Libertad y capitalismo: insert coin

 

Por Carlos Javier González Serrano.

 

Quien ha estado arriba en el monte que separa los dos reinos y ha mirado al otro lado, a la nueva tierra, a la morada de la Noche -en verdad, éste ya no regresa a la agitación del mundo, a la tierra en que anida la Luz en eterna inquietud.

Novalis, Himnos a la noche, IV

 

"Aline y Valcour" (1950) - Man Ray

Schopenhauer considera la existencia como un mal; una ley eterna la castiga con la muerte (recordamos aquel pasaje de Calderón en el que nos explica que el mayor delito del hombre es haber nacido). Para Schopenhauer, el temor a la muerte supone un hecho universal en el hombre, pero ¿de dónde proviene tal temor? Además, la mayoría de nosotros -explica el filósofo- preferimos vivir mal, incluso en condiciones pésimas, a no vivir. Pero para nuestro filósofo este deseo no puede fundarse en la vida misma, pues ésta se caracteriza por ser un dolor continuo. Así, leemos en el § 56 de El mundo como voluntad y representación: «se nos hacía patente cómo la voluntad en todos los grados de su fenómeno, desde el inferior al supremo, carece totalmente de un objetivo y fin último; siempre ansía porque el ansia es su única esencia, a la que ningún objetivo logrado pone fin y que por lo tanto no es susceptible de ninguna satisfacción finita sino que solamente puede ser reprimida, aunque en sí es infinita. […] [E]n esencia toda vida es sufrimiento». En definitiva, el “querer vivir” somos nosotros mismos, y esta fuerza que nos empuja a la vida es anterior a cualquier conocimiento. Por eso la muerte se nos presenta, en el plano empírico, como el mal supremo.

 

En el § 55 de El mundo como voluntad y representación Schopenhauer estudia el problema de la libertad: si la voluntad en sí es libre en su manifestación, ¿es también libre el hombre como fenómeno?: «que la voluntad en cuanto tal es libre se infiere ya de que, en nuestra opinión, es la cosa en sí, el contenido de todo fenómeno. Éste, en cambio, lo conocemos como sometido sin excepción al principio de razón», es decir, a la necesidad. Frente a otras filosofías que centran su ética en el bien supremo, Schopenhauer basa la suya en la idea del mal supremo: éste es el motor y el problema fundamental de toda filosofía, que no queda compensado por la existencia del bien. Así, el mal no puede explicarse como una realidad secundaria o derivada del bien, sino que constituye algo originario, inscrito en la raíz misma de la existencia. De tal modo que Schopenhauer presenta el espectáculo de una realidad satánica -frente al Dios bueno y omnipotente del teísmo. En una anotación de 1832, leemos que «el destino de dolor es propio de la existencia humana, pues ésta se halla profundamente inmersa en el sufrimiento y, sin poder escapar de él, el tránsito por este mundo y su salida de él resultan absolutamente trágicos». Sólo una perversidad radical, primigenia de la realidad podría explicar el desarrollo del espectáculo que es el mundo.

 

Por eso no se cansa de repetir Schopenhauer que siguiendo el curso de la naturaleza no podremos nunca liberarnos del sufrimiento que supone la vida, pues ésta se halla preñada de voluntad, del mal, que no hace más que poner una y otra vez en juego la maquinaria de la procreación -ardid que nos permite propagar la especie individuo tras individuo, a precio de ir transmitiendo de una generación a otra el error que perpetúa endémicamente el dolor.

 

 

"Gas" (1940) - Edward Hopper

Es aquí donde a mi juicio podemos encontrar la conexión con El Capital de Marx. Si leemos en el Tomo III del Libro I de tal obra “La teoría moderna de la colonización”, encontraremos una curiosa historia: la de un tal señor Peel que llevó consigo de Inglaterra a Nueva Holanda (actual Australia) unas 50.000 libras esterlinas, una ingente cantidad de maquinaria y más de 3.000 personas de clase obrera. Sin embargo, empaquetó todo menos las relaciones inglesas de producción que precisamente posibilitaban el establecimiento y desarrollo del capitalismo; el señor Peel transportó los elementos, pero no la estructura, se olvidó del “eidos Capital” (a este respecto recomiendo la lectura de las páginas 329 y siguientes de la obra de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, El orden de El Capital, publicada por Akal el pasado año, y cuya reseña puedes leer aquí). Un negro sólo se convierte en esclavo en el seno de ciertas relaciones de producción, de igual manera que una máquina de algodón sólo se convierte en capital bajo ciertas circunstancias.

 

Actualmente se nos plantea el problema de cómo salir de este juego al que todos jugamos sin querer al que llamamos capitalismo, y que quizás se haya convertido, al modo en que lo explica Schopenhauer, en la esencia de la realidad -al menos de la realidad del mundo occidental. Aquel mal radical que Schopenhauer nos presenta, siempre existente y al que no podemos hacer frente sino tras una renuncia absoluta del mundo, parece haber pasado de lo más primigenio -de la voluntad- a un ente de ficción (muy real, tanto como aquel personaje de Unamuno que en su novela Niebla se presenta en su propio despacho) que mediante el despliegue de las fuerzas económicas hemos ido creando, desde las multinacionales y sumisos Estados hasta los meros individuos que tenemos que resignarnos a postergar el propio capitalismo a fuerza de vivir. ¿Es suficiente la indignación, o se da ya ésta en el seno de las condiciones que la autodestruyen? ¿Qué hacer…?

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