“Caída”

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“Caída”, un relato de Alejandro Ruíz.

Necesitaba ser muy consciente y estar muy seguro de lo que estaba considerando en ese momento. Por ese motivo se concede unos cuantos segundos más para seguir mirando por la ventana. Le tiemblan las manos. Sabe que bajo el peso, el temblor es imperceptible, pero igualmente lo nota, siente la carne y los huesos vibrando; y por encima de todo teme que alguien lo pueda percibir.

La vista de la ciudad no le tranquilizará, eso también lo sabe. Desde esa altura se le muestra demasiado nítida. No en un sentido de atmósfera despejada y contornos claramente definidos. La nitidez que percibe, y que le molesta, es más bien la que posee la cabeza de una aguja o el hilo de una hoja de afeitar. Lógicamente esa nitidez le duele de forma física dentro de la cabeza y eso  acrecenta ese temblor que solo el siente. Aguanta la respiración, contrae los músculos del estómago y aprieta los dientes. Se convence a si mismo de que esa sensación se le pasará si se esfuerza en ello y se dice que la mejor manera y la más discreta es continuar un poco más mirando por la ventana.

Es la primera vez que contempla la ciudad desde ese punto, desde ese ángulo inusual. Nunca hasta entonces ha subido a una torre. En alguna ocasión la ha oteado desde la lejanía de un cerro, pero percibiéndola como algo nebuloso. De hecho hasta entonces tenía muy clara la idea de cómo había de ser la ciudad en su conjunto. Creía que había de parecerse a algunas urbes innombradas de las que se habla en los libros. Una mezcla entre el archivo y el cementerio de Todos los Nombres. Un lugar sin límites precisos, que crece y se extiende, y que casi puede moverse como una suerte de confuso ser vivo. Calles y aceras que se superponen y entremezclan como ramas de árboles cercanos. Una máquina pergeñada por miles de distintas mentes y que como tal ha resultado siendo un híbrido de concepciones contrarias. Su idea era en exceso romántica e intelectual, sus ojos le advertían con dureza del error en el que había querido estar sumido. La ciudad está bajo él claramente independiente y nítida del resto. Si hubiese tenido destreza para el dibujo y las manos libres podría haber reconstruido la vista de la ciudad mediante líneas marcadas, exactas y definidas. Trazándolas con un lápiz muy afilado, no un portaminas o un plumín, sino algo anguloso y también muy definido y exacto, un utensilio al que ungir con una perfección mórbida.

-¿Te encuentras bien?

La voz a su espalda a surgido en el momento en que suponía que iba a pasar. Sabe que su comportamiento puede empezar a parecer extraño, pero solo tiene fuerza para ladear la cabeza ligeramente a modo de negación, para lograr aunque solo sean unos pocos instantes más hasta que se le pase toda esa sensación.

Si al menos no le hubiese empezado a doler tanto la cabeza mientras miraba por la ventana, creía que podría haber controlado ya el temblor de sus manos y el pensamiento que lo ha originado.

Ahora, en ese instante, cuando el eco de la pregunta ha dejado de rebotar en las paredes vacías, es cuando se cree desfallecer. No puede controlar el pensar, el temblar, el dolor y las preguntas, todo al mismo tiempo.

El hombre piensa en tirar, en arrojar, contra el suelo lo que tiene sujeto con cuidado entre las mano. Un niño, su hijo recién nacido. Él mismo ha sucumbido al error minutos antes. Cree que no ha pensado en arrojar, sino en dejar caer. Soltar y permitir que la gravedad termine el trabajo. Una sensación parecida a la que se tiene al asomarse desde un balcón a mucha altura. La idéntica sensación la podría tener si la ventana a través de la que mira se pudiese abrir y mirar en picado desde ella. Hay cierta atracción en ese acto, asomar la cabeza y también parte del torso hasta notar que empieza a ceder hacia abajo, aguantar unos segundos la necesidad de dejarse vencer, de dejarse caer; y luego recuperar el control y respirar de nuevo. Pero no se deja engañar, no es eso lo que siente respecto al peso que hace ceder sus manos. Lo que él siente, lo que de verdad necesitaría para aliviar su propio pesar no sería dejar caer: sería arrojar, tirar, precipitar voluntariamente, aumentar con su gesto la velocidad y la fuerza de aproximación contra el suelo brillante (e indudablemente duro) en el que están apoyados sus pies.

Quizás lo que quiera sea romper, chafar el nuevo peso que sostiene. Ahora lo noto como una carga, se dice. Porque hasta ese momento todo le había parecido bueno y positivo. El nerviosismo y la incertidumbre siempre habían estado presentes desde que ella le había comunicado que se había quedado en estado. El niño era ansiado y deseado, y todo el embarazo y todos los preparativos habían sido algo con lo que ambos habían disfrutado independientemente del nerviosismo. Nunca hasta que toda la tensión se hubo disipado con el parto había pensado en lo que había de venir como una carga. Ni mucho menos como algo de lo que desentenderse. Ni mucho menos como algo que chafar, como desafortunadamente no paraba de pensar.

