Bien de familia, de Luis Mey

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LUIS MEY.
BIEN DE FAMILIA.

Papá nos juntó a mí y a mi hermano. Iban a sacarnos la casa. Yo tenía doce años. Tenía que ser jugador profesional. O cualquier cosa que me hiciera millonario. Y lo único que conocía que te hiciera millonario era el fútbol. Pero estábamos perdiendo la casa. Y papá se sirvió un vaso y le dio hasta el fondo. El olor a vino y a cigarrillo. O papá.
–Siéntense –nos dijo.
–¿Para qué? –preguntó Mariano.
–¡Nada de para qué! ¡Sentate y se acabó, carajo!
Mariano empezó a caminar en dirección contraria. Papá salió tras él. Me quedé sentado con las manos ajustadas entre las rodillas, un poco por frío y otro por lo otro. Las cejas cansadas. Siempre lo mismo. ¿Bajo qué puente pelearíamos?
Escuché un portazo. Mariano había salido corriendo. Papá estaba loco y era peligroso, pero mi hermano, supuse, lo querría un poco más una vez que le hubiera tomado el pulso al mundo. Papá no logró atraparlo. Ni a mi hermano ni –entendía– al pulso del mundo. Volvió mascullando.
–Ese hijo de puta… tu madre… es culpa de ella… acá no hay autoridad. Ya lo voy a agarrar. Mi viejo me…
Siempre decía lo mismo. Pero las pequeñas innovaciones te hacían temblar el culo. Ahí entendí que la originalidad era eso: pequeñas innovaciones a lo ya existente.
–Luis… –empezó.
–¿Sí?
–¿Sí, qué? –preguntó, enfureciéndose.
–Sí, papá. ¿Qué pasa?
–Vamos a perder la casa.
Se sirvió otro vino. Encendió otro cigarrillo. Era tarde. Sabía que ya tenía que estar en mi cama.
–¿Cuándo? –pregunté después de un rato en silencio.
Le di pie para hablar. Luis, es decir yo: un imbécil.
–¿Cuándo? Mañana, hoy a la noche, en un mes. Cuando quieran. Perdí un juicio…
–Ya sé.
–No me interrumpas. Escuchá a tu padre. ¿Es mucho pedir en esta casa que se lo escuche al padre?
Siguió hablando de lo que era ser padre en esa casa. Escuché que llegaba mamá de trabajar. Lo hizo en silencio. Al parecer, papá ya debía estar borracho porque no la escuchó. Por eso me hablaba a mí: porque no estaba ella para pelear.
–Aquí se pierde el hogar. El hogar que les hice para crecer. El hogar que inspiró DIOS para todos ustedes, que son hijos de DIOS, aunque no lo crean.
–Sí, papá.
–Y DIOS decidió que no somos dignos para crecer acá… ¡Y SE LA VA A LLEVAR CUALQUIER HIJO DE PUTA! Pero… nosotros… no los vamos a dejar. Si es necesario, por Perón, juro –gritó–, le prendemos fuego. ¡Que se prenda hasta el último ladrillo! ¡Que parezca el infierno! ¡Que no quede nada! Pero, Luis, de acá no nos movemos.
–¿Cuándo le vamos a prender fuego a la casa?
Esa no se la esperaba. Titubeó. Esperaba mis lágrimas. Pero me vio comprometido con sus palabras. En general, yo sabía, él no creía que los demás se comprometieran con sus palabras. Así que lo hice y esa imagen, de repente, se fundió en pánico. El borracho en bronce.
–¿Querés que le prendamos fuego ahora? –le pregunté.
No se la esperaba. Agarró el encendedor. Estaba aterrorizado. Me veía como quien mira hacia el desastre que acaba de cometer y no sabe dónde esconderlo ni cómo solucionarlo antes de que el resto se dé cuenta. Y yo era ese desastre. Tenía doce años.
–Puedo conseguir nafta. Es fácil. Prendemos todo hoy… Y hasta se puede encender la casa del vecino. Y la del otro vecino. Así no nos echan la culpa. Pudo haber sido cualquiera… ¿Pa? ¿Estás bien?
–Tenemos que esperar un poco. Ni bien vengan a quitárnosla, se la quemamos.
Y agarró el paquete de cigarrillos y se arrastró a su habitación. Se peleó un poco con mi madre y mi madre vino a mí.
–¿Qué te dijo? –preguntó ella.
–Que nos van a quitar la casa y que hay que prenderle fuego.
–No, Luis. Nadie nos va a quitar la casa. Yo la puse a bien de familia. Es nuestra hasta cuando queramos.
–Yo le dije que no tenía problemas con los incendios, nada más.
–Haceme un favor, tarado. No le llenes la cabeza a tu padre…
Me quedé con esa última frase. Así estaban las cosas. Se sirvió un vaso de vino y se arrastró con sus ojotas hasta su cuarto. Me fui a dormir y falté al colegio.

***


Luis Mey. Buenos Aires, 1979. Ha publicado “Los abandonados” y “Las garras del niño inútil”, por Factotum Ediciones. Escribe para diferentes medios gráficos -Ñ, La Gaceta de Tucumán-. Es librero y estudiante de Derecho. Sus cuentos aparecen mensualmente en la revista española Standdart Mag.

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