‘Un momento de descanso’, de Antonio Orejudo [TusQuets]

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«Me encontré con Arturo Cifuentes en junio de 2009. Yo estaba firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid cuando apareció en la caseta de la editorial.
Dice uhhh, uhhh, soy un fantasma del pasado queviene a perturbar el presente.
Lo reconocí de inmediato. Estaba igual, o esa impresión me dio vestido con sus habituales tejanos negros y la americana de siempre.
Digo ¡Cifuentes!
Y salí de la caseta a darle un abrazo.
Tenía algo menos de pelo, pero apenas había engordado.
Dice soy un fantasma, ¿no te doy miedo?
Digo no, hombre, no. Cómo me vas a dar miedo,me has dado una alegría. Vaya aparición. Digo ¿qué haces tú aquí?
Dice yo vivo aquí, el que vive fuera eres tú.
Digo ¿cómo que vives aquí? ¿Te has vuelto de Estados Unidos?
Dice sí, hace ya más de un año que volví.
Digo ¿y Lib? Digo ¿y Edgar?
Dice han pasado muchas cosas, Antonio, muchísimas,desde que nos escribimos por última vez. Algunas son grotescas, otras escalofriantes y otras…, bueno, otras no te las vas a creer.
Hacía diecisiete años que no nos veíamos. Habíamos intentado mantener el contacto por carta, pero al final dejamos de escribirnos. A mí me hubiera apetecido que allí mismo, en aquel momento, Cifuentes me contara todas esas cosas grotescas, escalofriantes e increíbles que le habían sucedido, pero aquella mañana no podía quedarme con él mucho tiempo. Le propuse que comiéramos juntos al día siguiente en Bartleby, pero Cifuentes se negó en redondo. No se negó a que comiéramos juntos, sino a hacerlo en Bartleby. Estaba harto de hojaldres de puerro al lecho de mariscos con mermelada de plátano caramelizado. La alta cocina se había hecho demasiado accesible al gran público, dijo y soltó una carcajada. Echaba de menos las mollejas y la oreja a la plancha.
Dice además mucho refinamiento y mucha metagastronomía pero los de Bartleby ponen Avecrem en la Sopa Joyce. Yo soy alérgico al glutamato y la última vez que estuve allí acabé ingresado en urgencias, así que nada de Bartleby; te propongo Calagüela.
Calagüela era una vieja taberna de nuestra juventud que todavía sigue abierta, por detrás de la Gran Vía, en la calle Desengaño, un nombre muy apropiado para lo que vino después. Allí quedamos, y entre patatas bravas y champiñones a la plancha, Cifuentes me contó que se había divorciado de Lib y que se había venido a Madrid, a la universidad, con un puesto de profesor invitado que tendría que haberse convertido hacía tiempo en una plaza de catedrático. Eso era lo que le habían prometido. Él había renunciado a los beneficios económicos de dieciséis años de vida profesional en Estados Unidos para instalarse definitivamente en España. Por el momento –y subrayó varias veces lo de por el momento–, por el momento no se arrepentía. Aunque la plaza de catedrático estaba tardando demasiado en salir, no se veía cogiendo otra vez un avión y regresando de nuevo a Missouri. ¿Qué iba a hacer él en Missouri?
Me extrañó lo de Missouri. Yo no sabía nada de esa mudanza. Los hacía en Manhattan, en un apartamento de la calle Cuarenta y seis. Cifuentes en Rutgers University y Lib, a punto de dar a luz, con una beca posdoctoral en el Hospital de San Peters. Pero, claro, de aquello hacía diecisiete años y en todo aquel tiempo habían sucedido algunas de las cosas grotescas, escalofriantes e increíbles que me había anunciado el día anterior: había nacido Edgar y a los dos años le habían detectado una leve minusvalía intelectual causada por un encadenamiento defectuoso del ADN. Síndrome del cromosoma frágil, se llamaba.
Lib había abandonado la hematología y se había centrado en el estudio de aquella enfermedad desconocida. Durante los diez años siguientes no leyó una página que no tuviera que ver con el síndrome. Abrió su propia línea de investigación, publicó infinidad de trabajos, consiguió fondos federales y terminó llamando la atención de laboratorios y universidades. Una de ellas, la Universidad de Missouri, le ofreció un puesto en su prestigioso Departamento de Genética y Biomedicina. Y como los encargados de contratarla la vieron muy poco inclinada a cambiar su apartamento de Nueva York por una casa estilo ranch en el Medio Oeste, pusieron sobre la mesa otro contrato para su marido, tan generoso como el suyo aunque en un departamento menos prestigioso y más oscuro, el Departamento de Spanish.