Eso era cierto. Desde el momento en que había acogido por primera vez el pequeño cuerpo tuvo el deseo de dejarlo caer, según interpretó en un primer momento, para después ser consciente de que, lo que en realidad ansiaba era tirarlo responsablemente contra el suelo. La palabra arrojar le retumba sordamente, pero él hace todo lo posible para convencerse de que no es aso, es un verbo demasiado grave, demasiado gráfico y nítido.

Siente frío al saberse inevitablemente poseído por ese pensamiento. No un frío procedente de la cercanía del vidrio que lo aísla del exterior o de las paredes de hormigón bruto e inmaculada pintura del edificio. Siente un frío que sale de los huesos, del interior, un frío de cuerpo muerto. No tiene nada que ver con la desangelada habitación.

Un fluorescente apagado que convendría encender ya, las paredes lisas y sin un mínimo desconchón, la puerta que todavía huele a madera y barniz, la cama de metal esmaltado, la mesilla de algún material sintético blanco y brillante, la cuna de metacrilato o de plástico transparente. Nada más, ni siquiera la inevitable pantalla de televisión. Hace unos minutos la enfermera hizo una broma. Estaba verificando el funcionamiento de la válvula de oxígeno que estaba discretamente integrada en un panel y, sonriendo, dijo que un poco menos que se hubiesen molestado con las obras y no hubiesen colocado ni las camas. El  hospital era nuevo, lo acababan de inaugurar hacía pocas semanas. Todo era nuevo pero también precario. Exactamente al contrario de lo que sucede en los lugares que llevan siendo utilizados desde hace mucho tiempo. Las cosas pueden no parecer lustrosas, pero todo funciona y cumple su cometido mejor o peor, dado esto por las miles de manos que han manipulado los interruptores o por los cientos de cuerpos que han transitado por las habitaciones.

En la que él estaba con su hijo, mirando por la ventana, es muy acentuada esa falta de cotidianidad humana. Pero esta no es suficiente para explicar el frío que siente al evitar el desagradable revoloteo del verbo arrojar.

Qué tipo de padres soy, se pregunta, se atormenta. No esperaba sentirse como se siente, ni desear lo que desea. Le repugnaría en cualquier otra persona, casi hasta el vómito; pero él ahora se siente conmocionado. El verbo denso como una amenaza y el temblor tan intenso que teme que pueda notarse.

Soy tan repugnante. El pensamiento le atraviesa la mente cuando estaba a punto de darse la vuelta. La frase es la forma más convencional de vestir la imagen con palabras, aunque de cualquier forma expresa esa nube pasajera que le hace dudar y permanecer inmóvil. Él no se considera mala persona, nunca ha tenido un comportamiento que se pueda definir de violento. Peleas infantiles de patio de colegio es todo lo que se puede decir a ese respecto sobre el hombre. Ni siquiera cierra de un portazo cuando sale enfadado de su casa. Sabe que el sentimiento que padece es algo muy diferente al acto violento en si, tiene otra motivación, otro origen, aunque la forma en que se ha materializado le preocupa y asusta mucho. Y en ese miedo se refugia y se debate. A un ser inequívocamente malo no le produciría temor lo que pretenda o desee realizar.

El razonamiento le alivia tan solo el tiempo que tarda en perderse en su memoria, que no es mucho, porque hay algo inevitable que lo acompaña y de lo que sabe que no escapará con argucias. Un mal deseo no hace malo a un hombre, pero un mal deseo hace detestable al progenitor de un recién nacido. ¿Qué tipo de cosa se le había atravesado?

Considera que la duda es buena. El primer paso para enmendar algo es saber de su existencia y el dudar le acerca a la mitad de ese conocimiento. Nota la presencia de ella, de la madre, de la parturienta, cada vez más intensa. Ahora tiene los ojos cerrados, muy prietos, para contener del todo el deseo, que ya es casi necesidad desesperada de arrojar contra el suelo el cuerpo que sujeta, y se imagina o visualiza la habitación en la que está pero visto desde fuera. Del modo en que la vería a través de una cámara de vigilancia o como si pudiese abandonar su cuerpo.

Eso sí que le gustaría, abandonar  la habitación, casi a oscuras ya. Todas las superficies tienen un tono grisáceo que les da una apariencia aséptica, neutra, como si fueran prototipos o espectros tal vez. Tumbada dentro de la cama gris, cubierta con una sábana gris y vestida con un camisón hospitalario también gris está ella. Le ha reclamado por dos veces que le devuelva a su hijo, al que ya hecha en falta después de esos escasos instantes, porque durante nueve meses lo ha tenido dentro. No lo extraña en realidad, lo que sí le gustaría es que él se alejase de una vez de la ventana y se sentase junto a ella en la cama, que mantuviese a la criatura entre sus brazos si quería, pero que al menos pudieran estar un rato los tres juntos, como desea que pase durante los próximos años. Solo había un asomo de inquietud en su voz, no está preocupada, pero cierto instinto ha hecho que alargue  los brazos hacía la ventana y quien la contempla, en un gesto más bien infantil, pues ni aunque sus brazos le crecieran súbitamente hasta triplicar su longitud tampoco quedarían lo suficiente cerca como para retornar la criatura a su regazo.

Él sabe sin girarse que los dos brazos de ella le apuntan, le amenazan. O no lo hacen, pero sí que le asustan y sabe que es inminente, que no podrá soportar más. Imagina, es verdad, aunque también sabe que si los dos brazos de la nueva madre no se retraen va a arrojar, a tirar contra el suelo al niño.

No quiere que eso suceda. No lo quiere porque no se imagina seguir viviendo lo mucho o lo poco que le quede de vida dentro de la piel de semejante hijo de puta.

Piensa: si abro los ojos veré lo que hay al otro lado de la ventana y tendré que tirarlo. Si dejo de esforzarme en alejar ese pensamiento de la cabeza tendré que tirarlo y si no dejo de controlarme me estallará la cabeza y lo tiraré. Si sigo notando en la nuca que me mira y que extiende sus brazos hacia mi tendré que tirarlo. Y si dice algo, por el amor de dios, sí me dice algo entonces sí…

-Ven conmigo.

Ha oído su voz perfectamente. El sonido le ha llegado cortante a los oídos, igual que una piedra que cruza el aire limpiamente rompiendo un cristal en su trayecto, y cree que lo va hacer. No lo cree, lo sabe, lo ve, o cuando menos lo imagina. Eleva los brazos unos centímetros hasta colocar el bulto a la altura de sus hombros. El olor a piel de recién nacido le golpea en la nariz como una bocanada de metano o de azufre. Con ese movimiento ya ha adquirido la inercia suficiente, ya solo tiene que acompañar la caída para aumentar la aceleración, rematándola con un ligero giro de muñeca. El niño se estampará contra el frío suelo gris. Quizás no muera, pero después de hacer algo así no es un detalle que le importe mucho.

Su mano derecha se queda helada. Eso me exime, se dice, podré alegar ante el juez que los brazos se me durmieron y después ya podré ahorcarme en mi celda.

No es un pensamiento propio, ni mucho menos habitual, en él. Pero no se encuentra bien. Tiembla visiblemente, y si no fuera por la falta de luz su temblor sería perceptible desde un par de metros, lo mismo que los labios contraídos y torcidos y el sudor de la frente que le va a gotear por la punta de la nariz de un momento a otro. Podría estar sufriendo un colapso o un ataque de pánico, de hecho habría caído él mismo al suelo de no ser por esa palma fría de su mujer que cubrió la suya mientras lo abrazaba por la espalda.

-¿Qué es lo que miras?

La pregunta, el contacto de su piel suave y fría, que reconoce sin duda aunque haya tardado un poco más de lo habitual, el calor del aliento de ella por debajo de su nuca y su olor. Ese olor inequívocamente suyo y del que hay un eco claro en la piel del niño que ahora gime suavemente, como a cámara lenta, le ha devuelto la cordura y el contacto con la realidad, y también ha hecho esfumarse el deseo. Ese deseo que quiere alejar del todo de si.

La madre le sustrae el recién nacido con la ingenuidad de la primeriza para aliviarle de su primer malestar. El padre se queda aun un poco con los brazos en la misma posición hueca. No la responde ni la mira, solo se dice una y otra vez que no ha pasado nada, no ha pasado nada, no ha pasado nada.

Una mujer, si es sabia, puede entender la naturaleza de una forma mucho más íntima que un hombre. No solo está a merced de la luna en sus menstruaciones y partos. Puede ser que la propia fémina no conozca que tiene esa intuición, aunque a veces hay evidencias, hechos con los que demuestra que sabe sin saber. El hombre tiene claro que si no ha pasado nada, nada, nada, ha sido gracias a ella. No que ella se haya dado cuenta de que pensaba, de que iba a … sino que ha leído en su cuerpo y en sus silencios sin saber lo que leía y lo evitó. Llegó justo a tiempo, se dice. Un segundo más, si hubiese tardado un segundo más, yo lo habría hecho.

La mujer ha mirado por la ventana sin descubrir lo que tanto le interesaba a su marido y a continuación se ha metido otra vez en la cama porque sentía frío, sobre todo en las manos y no quería enfriar al pequeño. El hombre ha salido de la habitación para tomar un café o utilizando otra excusa con la que disponer de un tiempo a solas en el que controlar unas piernas que todavía siente demasiado inestables. No se despide al salir, enciende la luz, que ya es imprescindible, sin alzar la mirada del suelo.

Al cabo de unos minutos la mujer siente necesidad de orinar. La cuna no le queda cerca y los dolores del parto la hacen moverse con dificultad. No puede levantarse sola de la cama sujetando al niño al mismo tiempo. Entonces lo piensa, o lo desea solamente, arrojar al niño al otro lado de la habitación; no solo soltarlo despreocupadamente sobre el colchón e ir a mear, no. se imagina tirándolo contra la pared, para después caer sordo sobre el suelo.

Extiende un brazo indecisa y torpe mientras con el codo intenta sujetar la cabeza del niño y aprieta el interruptor para que venga una enfermera a ayudarla.

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