El periodista deportivo

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Por Miguel Barrero.

No aprendí gran cosa en la Facultad de Periodismo. En el terreno práctico, porque todos los ejercicios a los que tuve que enfrentarme tenían un anclaje mínimo (por no decir inexistente) en aquella realidad que constituía la materia prima de nuestro trabajo. En el ámbito teórico, porque la mayor parte del temario de aquellas asignaturas con las que tuve que convivir durante cuatro largos años se componía bien de perogrulleces a las que no valía la pena dedicar más de medio segundo o bien de latosas banalidades que me costó mucho aprender y nada olvidar. Sobra decir, a modo de ejemplo, que en la década que llevo ejerciendo jamás he tenido que volver sobre los apuntes de la carrera para refrescar un concepto o aclarar cualquier duda deontológica. A decir verdad, de mi estancia en aquellas aulas sólo me quedaron algunos axiomas que sí considero imprescindibles, pero que ya llevaba incorporados la primera vez que entré por la puerta de la Universidad.

Uno de ellos, el más importante, dice que un periodista no puede ser objetivo porque ya descubrimos hace muchos años que la objetividad (a la que tan de moda estuvo mentar) sólo puede existir cómo abstracción, pero que sí debe ser honesto con aquello que escribe o propaga. Otro, relacionado directamente con éste, asevera que un periodista no puede difundir una información de la que no esté suficientemente convencido y que, si lo que hace es poner un altavoz para las palabras de otros, debe especificar siempre que sus afirmaciones se fundamentan en el testimonio de unas fuentes que, llegado el caso y si las circunstancias son verdaderamente graves, pueden identificarse y responder por sí mismas.

Son dos principios que quedan muy bien siempre que se desglosan en las universidades o cada vez que un medio hace gala de su independencia al mencionarlos en el editorial, pero que –todos lo sabemos– no siempre se cumplen. Ocurre que, como en todo, parece que en el periodismo unos territorios son más propicios que otros a desentenderse de las reglas del juego y enfangar hasta límites casi pornográficos las reglas de un oficio que García Márquez (no creo que le tocase echar horas en muchas redacciones) definió una vez como el más hermoso del mundo.

Hace tiempo que el periodismo deportivo –sobre todo en su rama futbolística, la más seguida y comentada– se ha convertido en un campo de batalla en el que no hay normas ni respeto ni piedad hacia el contrario. Los periodistas del ramo (con excepciones tan honrosas como escasas y casi siempre desvinculadas de las publicaciones que se dedican en exclusiva al tema) ya no disimulan su deserción gremial y aprovechan cualquier resquicio para dar rienda suelta a un forofismo que les induce a calumniar o a sembrar cualquier sospecha si con ello consideran que hacen un favor al equipo al que apoyan, menospreciando en no pocas ocasiones no sólo al club rival, sino también a los que lo siguen o a las ciudades de las que toman sus nombres. Da la impresión de que, de un tiempo a esta parte, todo está permitido, y así la prensa –en vez de poner orden o señalar la inconveniencia de un comportamiento deleznable– jalea y amplifica la frustración de un entrenador que se queja de que sus jugadores descansan menos que los del contrario (una de las boutades más pintorescas que se han escuchado nunca en estos lances) o inventa conspiracones paranoicas para justificar un hecho tan simple, y tan avalado por la experiencia y la lógica, como que el equipo que mejor juega es el que suele ganar siempre, por no hablar de esas acusaciones de dopaje que llegan desde no sé sabe dónde y que perjudican por igual al club que las recibe (obligado a demostrar su inocencia, cuando todo el mundo sabe que eso casi siempre es imposible) como al que presuntamente las emite (obligado a desmentirse o a deshacer el equívoco o a abrir una crisis interna que le permita buscar culpables), así como, otra vez, al periodista que se hizo eco sin comprobar la fiabilidad de las fuentes y contribuyó a llenar aún más de estiércol esos terrenos de juego en los que los cuerpos ya están más sanos que las mentes. Lejos de imponer la cordura, de marcar un punto y aparte que abra una reflexión sosegada y lúcida y verosímil acerca de los excesos de un modelo que se ha deformado hasta el esperpento, quienes deberían dar ejemplo se enrocan en sus posiciones y se empecinan en dar pábulo a todo lo que coincida con sus intereses, por más que muchas veces pongan en tela de juicio su propia dignidad. Y lo hacen sin recato ni pudor, conscientes de que cuanto más alto rebuznen más resonancia alcanzarán en este parnaso de frivolidades en que se está convirtiendo el microcosmos de la comunicación. Sabedores de que la consigna del calumnia, que algo queda a menudo resulta implacable, y de que el convertirse en enemigos de los otros siempre les conllevará el erigirse en héroes de los suyos, se entregan a esa carrera desquiciada que les lleva a hacerse con el protagonismo de una causa para lo que nadie les ha llamado, olvidando que el buen periodismo, el único que debería considerarse como tal, es sólo aquél que se esfuerza en algo tan sencillo y tan difícil como acercarse a la verdad.

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Una respuesta a El periodista deportivo

  1. Estoy de acuerdo en algunos puntos. Es cierto que hay un cierto amarillismo en los periodistas deportivos, por este motivo creo que para que las nuevas generaciones de periodistas deportivos practiquen un periodismo de calidad es necesario una formación específica, un máster o un postgrado en periodismo deportivo. Para descubrir a servir a la verdad y para tener un estilo propio, que no sea todo igual.
    Simón

    curso periodismo deportivo
    7 mayo 2013 at 13:42 pm

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