Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea

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Por Cecilia Frías.

Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea por Annabel Pitcher. Traducción de Lola Díez. Madrid, Siruela, col. “Nuevos Tiempos”, 2011. 16.95 euros.

“Papá no es perfecto, yo tampoco”. Muchos deben empeñar horas de diván para llegar a  semejante conclusión, pero Jamie Mathews, el protagonista de Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, la tendrá asumida después de  atravesar la peripecia de esta emotiva novela de iniciación, que encaja a la perfección dentro del género crossover. Con ella se estrena en la escritura de ficción Annabel Pitcher, una joven filóloga de Yorkshire que desde la primera página se mete en la piel de un chaval de diez años para abrirnos las puertas de su desestructurada vida, a golpe de humor y cercana sinceridad.

Asimilar que la familia se resquebraja tras la pérdida de una de sus hermanas en los atentados terroristas de Londres no es tarea sencilla, sin embargo mucho más difícil parece digerir que una madre abatida por la depresión los abandone un día sin previo aviso, o que papá conserve las cenizas de la desaparecida en una urna y las coloque en la repisa del salón, como si fuera un miembro más de la casa.

Jamie vive el cambio de ciudad anestesiado ante el dolor, pero cada uno debe mitigar su pena como buenamente puede: su hermana Jas compensando la falta de apetito con algunos piercings y tiñéndose el pelo de rosa, papá acumulando botellas de alcohol en la basura y Jamie, gracias a la compañía de su gato y de Sunya, la única amiga que consigue hacer en la nueva escuela.

Sin embargo, que nadie se lleve a engaño. A pesar de este adverso panorama, el lector no se enfrenta a una narración en clave de drama sino que se emociona con cada logro o tropiezo del protagonista, al que el humor jamás abandona (nos dolemos ante los comentarios hirientes de Daniel en el colegio tanto como disfrutamos de ese apoteósico gol que marca en el último minuto, y le devuelve una pizca de fe en sí mismo).

Otro asunto que subyace a lo largo de la novela es el racismo contra los musulmanes, más exacerbado aún en este ambiente de catolicismo conservador, que pone una vez más de manifiesto la visión reduccionista que se desató tras el 11 de septiembre en la que se identificaba musulmán con terrorista. El chico desmonta estas absurdas teorías de su propio padre al conocer a la familia de Sunya, y con suma gracia se asombra de que la madre no esconda ninguna bomba bajo el edredón del dormitorio.

Y es que a este muchacho pelirrojo que parece invisible ante su entorno, que se resiste a reconocer la deserción de su madre, que sueña con ser Spiderman… La cruda realidad se le impone a cada paso. Solo la especial camaradería entre los solitarios hermanos devuelve un punto de humanidad en este triste hogar y sirve de antídoto contra las continuas decepciones que le acontecen a diario. Con gran expresividad nos va transmitiendo sus distintos estados de ánimo gracias a un lenguaje sencillo que recurrentemente compara sus emociones con una sensación física: “la sangre me burbujeaba como una Coca-Cola” o “el corazón se le crecía en el pecho como un bizcocho”.

Pero un último e inesperado acontecimiento precipitará el despertar de estos aletargados personajes en su devenir cotidiano: Ni se puede aliviar el abandono a base de excusas, ni vivir en un duelo eterno dotando de sentido a unas cenizas que no son más que vestigios de algo que hace tiempo que se fue. Evidentemente, esta inusual familia no es perfecta, pero por fin comprenden que se tienen los unos a los otros, y con eso basta.

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