté enormemente, y eso es todo.

Cuentan que lo dijo tranquilamente.

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