A propósito de Céline

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Por Miguel Barrero.

Miguel de Cervantes no era trigo limpio. Sabemos de él que fue recaudador de impuestos, y nunca han estado del todo claros los motivos que le llevaron a dar con sus huesos en la cárcel, por más que la distancia que da el tiempo haya terminado por dulcificar su biografía. Se dice también que en su juventud pudo haber participado en un duelo en el que hirió a un tal Antonio Sigura, maestro de obras, y son apenas conocidos los ardides de los que se sirvió para entrar al servicio del luego cardenal Acquaviva durante su estancia en tierras italianas. El anonimato en el que transcurrieron la mayor parte de sus días consiguió que su biografía quedara edulcorada o, al menos, eximida de esas molestas zonas de sombra que quizás habrían empañado su recuerdo. La cuestión es si importa que Cervantes fuese amigo de lo ajeno, o un chisgarabís de tres al cuarto, o un individuo con el que valía más no cruzarse de noche en un callejón oscuro. La respuesta es que no. Lo que importa es que Cervantes fue, fundamentalmente, el autor de El Quijote. Es decir, de la mayor novela que han visto los tiempos. Todo lo demás queda para eruditos, biógrafos y enciclopedistas.

Viene esto al caso porque en Francia –un país por el que hasta ahora siempre había sentido gran respeto– acaban de prohibir un homenaje a Louis-Ferdinand Céline con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento. Alegan las autoridades (es decir, el ministro de Cultura) que el susodicho había puesto su pluma «a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo», y supongo que eso es algo imperdonable en una nación que tiene a una de sus máximas figuras autoritarias –el Napoleón que se encargó de derribar, uno por uno, aquellos tres grandes principios de la Revolución de 1789– enterrada en un fastuoso mausoleo frente a la torre Eiffel, en pleno centro de París. No sé si se ha formado mucho revuelo con motivo de tan grotesca salida de tono, pero me temo lo peor: la literatura ya no le importa a casi nadie, la gente está más preocupada por llegar a fin de mes que por lo que pueda pasar con la memoria de un escritor que lleva medio siglo muerto y, al paso que vamos, falta muy poco para que ni la cultura recuerde ya su propio nombre. Desconozco, asimismo, si el ministro de Cultura galo y el resto de quienes componen el gabinete gubernamental de Sarkozy se han molestado en leer algo de Céline. De haber ojeado siquiera su Viaje al fin de la noche (sería lo mínimo, pero uno ya no pide milagros), habrían observado que la novela, una de las cumbres de la narrativa europea del siglo XX –«la estética de la maldad puesta al servicio de un arrebatado nihilismo», como la definió Manuel Vicent–, contiene una de las críticas más lúcidas y descarnadas contra la guerra y el colonialismo que se han hecho nunca, y que, por muy «perfecto cabrón» que fuese (cito ahora al alcalde de París, señor Bertrand Delanoë), la de Céline fue una prosa genial que resultó implacable a la hora  de arrojar luz sobre el muy oscuro siglo que quedó atrás hace ahora una década.

El caso de Céline, con todo y por desgracia, no supone nada demasiado nuevo. Por estas latitudes pudimos ver hace poco cómo se anulaba un acto en recuerdo de Agustín de Foxá por considerar el político de turno –que en este caso, y curiosamente, estaba en un partido cuyos miembros no dudan en citar sin empacho, y cada vez que pueden, al grandísimo Alberti, que fue toda su vida un contumaz estalinista– que las querencias franquistas del autor desautorizaban todo lo que pudiera haber escrito, de la misma manera que hasta no hace mucho uno no podía leer a Luis Rosales sin que algún listillo le advirtiese de que incurría en pecado mortal al disfrutar con los versos de quien presuntamente («calumnia, que algo queda», se suele decir) había delatado a García Lorca. Viendo cómo se las gastan ahora en el país vecino, tengo claro que esto sólo puede ir a peor. La repentina animadversión de la élite política francesa para con una de sus mejores plumas no hace más que confirmar que la estúpida ola de la corrección política es imparable, y que terminará arrollándonos. Me temo que, fruto de esa gilipollez que vemos ya encaramada en las más altas instancias, cualquier día acabarán prohibiendo a Quevedo por misógino, a Nabokov por pederasta, a Lowry por alcohólico y a Delibes por fumador. Ese día, alguien nombrará a Leire Pajín directora de la Biblioteca Nacional. Y entonces ya podremos irnos todos a la mierda.

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Una respuesta a A propósito de Céline

  1. El problema es que los políticos actuales (desde el emperador Cómodo para acá) adolecen de un analfabetismo cultural y estético de narices. Todo lo ven en función de votos y carnets. Al artista más grande del mundo le volverán la cara si una parte decisiva de la opinión pública o un poderosísimo lobby (como es el caso) así lo exige. Lo que no entiendo es la alusión a Leire Pajín, ¿o se trata del incontenible tic
    antisociata?

    augustbecker
    30 enero 2011 at 20:36 pm

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