Lo único que de verdad posee todo gran hombre son sus rarezas

Por Graciela Rodríguez Alonso.

Foto: Robert Redford en El Gran Gatsby

Aunque el título de este libro maravillosamente ilustrado nos quiera hacer creer que se trata de un simple diccionario (para esnobs), no debemos hacer caso, pues lo que esconde es información valiosísima acerca de mentes privilegiadas, las mejores mentes de muchas generaciones. Escritores, poetas eléctricos futuristas sonoros, fotógrafos, inventores, guionistas de cine venidos a menos, periodistas (Vogue, Vanity Fair, corresponsales de Reuters como Ian Fleming), inteligentes vividores desconocidos para la gran mayoría, por estas páginas desfilan esos dandis extravagantes, macerados en alcohol pero enfundados en trajes de terciopelo con chaleco dorado (no en vano está dedicado a Jay Gatsby por sus colecciones de camisas lavanda, verde manzana y coral), hombres y mujeres que arrastran sus excéntricas vidas por los cinco continentes, capaces de vivir en una góndola o en el desierto, realquilados o en el castillo de la familia, aficionados unos a pasar temporadas en sótanos oscuros comprobando los efectos del peyote, y otros a instalarse  largas temporadas en el Ritz para descorchar botellas de Cristal Roederer, el champagne creado por el zar Alejandro II. La máxima de vida de Gabriel-Louis Pringué, autor de Treinta años cenando fuera y al que se describe como etnólogo de chaqué, flor en el ojal y  chaleco color champán (por supuesto), era que más le valía esforzarse en no dar golpe que empeñarse en trabajar. Y esta máxima es compartida por muchos de los que desfilan por estas páginas. Por ejemplo AJA Symons, primer biógrafo del barón Corvo, que eligió el siguiente epitafio: “Nadie tan pobre ha vivido nunca tan bien”.

Desde luego que entre los adorados por los esnobs se encuentran Ginsberg y su Aullido, Burroughs, Kerouac, las dos Carrington, Colette, Eliot, las Mitford, Bierce, Salinger, y los Bowles. Pero también muchas otras extrañas criaturas de los que yo no había oído hablar. Por ejemplo Nick Tosches, periodista autor de novelas negras, aficionado a los alcoholes y a los juegos de azahar, siempre enfundado en un traje ceñido de rayas blancas y cuya capacidad para remover cielo y tierra en busca de lo que desea me ha parecido más heroica que humana. ¿Y qué desea Tosches? Pues saber qué lugar es el mostrado por su salvapantallas favorito, Otoño. Lo ha dejado escrito y aquí dejo el link, muestra de cómo se las gastan estos “locos literarios”.

Además he conocido a von  Rezzori, quien dijo: “Me sueño, luego soy”; a Mathieu Messagier participante en el Manifiesto eléctrico con párpado de faldas; a Gómez-Dávila, quien pensaba que “la literatura no perece porque nadie escriba sino porque todo el mundo lo haga”; a Zo D’Axa (vivo mordiendo, en griego), al que se describe como “espléndido espécimen del anarco-dandismo”, y a muchos más que siguen escondidos entre estas páginas. Unos aún viven, otros se quitaron la vida antes de alcanzar la fama, pero no sin vestirse primero sus batas adamascadas. Como dijo Marcel Schwob, otro de los adorados, “lo único que de verdad posee todo gran hombre son sus rarezas”.

(Diccionario de literatura para esnobs, Fabrice Gaignault, Impedimenta, Madrid, 2011)

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