Oráculos

Por Silvia Herreros de Tejada.

Decía Tolkien que todo final de cuento de hadas, por bondadosos o tremendos que fueran sus acontecimientos, debía provocar un corte de respiración, una efervescencia de corazón que prácticamente llevara a las lágrimas. Si la resolución era una buena calamidad que además de emocionarnos nos hacía sonreír, la llamaba eucatastrophe; si, sin embargo, se trataba de algo penoso o frustrante, recibía el nombre de  dycatastrophe. Siempre catástrofes, en cualquier caso.

Esta columna habla de esas “catástrofes literarias” que nos encienden el alma de lo mucho que se asoman a nuestro interior. Hay libros que tienen el poder de adivinar aquello que deseamos, pero no nos atrevemos a formular. Anuncian a gritos secretos nunca confesados; adivinan las miserias que nos carcomen y en las que evitamos profundizar. Nos hacen reír de una manera transparente, apasionada. ¿Acaso no hay imágenes, momentos literarios que nos estimulan bastante más que la vida real?

Novelas, relatos, ensayos, cuentos, poemarios… Oráculos para el alma humana según el momento en que se encuentre. Hoy, amor. Y el individualismo que a veces supone.

Fragmentos de un discurso amoroso (1977) de Roland Barthes, recientemente reeditado por Siglo XXI Argentina, disecciona el amor y sus pormenores mientras defiende —con tesón— que el discurso del amante siempre es de extrema soledad. En un alarde intelectual, recopila pensamientos de Goethe (en concreto de la obra Werther), de Platón, el Zen, el psicoanálisis, algunos místicos, Nietzsche, lecturas ocasionales o conversaciones con amigos. Una especie de diccionario del amor que surge de su propia experiencia (no sólo vivida, sino leída) y que contiene entradas como “abrazo”, “encuentro” “habladurías”, “languidez”, “saciedad”, “unión”, “verdad”.

Así, cuando Barthes habla de “la espera”, por ejemplo, no diserta sobre lo más o menos obvio; o sea, que amar siempre es esperar algo del otro y etcétera. Barthes ve más allá (ejerciendo de adivino) y desvela toda la escenografía que existe alrededor de la persona que espera: para él, un pequeño teatro en el que se imita la pérdida del objeto amado.

Según Barthes, en la espera hay un prólogo. Miras el reloj, compruebas que el otro se retrasa, te arreglas el pelo, posas. De repente, hay un punto de giro: decido “preocuparme”. Entonces, empieza el primer acto, caracterizado por una serie de suposiciones. ¿Y si no se ha enterado bien de la hora, el lugar? ¿Llamo por teléfono? ¿Qué pensará si llamo por teléfono? Otro punto de giro. Llegan los reproches, la cólera hacia el ausente. Él/ Ella sabe perfectamente que le espero. Podría haber llegado a la hora, evitarme la angustia… Verme como yo quería que me viese: interesante, tranquilo, feliz de la cita. Y llega el tercer acto. El abandono. Explosión de duelo. No ha venido. Lo sabía.

Esta pieza de teatro —dice Barthes— se acorta según la llegada del otro. Si llega en el primer acto, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay “escena”; si llega en el tercero, hay reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente.

Para Barthes (como para Stendhal) el amor es un ejercicio de soledad. La pasión que nos despega los pies del suelo es la nuestra propia, no la que nos provoca ningún otro. El epígrafe de “la espera” de Barthes finaliza con un cuento muy breve.

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Seré tuya,” dijo ella, “cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana”. Pero, en la nonagésimo novena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.

Quizá el otro —al fin y al cabo— no tenga tanta importancia en todo este asunto del amor. 

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