Pero no se mudaron a Missouri sólo por dinero.Aceptaron también porque Missouri representaba una inmejorable oportunidad de ser infelices. Sí, de ser infelices. Missouri les ofrecía la posibilidad de sufrir, de crearse unos cuantos problemas con el fin de solucionarlos y eso, cuando surge, hay que aprovecharlo. La teoría de Cifuentes era que los seres humanos somos máquinas de resolver problemas, que estamos programados genéticamente para sobrevivir en circunstancias adversas, lo cual es fantástico cuando se vive en las cavernas. Pero hoy, cuando los problemas básicos están solventados y muy poca gente vive en cuevas, ese poderoso mecanismo de resolución se resiste a desaparecer, y tenemos que llevarlo colgando, interfiriendo en nuestra cómoda vida de urbanitas. Los occidentales del siglo XXI no tenemos problemas. Salvo que llamemos problemas a quedarnos sin tóner en la impresora o sin periódico el domingo por la mañana. Vivimos con relativa placidez hasta que un día la máquina de resolver dificultades, que ha estado todo ese tiempo al ralentí,se pone espontáneamente en funcionamiento. Entonces te entran ganas de escalar el Everest o de mudarte a Missouri.

Y se mudaron a Missouri. Cifuentes viajó con Edgar en coche, circulando aterrados por las autopistas interestatales, el reino de los camioneros, que conducen día y noche bajo los efectos de la cocaína, y durmiendo en moteles de carretera. Hacía mucho tiempo que Cifuentes no dormía con su hijo. Desde que era un niño no había vuelto a verlo desnudo. Le sorprendió que fuera tan peludo y que tuviera un paquete genital tan grande: macroorquidia, se llama esa hipertrofia genital asociada al síndrome.
Debería ser obligatorio que padres e hijos compartieran habitación dos o tres veces al año. Descalzarse, mostrar la propia vulnerabilidad, reconocer que se tienen meñiques y uñas que hay que cortar en una postura nada fácil, quitarse la ropa en una habitación desapacible y húmeda, ponerse un pijama grotesco… ¡Cómo los acercaría todo eso!
Cuando llegaron a Columbia, la pequeña ciudad de Missouri donde estaba la universidad, el camión de la mudanza acababa de entrar en Cincinnati, y ellos tuvieron que pasar otra noche más en un hotel. Aquella vez la habitación del Holiday Inn no tenía camas separadas, sino un enorme colchón Queen Size, que no hubo más remedio que compartir.»

Antonio Orejudo nació en Madrid en 1963. Doctor en filología hispánica, durante siete años fue profesor de literatura española en diferentes universidades de Estados Unidos. En la actualidad es profesor titular en la Universidad de Almería, y ha pasado un año como investigador invitado en la Universidad de Ámsterdam. Es autor, además de Un momento de descanso, de tres novelas: Fabulosas narraciones por historias (1996, que Tusquets Editores recuperó en edición definitiva en 2007), Ventajas de viajar en tren (2000) y Reconstrucción (2005). Esta última, traducida a varios idiomas, fue saludada en su versión alemana como «la novedad editorial española más imponente del año», según el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Un momento de descanso es un ejercicio portentoso, por momentos hilarante, por momentos amargo, pero siempre lúcido y afilado, sobre el desmoronamiento de las certezas. También es una potente maquinaria fabuladora que desautomatiza con ironía algunos motivos narrativos, desde la crisis familiar o la recuperación de la memoria, hasta la autoficción. Orejudo revalida, con esta su cuarta novela, que es uno de los narradores más deslumbrantes, divertidos e insoslayables de su generación.

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