Platón come plátanos

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Por Alberto Masa.

Sin quererlo (y apenas beberlo) me vi otra vez ingresado en un hospicio dedicado a la salud de la mente. Yo había experimentado de nuevo la bendición de la otredad y sabría que jamás volvería si mi vida fuese la vida normal de las personas normales que había conocido: trabajo de lleva y trae durante la semana, coca, peleas y putas sábados y viernes y partida y fútbol los domingos en el bar del barrio. Requería cada vez más información atestar la mente del otro contra su propio veneno, pensaba los otoños ante esos paisajes de árboles desnudándose y señoras que paseaban con el carrito de la compra. Mi estrategia se podría moderar una segunda vez. El alma, supe que está hecho de realidad (de politiqueo) y poco más o, como dijo Carlos Edmundo de Ory: Platón come plátanos.

Los chicos que llevaban navajas en el barrio se dividieron en abogados y pasteleros, los borrachos de mi pueblo eran ganaderos, yo iba para la nada y sabía que terminaría fumándola en uno de los rincones de estos hospitales donde salía y entraba al margen de los trabajos de mi padre, los rezos de mi abuela y la nueva furgoneta de mi vecina, a quien yo dedicaba mis siempre sabias erecciones.

Los hombres malvados son enemigos de los veraces, decía Heráclito. Pero ninguno encontraríamos verdad en esos sitios. Yo supe que nunca volvería cuando me encontré un médico más joven que yo. Mi verdad era siempre otra o, como mucho, lo que decía de su lucidez un Buda de esos, algo que había que verificar constantemente.

El pueblo donde ya entonces comencé a hacer vida era una tumba que la propia casa en donde yo yacía (a pajotes) no sabía franquear. Yo empecé a ver a las mozas como un tallo de rosa cuya finalización no proponía una floritura y, sin embargo, a esas raíces secas acudía todo erizo en busca de comida. Había aprendido yo a estar callado de nuevo e ir al bar de vez en cuando (según cómo de generosas fueran las siempre generosas propinas de mi abuela). Hice amigos, creo, aunque ya no me acuerdo de cómo eran sus caras. Mi papel era mojado sobre una charca de diamantes fabricados en Taiwán. Del secador que empleaba para solucionarlo salían voces, pero ninguna verificaba la frase de Heráclito, que fue el resumen de mi existencia en Dr. León.

En una ocasión recibí la visita de un maestro de mi escuela a quien yo apreciaba. Pero es sólo algo que recuerdo de una visita de mi madre. La visita del profesor no la recuerdo. Mi memoria era un contenedor de agua al cual habían ido echando aceite las personas que yo recordaba y, por tanto, aquellas quien yo también había sido. Cuando eres obstaculizado de toda humanidad (efectos propiciados por los neurolépticos) ni siquiera un animal te quiere. Es entonces cuando cosas a las que apenas has acariciado, ñoñerías de las que has oído hablar, pongamos, el amor y la muerte, se convierten, desaparecidas las brújulas de la razón y el ser, en una razón de ser. No sé, le dije al doctor, abres tu aplauso y la mosca muerta se desvanece ante tus zapatos sin abrochar.

¿Qué conclusión tan idiota, no? Yo no llego a más, señor. Encendí un cigarro y me sujeté a él como si me fuera a llevar el aire que salía de la boca del doctor. Mi miedo siempre estaba dedicado a sus caras, que eran siempre otra y la mía. Me dijo que me habían visitado. Sí, dije, son mi familia. Poco más hubo que tratar ese día de aproximadamente enero.

No deduje nada. En una libreta escribí que el tiempo, que yo no era capaz de apreciar, me estaba comiendo. No es diver, puse al lado entre paréntesis. Poco después me vi trabajando para la letra. Me utilizaron. Yo nunca me habría dedicado a algo tan tonto y rodeado de tonto. Yo en breve volveré, he pensado, y luego Dios dirá. En el PD de mi carta pone: Reciba un fuerte abrazo.

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