Nacho Vegas: “La búsqueda del equilibrio siempre está abocada al fracaso”

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Por Miguel Barrero

Es difícil dar con Nacho Vegas (Gijón, 1974), sobre todo cada vez que saca disco y empieza a someterse a las (casi siempre) tediosas entrevistas de promoción y a la rocambolesca rutina de los conciertos. Sin embargo, hay que decir en su descargo que siempre está dispuesto a contestar cualquier pregunta, por ardua o simplona que resulta, y que nunca pone peros a las entrevistas (y sé de la que hablo: ésta debe de ser la séptima o la octava que me concede). Así, aprovechando el lanzamiento de su último elepé, La zona sucia (Marxophone), el arranque de la gira y unos pocos días de descanso que ha tenido a bien tomarse en su ciudad natal, quedamos para diseccionar su trabajo más reciente al calor de unas cervezas. Éste es el resultado:

Supongo que estás cansado de que te pidan que hagas balance de tu carrera  ahora que se cumple una década desde que empezaste a grabar en solitario.  Sin embargo, quería remontarme a una entrevista que te hice hace un par de  años y en la que me decías que no interpretabas los discos como obras  conceptuales, sino como simples reflejos de unos momentos muy concretos de  tu vida o de tu trayectoria. Si ahora repasas tus discos (y hablo tanto de  los elepés o los epés como de las colaboraciones), ¿notas que se haya  quedado algún Nacho Vegas sin ver la luz? ¿Crees que tu discografía se acopla bien a lo que ha sido tu trayectoria vital en esta década?
Los discos han sido para mí un medio, un medio maravilloso, pero no un fin. Es la canción la que es principio y fin en sí misma, por eso contemplo mis discos como colecciones de canciones, como el equivalente en la vida a un álbum de fotos. Bueno, cuando existían y la gente no podía guardar dos mil fotos en su móvil. La intención de mis álbumes no es registrar mi vida entera, eso no tiene ningún interés para nadie, pero dan testimonio de mis obsesiones, inquietudes, maneras de mirar el mundo y de cómo todo esto ha ido variando con el tiempo. Tampoco tiene tanto interés. Como digo, mi vida es bastante ridícula, pero lo es también cualquier cosa a la que uno quiera llamar carrera musical.

Creo que La zona sucia es el disco más redondo de tu carrera. Hay  pesimismo, ironía, luminosidad, cinismo… Rasgos que en tus discos  anteriores se habían ido dosificando. Tengo la impresión de que en este  álbum has alcanzado el equilibrio.
Me gusta que digas eso porque empezaba a cansarme de que me dijeran que es mi disco más luminoso y punto. Para mí esos contrastes, esos claroscuros, son imprescindibles. Uno no puede ser pesimista todo el tiempo, y desde luego no parece muy sensato ser optimista hoy en día. Y sí, se trata de encontrar cierto equilibrio dentro de ese caos de contradicciones, una tarea por otro lado abocada al fracaso desde el principio.

«Cuando te canses de mí», la canción que abre el disco, me parece la única canción de amor canónica de tu repertorio, al margen de «(Al final) Yo te estaré esperando».
Es curioso que digas eso, yo no lo veo así. Creo que mis únicas canciones de amor canónicas son la que mencionas y tal vez «Brujita», aunque en ese caso se debe a ese verso tan bonito de Ángel Guache que yo no hubiera sido capaz de escribir en doce vidas: «sin ti está mal hecho el mundo». «Cuando te canses de mí» habla del miedo al fracaso, a la decepción del otro, al riesgo de pensar demasiado en uno mismo y olvidarse de todo, hasta del amor. En última instancia habla del miedo a convertirme en un individualista estúpido y dañino.

De todas formas, esa canción constituye un entrante para «La gran broma  final», que en mi opinión es la canción que realmente abre el disco, la que  le da el tono que sólo abandonará en el último corte.
Sí, en el segundo tema esa decepción se consuma, por eso quería que fueran consecutivas en el disco. «La gran broma final» es una canción en mi opinión muy amarga, pero precisamente por eso la canción queda abierta, es como si al final dejara un poso de incierta esperanza, aunque esperanza al fin y al cabo.

Hay quien define «La gran broma final» como un clásico instantáneo dentro de tu repertorio, a la manera de «Dry Martini S. A.» o «El hombre que casi  conoció a Michi Panero». ¿En qué momento percibes que una de tus canciones llega a alcanzar esas cotas?
Sólo cuando recibo la respuesta del público; de hecho, no decidí que fuera el single hasta el último momento, dudé mucho. Las canciones siempre ocupan mucho espacio en mi cabeza y se solapan unas con otras, siempre son algo obsesivo en alguna medida y eso me impide pensar, por fortuna, en cuál le va a gustar más a la gente o cuál le va a gustar menos.

En «Incendios» vuelves sobre el mismo tema para introducir una variante que  me recuerda una frase que escribió Javier Marías y que venía a decir que en cualquier relación siempre pesa la sombra de los amantes pasados, por muy  desaparecidos que estén.
Sí, una relación intensa marca tu vida, del mismo modo que lo puede hacer un sitio en el que hayas vivido durante años o un trabajo que te haya costado esfuerzo y tiempo. En el fondo todo son relaciones, con el entorno, con los que te rodean, con el mundo. Las relaciones son más importantes que el individuo, insisto. Al menos si uno no quiere
ser un desgraciado toda su vida.

Es inevitable que estas dos canciones de las que hablamos se interpreten o se glosen en función de ciertas facetas de tu vida que han salido a la luz  pública. ¿Qué te parecen esas intromisiones en tu privacidad que hace que  muchos seguidores acaben husmeando entre las líneas de tus letras a ver qué  encuentran?
Todo eso me da muchísima pena; ya han pasado mis quince minutos de gloria y ni siquiera he podido disfrutarlos. Me temo que ya no me volverán a sacar en el Cuore, aunque siempre nos quedará el Rolling Stone, que cada vez se parece más.

Me gusta mucho «Reloj sin manecillas». Posiblemente esa canción resuma,  mejor que ninguna otra del disco, ese equilibrio del que te hablaba antes.
Sí, es lo que te decía antes. El otro día me preguntaban «¿cómo has sido capaz de escribir una canción tan positiva?», y sin embargo yo creo que son las estrofas más desoladoras que he escrito en este disco. Pero son necesarias para llegar al estribillo, que es el que aporta luz, aunque una luz atenuada, diría yo. Habla del deseo esperanzado, pero siempre recuerdo una ocasión en la que Ramón Lluís Bande me dijo que no creía en la esperanza como un sentimiento solamente positivo, porque quien espera algo siempre está falto de ello.

Me interesa la génesis y la construcción de «Taberneros», el modo en que tomaste una pieza tradicional del cancionero asturiano y la hiciste girar  sobre sí misma para adaptarla a tus propias necesidades.
Surgió tras escuchar «Vinu traidor», un tema tradicional recogido en La Borbolla, en el disco del grupo Dulcamara [hoy rebautizado como Herbamora]. Me encantó y quise adaptarla para Lucas 15, pero pronto me vi reescribiendo la letra, aunque dejando intactas algunas cosas del original, y cambiándole el ritmo y parte de la armonía. Completé la canción con otros versos que yo creí tradicionales (aunque ahora sé que pertenecen al poeta Martín López-Vega, espero que me lo disculpe) y con versos de mi propia cosecha. Aunque su apariencia es sencilla, tardé meses en dar con las estrofas necesarias. El resultado fue un collage del que surge, paradójicamente, la canción más personal del disco. Los coros de Pauline en la Playa también contribuyen a que sea una de mis favoritas.

«Perplejidad», que ya era una vieja conocida del público de tus conciertos,  quizás sea la más evocadora del disco, la que más facilidad muestra para sugerir imágenes a partir de ese territorio devastado que hay que  reconstruir.
Esa idea está presente en todo el disco, sí: incendios que se apagan y se vuelven a encender, torres que se desmoronan, casas que vuelan con el huracán… No me di cuenta hasta que escuché las canciones juntas, pero podría ser mi disco de catástrofes. Todo nace en realidad en el momento en que se te queda esa cara de idiota porque te das cuenta de que algo que creías sólido en realidad se muestra muy frágil y se viene abajo. Pero como te decía antes, canciones como ésta o «La gran broma final» son canciones abiertas, su continuación sería el momento en que hay que volver a reconstruirlo todo. Los temas no se regocijan en la devastación, resisten a ella.

En «La comedia humana» retomas tu gusto por las parábolas. En ese sentido, creo que es la pieza más literaria de La zona sucia.
De hecho es un título tomado de una novela de William Saroyan, y contiene alguna frase del libro. Es una canción, como se dice aquí [en Asturias], muy señardosa, de una añoranza dolorosa y con un sonido bastante oscuro. Pero como en otras, la necesidad de aferrarse a algo, aunque solo sea algo tan débil como un recuerdo o una proyección, se impone. Siempre hay una luz, como cantaban los Smiths. Dios mío, esto me ha sonado de un sensiblero espantoso…

No te preocupes…. Sigamos. «Lo que comen las brujas» es una canción bastante singular. Por momentos me recuerda las estructuras clásicas de los cancioneros tradicionales y otras  veces me parece una canción infantil. Encuentro, además, un regreso a esa  autoparodia que en la que incurrías con tanta gracia en «El hombre que casi conoció a Michi Panero».
Quería tratarla como una canción infantil, si, pero con ese tono perverso que tienen tantos cuentos infantiles, que cuando lees de adulto te asombras de la crueldad que destilan. La idea de la infancia también está presente en este disco, relacionada con la idea de pérdida irreparable.

«Cosas que no hay que contar» y «El mercado de Sonora» son los temas más oscuros del disco. En la primera, el silencio o la mentira se presentan como las únicas vías que a veces nos quedan para salvarnos. La segunda es una especie de antiguía turística.
Sí, a mí me remite a esa especie de mapa sonoro fingido que era «La plaza de La Soledá». «El mercado de Sonora» es un tema que mucha gente detesta, pero por alguna razón yo quería que cerrara el álbum independientemente del tono del resto de las canciones. Al final resulta muy singular en el contexto, pero por eso está bien que cierre. Lo que quería era que la sensación final fuera en algún modo inquietante. Ahora me doy cuenta de que para algunos ha sido más bien irritante, lo cual tampoco está mal. Respecto a «Cosas que no hay que contar», no creo que los silencios o los secretos sean una forma de salvación, pero sí son fundamentales en nuestras vidas, para bien o
para mal.

Tras la disolución de Las Esferas Invisibles, muchos se preguntaron cómo reestructuraría Nacho Vegas su propia banda. En La Zona Sucia se nota ya un pleno acoplamiento entre todos los integrantes. De hecho, da la impresión de que ellos jugaron un papel muy activo a la hora de dar forma definitiva a las canciones.
Ha sido así siempre con todos los músicos con los que he tocado. Siempre son mejores músicos que yo mismo, así que aprovecho para aprender de ellos. Cuando escribo las canciones estoy solo, pero a partir de ahí empieza un trabajo que es de colaboración, en el que intentamos dejar que las canciones manden sobre cualquiera de nosotros

Llevas ya un mes inmerso en la gira. ¿De qué manera están modificando los directos, si es que lo hacen, tu visión del disco?
Sigo sin saber muy bien por qué he hecho este disco y no otro.

Más información:

Nacho Vegas

Puedes escuchar su nuevo disco “La zona sucia” y toda su discografía en Spotify.

Es difícil dar con Nacho Vegas (Gijón, 1974), sobre todo cada vez que saca disco y empieza a someterse a las (casi siempre) tediosas entrevistas de promoción y a la rocambolesca rutina de los conciertos. Sin embargo, hay que decir en su descargo que siempre está dispuesto a contestar cualquier pregunta, por ardua o simplona que resulta, y que nunca pone peros a las entrevistas (y sé de la que hablo: ésta debe de ser la séptima o la octava que me concede). Así, aprovechando el lanzamiento de su último elepé, La zona sucia (Marxophone), el arranque de la gira y unos pocos días de descanso que ha tenido a bien tomarse en su ciudad natal, quedamos para diseccionar su trabajo más reciente al calor de unas cervezas. Éste es el resultado:

Supongo que estás cansado de que te pidan que hagas balance de tu carrera ahora que se cumple una década desde que empezaste a grabar en solitario. Sin embargo, quería remontarme a una entrevista que te hice hace un par de años y en la que me decías que no interpretabas los discos como obras conceptuales, sino como simples reflejos de unos momentos muy concretos de tu vida o de tu trayectoria. Si ahora repasas tus discos (y hablo tanto de los elepés o los epés como de las colaboraciones), ¿notas que se haya quedado algún Nacho Vegas sin ver la luz? ¿Crees que tu discografía se acopla bien a lo que ha sido tu trayectoria vital en esta década?

Los discos han sido para mí un medio, un medio maravilloso, pero no un fin. Es la canción la que es principio y fin en sí misma, por eso contemplo mis discos como colecciones de canciones, como el equivalente en la vida a un álbum de fotos. Bueno, cuando existían y la gente no podía guardar dos mil fotos en su móvil. La intención de mis álbumes no es registrar mi vida entera, eso no tiene ningún interés para nadie, pero dan testimonio de mis obsesiones, inquietudes, maneras de mirar el mundo y de cómo todo esto ha ido variando con el tiempo. Tampoco tiene tanto interés. Como digo, mi vida es bastante ridícula, pero lo es también cualquier cosa a la que uno quiera llamar carrera musical.


Creo que La zona sucia es el disco más redondo de tu carrera. Hay pesimismo, ironía, luminosidad, cinismo… Rasgos que en tus discos anteriores se habían ido dosificando. Tengo la impresión de que en este álbum has alcanzado el equilibrio.

Me gusta que digas eso porque empezaba a cansarme de que me dijeran que es mi disco más luminoso y punto. Para mí esos contrastes, esos claroscuros, son imprescindibles. Uno no puede ser pesimista todo el tiempo, y desde luego no parece muy sensato ser optimista hoy en día. Y sí, se trata de encontrar cierto equilibrio dentro de ese caos de
contradicciones, una tarea por otro lado abocada al fracaso desde el principio.


«Cuando te canses de mí», la canción que abre el disco, me parece la única canción de amor canónica de tu repertorio, al margen de «(Al final) Yo te estaré esperando».

Es curioso que digas eso, yo no lo veo así. Creo que mis únicas canciones de amor canónicas son la que mencionas y tal vez «Brujita», aunque en ese caso se debe a ese verso tan bonito de Ángel Guache que yo no hubiera sido capaz de escribir en doce vidas: «sin ti está mal hecho el mundo». «Cuando te canses de mí» habla del miedo al fracaso, a la decepción del otro, al riesgo de pensar demasiado en uno mismo y olvidarse de todo, hasta del amor. En última instancia habla del miedo a convertirme en un individualista estúpido y dañino.


De todas formas, esa canción constituye un entrante para «La gran broma final», que en mi opinión es la canción que realmente abre el disco, la que le da el tono que sólo abandonará en el último corte.

Sí, en el segundo tema esa decepción se consuma, por eso quería que fueran consecutivas en el disco. «La gran broma final» es una canción en mi opinión muy amarga, pero precisamente por eso la canción queda abierta, es como si al final dejara un poso de incierta esperanza, aunque esperanza al fin y al cabo.


Hay quien define «La gran broma final» como un clásico instantáneo dentro de tu repertorio, a la manera de «Dry Martini S. A.» o «El hombre que casi conoció a Michi Panero». ¿En qué momento percibes que una de tus canciones llega a alcanzar esas cotas?

Sólo cuando recibo la respuesta del público; de hecho, no decidí que fuera el single hasta el último momento, dudé mucho. Las canciones siempre ocupan mucho espacio en mi cabeza y se solapan unas con otras, siempre son algo obsesivo en alguna medida y eso me impide pensar, por fortuna, en cuál le va a gustar más a la gente o cuál le va a gustar menos.


En «Incendios» vuelves sobre el mismo tema para introducir una variante que me recuerda una frase que escribió Javier Marías y que venía a decir que en cualquier relación siempre pesa la sombra de los amantes pasados, por muy desaparecidos que estén.

Sí, una relación intensa marca tu vida, del mismo modo que lo puede hacer un sitio en el que hayas vivido durante años o un trabajo que te haya costado esfuerzo y tiempo. En el fondo todo son relaciones, con el entorno, con los que te rodean, con el mundo. Las relaciones son más importantes que el individuo, insisto. Al menos si uno no quiere
ser un desgraciado toda su vida.


Es inevitable que estas dos canciones de las que hablamos se interpreten o se glosen en función de ciertas facetas de tu vida que han salido a la luz pública. ¿Qué te parecen esas intromisiones en tu privacidad que hace que muchos seguidores acaben husmeando entre las líneas de tus letras a ver qué encuentran?

Todo eso me da muchísima pena; ya han pasado mis quince minutos de gloria y ni siquiera he podido disfrutarlos. Me temo que ya no me volverán a sacar en el Cuore, aunque siempre nos quedará el Rolling Stone, que cada vez se parece más.


Me gusta mucho «Reloj sin manecillas». Posiblemente esa canción resuma, mejor que ninguna otra del disco, ese equilibrio del que te hablaba antes.

Sí, es lo que te decía antes. El otro día me preguntaban «¿cómo has sido capaz de escribir una canción tan positiva?», y sin embargo yo creo que son las estrofas más desoladoras que he escrito en este disco. Pero son necesarias para llegar al estribillo, que es el que aporta luz, aunque una luz atenuada, diría yo. Habla del deseo esperanzado, pero siempre recuerdo una ocasión en la que Ramón Lluís Bande me dijo que no creía en la esperanza como un sentimiento solamente positivo, porque quien espera algo siempre está falto de ello.


Me interesa la génesis y la construcción de «Taberneros», el modo en qu tomaste una pieza tradicional del cancionero asturiano y la hiciste girar sobre sí misma para adaptarla a tus propias necesidades.

Surgió tras escuchar «Vinu traidor», un tema tradicional recogido en La Borbolla, en el disco del grupo Dulcamara [hoy rebautizado como Herbamora]. Me encantó y quise adaptarla para Lucas 15, pero pronto me vi reescribiendo la letra, aunque dejando intactas algunas cosas del original, y cambiándole el ritmo y parte de la armonía. Completé la canción con otros versos que yo creí tradicionales (aunque ahora sé que pertenecen al poeta Martín López-Vega, espero que me lo disculpe) y con versos de mi propia cosecha. Aunque su apariencia es sencilla, tardé meses en dar con las estrofas necesarias. El resultado fue un collage del que surge, paradójicamente, la canción más personal del disco. Los coros de Pauline en la Playa también contribuyen a que sea una de mis favoritas.


«Perplejidad», que ya era una vieja conocida del público de tus conciertos, quizás sea la más evocadora del disco, la que más facilidad muestra para sugerir imágenes a partir de ese territorio devastado que hay que reconstruir.

Esa idea está presente en todo el disco, sí: incendios que se apagan y se vuelven a encender, torres que se desmoronan, casas que vuelan con el huracán… No me di cuenta hasta que escuché las canciones juntas, pero podría ser mi disco de catástrofes. Todo nace en realidad en el momento en que se te queda esa cara de idiota porque te das cuenta de que algo que creías sólido en realidad se muestra muy frágil y se viene abajo. Pero como te decía antes, canciones como ésta o «La gran broma final» son canciones abiertas, su continuación sería el momento en que hay que volver a reconstruirlo todo. Los temas no se regocijan en la devastación, resisten a ella.


En «La comedia humana» retomas tu gusto por las parábolas. En ese sentido, creo que es la pieza más literaria de La zona sucia.

De hecho es un título tomado de una novela de William Saroyan, y contiene alguna frase del libro. Es una canción, como se dice aquí [en Asturias], muy señardosa, de una añoranza dolorosa y con un sonido bastante oscuro. Pero como en otras, la necesidad de aferrarse a algo, aunque solo sea algo tan débil como un recuerdo o una proyección, se impone. Siempre hay una luz, como cantaban los Smiths. Dios mío, esto me ha sonado de un sensiblero espantoso…


No te preocupes…. Sigamos. «Lo que comen las brujas» es una canción bastante singular. Por momentos me recuerda las estructuras clásicas de los cancioneros tradicionales y otras veces me parece una canción infantil. Encuentro, además, un regreso a esa autoparodia que en la que incurrías con tanta gracia en «El hombre que casi conoció a Michi Panero».

Quería tratarla como una canción infantil, si, pero con ese tono perverso que tienen tantos cuentos infantiles, que cuando lees de adulto te asombras de la crueldad que destilan. La idea de la infancia también está presente en este disco, relacionada con la idea de pérdida irreparable.


«Cosas que no hay que contar» y «El mercado de Sonora» son los temas más oscuros del disco. En la primera, el silencio o la mentira se presentan como las únicas vías que a veces nos quedan para salvarnos. La segunda es una especie de antiguía turística.

Sí, a mí me remite a esa especie de mapa sonoro fingido que era «La plaza de La Soledá». «El mercado de Sonora» es un tema que mucha gente detesta, pero por alguna razón yo quería que cerrara el álbum independientemente del tono del resto de las canciones. Al final resulta muy singular en el contexto, pero por eso está bien que
cierre. Lo que quería era que la sensación final fuera en algún modo inquietante. Ahora me doy cuenta de que para algunos ha sido más bien irritante, lo cual tampoco está mal. Respecto a «Cosas que no hay que contar», no creo que los silencios o los secretos sean una forma de salvación, pero sí son fundamentales en nuestras vidas, para bien o
para mal.


Tras la disolución de Las Esferas Invisibles, muchos se preguntaron cómo
reestructuraría Nacho Vegas su propia banda. En La Zona Sucia se nota ya
un pleno acoplamiento entre todos los integrantes. De hecho, da la impresión
de que ellos jugaron un papel muy activo a la hora de dar forma definitiva a
las canciones.

Ha sido así siempre con todos los músicos con los que he tocado. Siempre son mejores músicos que yo mismo, así que aprovecho para aprender de ellos. Cuando escribo las canciones estoy solo, pero a partir de ahí empieza un trabajo que es de colaboración, en el que intentamos dejar que las canciones manden sobre cualquiera de nosotros


Llevas ya un mes inmerso en la gira. ¿De qué manera están modificando los directos, si es que lo hacen, tu visión del disco?

Sigo sin saber muy bien por qué he hecho este disco y no otro.

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