Arte y espectáculo (1 de 2).

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Por Juan Ignacio Prola.


El artículo que sigue fue inspirado por Aniceto, la película de Leonardo Favio. Antes de empezar aclaro que no voy a hablar del film, sólo habré de referirme a él en tanto sea estrictamente necesario para aclarar hacia dónde me dirijo. Tampoco juzgaré la película por sus méritos o deméritos cinematográficos, no soy un crítico de cine y carezco de conocimientos técnicos al respecto.

Mi propósito es muy distinto, quiero servirme de esa obra para hablar de dos categorías cuyos arquetipos son, por un lado, la película de Favio, y por otro, el cine de Hollywood. Representan la tesis y la antítesis de una relación dialéctica, o, en palabras menos gastadas, se trata de dos términos de una proposición, si se me permite la expresión, oximorónica. Es decir, son postulados contradictorios, polos opuestos que se rechazan mutuamente, de modo que si es uno no puede ser el otro. No se me escapa que al hablar de cine de Hollywood, estoy cometiendo una generalización imperdonable, al englobar bajo una misma clasificación a Casablanca y Depredador vs. Alien, a Jack Nicholson y Jean Claude Van Damme, a Woody Allen y Jet Li. Pido que se me disculpe por tal tropelía, pero ya dijo Borges que toda clasificación es caprichosa. Y como además estamos en la era del posmodernismo, cuando el fin perseguido es la belleza y no la verdad (lo que importa es cómo se dice y no qué se dice), habré entonces de servirme impúdicamente de las mentadas categorías, por ser ellas funcionales a mi necesidad de expresión. Ahí vamos.

El guión está basado en una historia simple y sencilla, de la que uno conoce el final desde el principio: sabemos, desde que aparece por primera vez en la pantalla, que Aniceto va a morir. Esto, lejos de quitarle encanto, atrapa la atención del espectador. Uno se conmueve, se emociona viendo cómo los hechos se encadenan fatales, inevitables, más allá de la voluntad de su protagonista, hacia un final trágico. A su vez, Aniceto hace todo lo que tiene que hacer para ir hacia ese destino. Uno quiere que se salve, hace fuerza para que se salve, pero en el fondo sabe que eso no ocurrirá. Sin poder hacer nada, condenado de antemano, se encamina irremediablemente a la muerte. En la única oportunidad que tuvo eligió la puerta equivocada, y ya no hay marcha atrás. Paradójicamente, uno siente también que la oportunidad de elegir de Aniceto nunca fue tal, nunca fue real, nunca existió. Su entidad es la de una ilusión, un espejismo, la absurda necesidad de creer en el libre arbitrio porque de ese modo nosotros también creemos que elegimos, la fantasía de ser dueños y señores de nuestros destinos.


La muerte de Aniceto boqueando como un gallo es un rasgo de sublime y sutil belleza, y como detalle estético, demuestra la enorme variedad de recursos que maneja el artista. Lejos de caer en el lugar común y en el cliché, nos entrega una metáfora de la eternidad haciendo bailar al héroe arremolinadamente una danza vertiginosa contra un muro de blancura infinita. Otro recurso, el de los decorados deliberadamente artificiales, recuerdo haber visto algo similar en una película de Fellini, `Casanova´, si mal no recuerdo, protagonizada por Donald Sutherland.

Por otro lado, el film tiene un aire especular, de ausencia de perspectiva, de plano bidimensional y cierta discontinuidad narrativa, que le dan esa característica inasible de lo onírico. Uno jamás deja de sentir que está dentro de una obra de arte, esto le quita más realismo todavía, lo refiere aún más a un noúmeno estético, a una cosa en sí puramente artística. Por ejemplo, la habitación en la que vive Aniceto se parece a un cuadro de Molina Campos.

Leonardo Favio es uno de los últimos cineastas a quienes se le puede llamar con propiedad artistas. A diferencia de la mayoría de los directores, hace un cine de autor, un cine de arte y no de espectáculo. Es más actual que la mayoría de los directores actuales, es más posmoderno que los posmodernos, es, en suma, un artista. Uno siente que a él no le preocupa la taquilla, no le interesa ejercer esa demagogia barata con un público condescendiente. A Favio le interesa la obra de arte, el resultado estético. Entiende ese compromiso con la belleza que sólo alcanzan los artistas exquisitos.

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