ETA y la verosimilitud

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Por Miguel Barrero.

Como todo escritor o cineasta sabe, uno de los requisitos imprescindibles de cualquier narración es el de la verosimilitud, entendida no como la cualidad de aquello que no ofrece apariencia alguna de falsedad, sino como esa apariencia de verdadero que debe impregnar todo relato que pretenda hacer efectivo el pacto que se instaura entre creador y receptor cuando se abren las páginas de un libro o aparecen en la pantalla los créditos de apertura. Dicho de otro modo, aquello que acontece en una película, una novela, un cómic o cualquier artilugio de índole narrativa debe obedecer a una concatenación causa-efecto consecuente con el universo en el que se desenvuelve la acción, por más que éste se aleje palpablemente de las circunstancias que conforman lo que denominamos realidad.

El problema de ETA –y es una suerte que a estas alturas del partido su problema sea ése– es que ya no tiene cabida en la España del siglo xxi (ni tampoco en la de finales del xx, pero ése es otro tema) y que, en vez de acatar con resignación esa evidencia y replegar velas en pos de un final que nunca podrá ser digno pero sí medianamente satisfactorio para todos, se esfuerza en construir un relato a su medida que podría ser efectivo si no atentara directamente contra ese principio de verosimilitud al que me refería en el primer párrafo. El relato de ETA no es verosímil porque, principalmente, su fin nunca ha justificado sus medios, que se pueden conseguir por vías mucho más diplomáticas y efectivas, y no resulta nada convincente asumir el papel de víctima cuando previamente uno ha oficiado de verdugo y se ha llevado a la mochila todos los muertos que ha podido. Lo que la mayoría de la sociedad rechaza –y ETA lo sabe, aunque no lo admita y siga disfrazando sus comunicados con una retórica pro-aranista que mueve más a la indignación o al cachondeo que a la comprensión– no son sus veleidades independentistas, ni sus exigencias para las famosas siete provincias, ni su convicción de que España debe ser España y Euskadi, Euskadi. Eso, la verdad, está más visto que el tebeo: cada comunidad autónoma tiene su grupo o grupúsculo dispuesto a ensalzar las virtudes particulares en detrimento de las características generales, y hay algunos a los que no les va del todo mal y que, incluso, han obtenido logros más que aceptables dentro de este constreñido sistema en el que vivimos. En cambio, al personal sí le mosquea, y bastante, esa afición por llevar el dedo al gatillo antes de preguntar y esa extraña convicción (refutada constantemente por los hechos desde finales de los setenta para acá) de que las negociaciones funcionan mejor si previamente se llena la mesa de cadáveres. Ni siquiera en el caso de que contempláramos el asesinato como una arma ideológica válida y eficaz (creo que no hace falta decir que no es el caso) tendría ETA verosimilitud: basta un mero repaso a la lista de sus víctimas para comprobar que, en la gran mayoría de los casos, éstas obedecen más a una rara e indolente arbitrariedad que a una evaluación de los obstáculos que se presentan ante sus hiperbólicas expectativas. Los comunicados de la banda, por último, acaban por dinamitar en el plano formal esa verosimilitud que, como se ha visto, brilla por su ausencia en el ámbito del contenido: la estética pretransicional, la sintaxis asamblearia, la acumulación de adjetivos tras el sintagma alto el fuego y la ínfima calidad de las grabaciones ponen de manifiesto que éste ya no es su tiempo y dan, una vez más, plena validez a aquella aseveración del profesor Valverde que dictaminaba que no es posible que exista la estética si detrás no hay una ética.

Qué quieren que les diga. Pese a que cada vez disminuyen más las esperanzas que tengo puestas en el género humano, no termino de creer que ETA no sea consciente de todo esto. Lo que no sé si saben los miembros de la banda es que la falta de verosimilitud, además de echar al traste el tinglado, termina aburriendo mucho a la parroquia. Y lo suyo, la verdad, está resultando ya demasiado cansino.

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