Nunca me abandones

Por Recaredo Veredas.

 

Nunca me abandones. Kazuo Ishiguro. Editorial Anagrama. Barcelona. 2011.

 

Nacido en Nagasaki en la mitad de los cincuenta, cuando la ciudad trataba de alzarse entre las ruinas, Kazuo Ishiguro es una nueva muestra de la capacidad de arrastre de la lengua inglesa, que provocó algunas de las obras mayores de Nabokov o de Conrad.

 

Pero a diferencia de sus predecesores, nuestro autor ha sido incluido en una generación, formada, entre otros. por Martín Amis, Ian McEwan y Julian Barnes. Dicha catalogación demuestra de nuevo que la construcción de generaciones, con muy escasas salvedades, es una consecuencia del azar magnificada por la crítica y el mercado. Los referidos escritores nada tienen en común salvo su amor por la narración, en el estricto sentido de la palabra.

 

Tal vez Ishiguro no sea el mejor escritor de nuestros días, pero sí es uno de los mejores novelistas. “Nunca me abandones” es una muestra admirable de sabiduría narrativa. Las cientos de piezas (interrogantes, respuestas, plazos, espacios, trama, subtramas, decisiones, voces…) que integran el complejo engranaje de esta novela han sido ajustadas con una perfección asombrosa que no obstaculiza su ligereza. Como un estratega militar, el autor sabe que su única prioridad, por encima de lucimientos y de aciertos ocasionales, es el buen fin de la novela. La transmisión del mensaje. Pero el despliegue se quedaría en polvo y ruido, si no fuera acompañado por un profundo conocimiento de las emociones comunes a todo el género humano y por una alta dosis de crueldad. La obra de Ishiguro es tremendamente diversa en historias, en las vestimentas más externas de los personajes. Una lectura superficial apenas encontraría similitudes entre esa recreación del absurdo centroeuropeo que es “Los inconsolables” y la desolación victoriana de “Los restos del día”. Sin embargo en todas sus novelas subyace una profunda preocupación por las vidas malgastadas, provenga la pérdida de decisiones erróneas o de condicionantes ineludibles. Esa fijación se mantiene en “Nunca me abandones”, unida a un tratamiento de la primera persona, de la distorsión de la memoria, similar al manejado en “Los restos del día”. Como antes he indicado, el único propósito de Ishiguro es el buen fin de la novela. