La estética del francotirador

Por Guille Ortiz.

Diego deja la maleta sobre la cama y abre el libro por una página cualquiera. La 114, por ejemplo.  Relee:

“Cuando me encuentro de repente con el vídeo-clip de una canción ya pasada de moda pero más o menos reciente no puedo evitar pensar: ¿Era feliz la primera vez que lo vi?, ¿estaba enamorado?, ¿creía estar enamorado o al menos lo deseaba fervientemente? Ese vídeo… ¿me hacía bien o me hacía mal? Me refiero a… ¿me animaba y me hacía salir a la calle dispuesto a comerme el mundo o, al revés, me ponía delante de las narices todas las cosas que quería tener o sentir y de las que no me sentía capaz?, ¿lo vi antes de… o fue después, cuando ya…?

El grupo, la cantante, el solista… ¿me parecían más o menos felices que yo?, ¿eso me molestaba?, ¿me animaba a escribir relatos sobre la fama y su infelicidad inherente?, ¿soy ahora más feliz que entonces, más feliz que ellos, más feliz que cuando lo vea la próxima vez?

¿Alguna vez fui feliz, en definitiva? Creo que sí, pero… ¿cuál era mi banda sonora entonces?, ¿es verdad que la música sólo sirve para tapar la tristeza? En ese caso, ¿qué hacemos cuando la música nos pone tristes?”

Mete un par de camisas, no más. Sin percha ni historias. Llegarán arrugadas, pero alguien se encargará de plancharlas en el hotel . Abre la página 72: en el fondo le da un poco lo mismo.

“(…) La negativa a aceptar el mundo en ninguna de sus variantes. Vivir siempre en la pregunta “¿y si…?” y hacer de la respuesta la realidad, esto es, vivir “como si…”. Huir de las convenciones. No me gusta nada la gente que huye de las convenciones. Ayer lo pensaba en aquella de terraza de bar caro y clase alta: las convenciones son necesarias. Sin convenciones no hay sorpresas.

Hacer de la vida una continua sorpresa, una continua actuación, un continuo negar lo habitual para dirigirse a lo excéntrico resulta pesadísimo y muy previsible. Lo imprevisible es, precisamente, mezclar géneros. Sin aceptar las convenciones, resulta ridículo contemplar la idea de romperlas. Alguien que siempre anda en sentido contrario no es un despistado, es un kamikaze.

Es decir, los demás le importan lo justo.

Lo que cuenta es el mundo tal y como él lo ha concebido, como ha pensado que debería ser. Como “debería ser” y no como de hecho es. Alejarse de la realidad continuamente y obligar a los demás a compartir viaje. No, señores, hay algo que diferencia a un francotirador de un excéntrico, aunque sea algo estético.

El francotirador se limita a decirse: No soy como ellos. Ser especial consiste, de hecho, en no ser como ellos. Ni siquiera intentarlo.”

Se pregunta si hará falta que lleve unos pantalones de pinzas o si preferirán un rollo más informal, vaqueros y barba de cuatro días marca de la casa. Silvia pasea en bragas por la habitación y no pregunta nada, ni siquiera le mira. Diego cree que no sabe adónde va. ¿O se lo comentó en algún momento?

Se le está poniendo dura otra vez.

Vuelve a cerrar y abre. Página 24, de más a menos:

“Ah, no, pero yo no espero nada. Nada de nada. De ahí la ambigüedad, claro. Eso no quiere decir que me vaya a inmovilizar. Nunca. Pero no espero nada, ya digo. Así, en general.”

Silvia marca un número de teléfono y da unas direcciones y unas horas. Luego tapa el auricular con la mano, como si la otra persona no te fuera a oír solo porque pongas la mano en el auricular, hay veces que de verdad… y pregunta:

–          ¿Vas a estar aquí esta noche?

–          No, me voy a Fuerteventura, trabajo.

–          Genial- contesta, y sigue dando detalles, por si alguien se estuviera pensando perseguirla y no se acabara de convencer.

Diego mete la bolsa de baño en uno de los bolsillos exteriores. Desde que no le dejan ni meter colonia en la mochila sin facturarla antes su vida es un desastre.

Ese fue el momento, sí…

Página 212:

“Reducir: no esperar diez meses a lo que no puedes conseguir en diez horas. Olvidar todo lo que no pudiste conseguir en diez horas. Y lo que conseguiste. Afrontarlo de nuevo si vuelve a aparecer y darle tiempo.

Diez horas, exactamente.”

Mira el reloj. Son las dos de la tarde. ¿Quiere decir eso algo? Cree que no. Quizá no lo recuerde…

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