‘Todo está perdonado’, de Rafael Reig [TusQuets]

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El pasado mes de noviembre de 2010, un jurado integrado por Juan Marsé, en calidad de presidente, Almudena Grandes, Sergio Olguín, Juan Gabriel Vásquez y Beatriz de Moura, en representación de la editorial, acordó otorgar a esta obra de Rafael Reig el VI Premio Tusquets Editores de Novela.

«Había perdido toda esperanza de ver a España otra vez campeona en una Eurocopa. Nos faltaba fe en nosotros mismos.
En noviembre de 2007 habíamos pasado la fase eliminatoria al ganar a Irlanda del Norte. Hizo falta la lesión de Torres para que Luis Aragonés, ese formidable cabezota, ese camandulero repleto de soberbia, alineara por fin juntos a Cesc, Iniesta, Silva y Xavi. Funcionó, aunque nos quedamos muy cortos en el área, tal y como yo había dicho que pasaría.
Al final un solo tiro de Xavi consiguió refutar aquel dogma de fe sobre el que se construía el juego del equipo: que había que llegar con el balón atado a los cordones de las botas hasta la línea de gol. ¿Ah, sí? Pues a más de veinticinco metros disparó Xavi, el balón rebotó en la cabeza atónita de Craigan y se metió en la portería de Taylor: ¡Gooooool! ¡Gol de España, señores!
Tengo que confesar que yo era partidario de Raúl, he sido y soy raulista, y no me da ninguna vergüenza, y se me hacía antipático Luis Aragonés: nunca había soportado que le llamaran «el sabio de Hortaleza» ni esa voz de hipnotizador con la que hacía creer que sus palabras significaban siempre más de lo que en realidad decía, que aquello tenía su intríngulis, como si hablara en cursiva.
Pocos lo admitimos sin empacho, pero fuimos legión los que entonces pensábamos que, con Luis, otra vez, España se buscaba a sí misma en vano, intentaba alejarse de su propia sombra, dejarla atrás y seguir andando a solas, como el sonámbulo que pisa los cascotes de un sueño que ya se le ha desmoronado encima, que se ha hecho añicos sobre su cabeza, catapún. Así que en junio pensé que no nos clasificaríamos. Me dispuse a asistir a otra derrota y a echarle la culpa a Luis Aragonés, el seleccionador; o si no, como de costumbre, al destino, a la fatalidad o al empedrado.
Qué raro: contra todo pronóstico, la suerte no se mostró en contra desde el principio. Al menos no caímos en el Grupo de la Muerte, con Italia, Francia y Holanda. Acabamos en el grupo D, con Grecia, Suecia y Rusia.
Nos estrenamos contra Rusia, el 10 de junio, jugamos al contragolpe, con aquella partitura que tantas veces había interpretado el Atlético de Luis Aragonés en los setenta, y el 4 a 1 terminó para siempre con la discusión nacional sobre el seleccionador (pero no con mi nostalgia de Raúl ni con mi alergia al míster). Estaba claro, pese a todo: el 7 de España ahora era Villa, el Guaje de la cuenca minera, mi paisano. Punto redondo.
Hay otra España, se decían unos a otros los patriotas por la calle, quizá con menos convicción que ganas de creérselo. ¡Hay otra España!
Después nos enfrentamos a Suecia, el 14 de junio, y ganamos 2 a 1. Como Rusia también ganó a Grecia, ya entrábamos en cuartos de final, de donde era tradición que nunca lograríamos pasar: ese maleficio de los cuartos que nos ha perseguido siempre.
Desde por la mañana, en la calle se oía decir que había otra España, que podíamos, oé, oé, oé, y ese día del partido decisivo contra Suecia se multiplicaron las comuniones y se vaciaron las máquinas expendedoras de eucaristías: todos querían ver la retransmisión desde Innsbruck en estado de gracia.
Así empezó todo, este es el comienzo.

Si tomo la palabra es para hablar de los demás, de esa excelente familia que forma parte de mi propia vida, los Gamazo: del padre, don Gonzalo, marqués de Morcuera; de su hijo Perico, mi amigo y benefactor; de su mujer, Mariví Montovio, y de los hijos de ambos, Nacho y Laura. También para hablar de mis compañeros de las fuerzas del orden y de su esfuerzo bajo tierra, de Alfonso Olmedo, de Carlos Clot, de la teniente Teresa Murillo. Y cómo no, para hablar de esa mujer testaruda y tetona, rectilínea y opaca, Rosario Valverde, la empleada de hogar que limpiaba los cuatro baños del chalet de El Viso de Perico Gamazo. Fui yo quien la metió en la casa y, al final, resultó como dejar suelto un elefante en una cacharrería.
Si he decidido romper el silencio es para ponerme en los zapatos de los otros, en los mocasines de piel de Perico Gamazo, en los zapatos de tacón de Laura, en las botas de Nacho y hasta en las Wambas calzadas en chancleta de Charo Valverde. Una llamada intempestiva que recibió el inspector Olmedo es el hilo con el que empezaré a devanar la madeja de esta crónica.
Olmedo llevaba tanto tiempo esperándolo, que el timbre del teléfono le sobresaltó. Alfonso Olmedo era aprensivo. Lo había sido siempre, desde los tiempos en que estuvo a mis órdenes. La impaciencia le disparaba la imaginación y entonces sólo veía malas noticias: accidentes (fatales), cirugía (cardiaca), tiroteos (a mansalva) o aquel embarazo interrumpido (sobre el que no le habían dejado decidir ni opinar).
–Dime dónde estás –preguntó ansioso nada más descolgar.
–¿Inspector? ¿Inspector Olmedo? –respondió la voz de otra mujer.
Olmedo cerró los ojos y exigió:
–Identifíquese.
–Murillo a la orden, señor. Teniente Teresa Murillo, de Homicidios.
Esas no eran horas, le advirtió Olmedo. Tampoco era el día más apropiado. Él estaba fuera de servicio y, debido al España-Suecia, aquella tarde, a partir de las cinco, no era momento para pedir favores a nadie.
–Se trata de una emergencia.
Si era una emergencia, entonces venía del pasado.
Emergens, emergentis: algo que sobreviene. Desde que su hija se fue de casa embarazada, Olmedo le daba demasiadas vueltas a las cosas, a las palabras y al intervalo entre unas y otras, ese río que tanto le costaba vadear. Una emergencia era algo que ya estaba allí, sin ser visto, por eso mismo emergía, salía a flote desde las profundidades. Tenía que ser algo que había estado oculto, en el fondo, quizá en el interior de uno mismo, o bajo la urdimbre de los acontecimientos; esperando su oportunidad para aparecer en la superficie, como el tiburón que huele la sangre fresca.
Para Olmedo, emergencias eran los sucesivos novios de su hija, las viejas cartas que aparecían en un cajón y, sobre todo, las enfermedades. Se propagaban en la silenciosa oscuridad de los órganos y, cuando se hacían por fin visibles, siempre era ya demasiado tarde. Un buen día te empieza a salir sangre por los oídos, sin dolor, y cuando te quieres dar cuenta ya estás criando malvas.
Mi padre me enseñó lo que sabe cualquier médico: no hay peor aviso que sangrar sin que te duela nada y sin herida, entonces ya puedes empezar a despedirte y a decirle de pronto a tu mujer que siempre la has querido.
En la línea de trabajo de Olmedo, sin embargo, las emergencias solían ser de bala, casi siempre asesinatos, esas enfermedades de la sociedad que habían permanecido agazapadas tras un contrato firmado, un agravio impune o ese recuerdo del que nunca se habla en voz alta: cadáveres que aparecen flotando y golpean, hinchados, irreconocibles, el muro de algún muelle.
–¿Me recibe, inspector?
–Alto y claro, teniente. Deme coordenadas.
–El cuerpo está en el jardín del hotel Ritz.
El pasado siempre se queda por debajo del agua, son los cuerpos los que regresan. El pasado se va a pique en ese río profundo entre las palabras y las cosas. Como si el pasado fuera esa corriente contra la que intentamos nadar, pero que nos empuja con demasiada fuerza en sentido contrario.
Sin embargo, para nosotros, los anfibios, esto sucede al pie de la letra. Crecimos en una tierra firme que ahora es navegable.
Nací en 1940 y crecí en la España una, grande y libre del Caudillo, tuve un Seiscientos y otros muchos coches, hasta que se acabó el petróleo, viví la II Restauración borbónica, la Inmaculada Transición, el golpe del 23-F, la ayuda norteamericana para consolidar la democracia (y para la ejecución de las obras del Canal Castellana), el entusiasmo institucional con el referéndum de 1984 («De entrada no», decían los del PSOE con calculada ambigüedad), que nos convirtió en Estado Asociado a los USA, con el inglés como lengua cooficial (a partir del segundo referéndum, el del 86) y una monarquía tributaria del Imperio de Washington.
Mi vida se cuenta en dos patadas, he estado siempre al servicio del orden establecido, pero he acabado detestando a quienes me pagan la nómina, convencido de que merecen ser derribados, aunque no tenga el valor para intentarlo.
He vivido entre las sombras. Felipe González, el presidente que convocó el referéndum, tuvo que explicárselo a un país de ingenuos: «El Estado de Derecho también se defiende desde las cloacas». Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Como los mineros, por debajo del suelo, en la oscuridad. Alguien tiene que remangarse y meter la mano para limpiar la taza del váter. Como las chachas, con un guante de goma, en silencio o tarareando una canción oída por la radio.
Primero fui guardia civil y luego trabajé en los Servicios de Inteligencia SECED, CESID, CNI, el que fuera, siempre bajola protección de Perico Gamazo, al que también acabé traicionando, que Dios me perdone.
Ya estoy retirado, disfruto de una posición desahogada y ahora dedico mi tiempo a leer a los clásicos. Citar a Homero o a Shakespeare es como llevar un alfiler de corbata heredado: un lujo, un signo de distinción, algo que no se compra sólo con dinero. Habrá quien lea para aprender cosas; yo fui guardia, soy hijo de un médico de Mieres y leo para hacerme respetar: algo que los ricos de verdad tienen garantizado de antemano sin esfuerzo.
Ni me casé ni tuve hijos, y he sido capaz de aprender a vivir sin ser amado. No cuesta tanto, siempre que uno esté dispuesto a no querer a nadie. Ni siquiera a quererse a sí mismo. En mi trabajo también es necesario tener una esquirla de hielo clavada en el corazón.
Pero basta. De nobis ipse silemus. Sólo soy una voz entre las sombras, el coro de las voces de los otros.
Aquel día del España-Suecia, cuando quizá dio comienzo todo, me encontraba en el viejo puente de Eduardo Dato, más o menos en el centro de mi Madrid, que empieza en Puerto
Atocha, en la bóveda de la antigua estación, y acaba en la plaza de Castilla, contra la proa del monumento a José Calvo Sotelo, el protomártir.
Como todos los vertebrados, Madrid se halla dividida por una espina dorsal, el Canal Castellana, ese oscuro río que fue un bulevar ruidoso: bajo el agua aún se agitan, como esqueletos de manos cubiertas de liquen, mordidas por los peces, las ramas de las acacias, de los plátanos y de algún que otro castaño que ya estará colonizado por corales y esponjas.
De este a oeste, la ciudad que considero mía limita con las Torres Blancas y el Teleférico del parque del Oeste. Lo demás son las afueras, descampados, cementerios de automóviles, improvisadas viviendas con tejados de uralita y hogueras encendidas en un bidón de hojalata.
Miraba aguas abajo, hacia el sur. Tenía en la margen izquierda lo que, no sé por qué, los madrileños llaman la Rive Droite: la zona residencial, asiento de la burguesía y el dinero (a menudo muy reciente y casi siempre obtenido por medios delictivos).Desde Mariano de Cavia, la Estrella, el barrio de Salamanca (la «Zona Nacional», como se llamó durante la Inmaculada Transición), El Viso, hasta desembocar en Alberto Alcocer (un barrio de viviendas para padres divorciados: nadie logrará quitarme esa idea de la cabeza) y Costa Fleming (donde vivían las entretenidas de aquellos primeros americanos de la base de Torrejón y había bares de alterne con descorchadoras, que se llevaban un tanto por ciento de cada botella).
La Rive Gauche (que es la margen derecha, en realidad) es un amasijo grasiento de populacho y clase media, salpicado de intermitencias de bohemia artística en Lavapiés, La Latina o Malasaña. Desde Ronda de Toledo al Rastro, Sol, la calle Atocha, Chamberí, Argüelles, hasta alcanzar Cuatro Caminos y esa calle de Bravo Murillo, que parecía trasplantada de una capital de provincia y ahora ya es una céntrica avenida de una ciudad del altiplano andino.
Hay cabezas de puente, por supuesto. Toda la calle Almagro es Rive Droite en la otra orilla. Ventas, la Prospe, parte de López de Hoyos son Rive Gauche, distritos populares en territorio enemigo.
Más allá de Puerto Atocha, hacia el sur y el oeste, la ciudad se inflama como una herida supurante en ciudades-dormitorio, como Fuenlabrada, Getafe o el Berbiquí, y en Precintos rodeados de alambradas, como las Barranquillas, el Mortero o el Cárcamo, donde los adictos esperan la muerte entre neumáticos ardiendo, pero sin lograr entrar en calor.
Por el lecho del Canal cruzamos en 1954, cuando aún no habían construido el puente ni habían hecho Madrid navegable, para tirar pedradas contra la embajada inglesa, porque la reina Isabel II se había atrevido a visitar Gibraltar, como si fuera una de sus colonias, la muy hija de la Gran Bretaña. ¡Gibraltar español! Fue la primera vez, desde el final de la guerra, que los estudiantes salían a gritar por las calles y había un entusiasmo sin límites. Yo fui con los chicos de Falange, los mayores, y nunca olvidaré cómo me temblaban las piernas. Hasta entonces, el único esparcimiento juvenil había sido el Congreso Eucarístico de Barcelona, en el 52, donde se nos permitió comulgar a tutiplén y recitar sobrecogidos, con voz trémula y honda emoción, los versos sublimes de don José María Pemán:

De rodillas, Señor, ante el sagrario,
que guarda cuanto queda de amor y de unidad,
venimos con las flores de un deseo,
para que nos las cambies en frutos de verdad.

En el 54 todo lo tenía organizado el SEU, el Sindicato Español Universitario fundado por la Falange, pero se les fue de las manos y hubo una carga policial tan violenta que muchos manifestantes acabaron gritando consignas contra el propio SEU y contra el Régimen.
Los ingleses, de todas formas, recibieron su merecido. El propio embajador llamó al ministerio, donde le ofrecieron enviar más protección.
–No hace falta que traiga más policía –contestó el hijo de la Gran Bretaña–. Basta con que nos envíe menos manifestantes.
Apenas había cumplido los catorce y corrí por primera vez perseguido por un policía, con mi chaqueta con coderas y un pañuelo blanco en el bolsillo. Perdí un encendedor, un Ronson de gasolina, que aún debe de estar ahí, en el fondo del Canal, en un alcorque o entre dos adoquines del empedrado.
Cuando construyeron el puente, en 1970, ya tenía treinta años, y cuando se acabó el petróleo y lo convirtieron en un canal con salida al mar por Alicante y Lisboa, había cumplido los cuarenta. Cuántas veces me habré acodado allí, suspendido entre las dos orillas, entre dos mundos, entre dos vidas que podría vivir, tan diferentes, con sólo tocar tierra a uno u otro lado del río.
Iba a empezar el partido. A media tarde, la sombra de los edificios cubría el puente y tocaba los balcones del bulevar de Alonso Martínez. Había salido de casa con una gabardina en la que aún estaban los viejos binoculares Zeiss que había llevado por la mañana a Puerto Atocha para ver el buque en cuarentena. En los bolsillos de la chaqueta metí dos paquetes de tabaco, la moneda de plata y la cartulina doblada con la invitación a la boda. No me separaba de aquel tarjetón y tocarlo con los dedos por dentro del bolsillo me tranquilizaba. Ser testigo de esa boda era lo único que ya esperaba de la vida. La moneda era mi regalo de bodas.
Quería pasear, como me recomienda el médico, me asomé al puente y luego pensaba ir andando por la orilla hacia Neptuno y llegar a pie por el malecón del Prado hasta Puerto Atocha, para ver con Charlie Clot el partido en el Seemannsbar de la dársena de Delicias.
Al llegar a Neptuno vi que el Ritz estaba acordonado. Me identifiqué ante el primer oficial que vi, pero mi nombre no parecía decirle nada.
Quizá era demasiado joven. Con lo que yo he sido. A los treinta ya tenía mi propio despacho en Castellana 3. Sic transit gloria mundi, verduras de las eras, rocíos de los prados, vanidad de vanidades.
Desde la Bolsa se acercaba un hombre mayor que yo que iba a paso de carga y sólo se detuvo para decirme que no podía detenerse: aquello era una emergencia.
–Estoy a vuestra entera disposición. –Era la primera vez que utilizaba esa frase, cuando ya había dejado de ser verdad.
Perico Gamazo ni me respondió.
Quizá estuviera aturdido. Con lo que habíamos sido.
¿Qué habría pasado en el Ritz?
Entonces no tenía ni idea, pero recuerdo, que Dios me perdone, que lo único que me preocupaba era que la emergencia tuviera algo que ver con la boda de Laurita.»

Rafael Reig. Nació en Cangas de Onís (Asturias) en 1963, vivió en Colombia durante su infancia, y estudió Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Madrid. Dio clases de literatura en Nueva York, donde se doctoró, y en varias universidades norteamericanas. Actualmente es profesor de la escuela de creación literaria Hotel Kafka, y colabora en diversas publicaciones, tanto en papel como digitales. Su novela Sangre a borbotones (2002), Premio de la Crítica de Asturias, fue elegida una de las cinco mejores novelas en español de 2002 por la Fundación Lara. Es autor también de las novelas Esa oscura gente (1990), Autobiografía de Marilyn Monroe (1992), La fórmula Omega (1998), Guapa de cara (2004) y Hazañas del capitán Carpeto (2005) –algunas de ellas traducidas a varios idiomas–, del exitoso ensayo literario Manual de literatura para caníbales (2006) y del volumen Visto para sentencia (2008), que reúne sus artículos de prensa. Ganadora del VI Premio Tusquets Editores de Novela, Todo está perdonado relata una inquietante investigación policial en un insólito Madrid navegable, y traza un retrato realista e irónico a la vez de los años de la Transición, reinterpretados desde un punto de vista inédito en la literatura hispana.

Todo está perdonado, de Rafael Reig, editorial TusQuets, 2011, 376 págians, 18,27€.

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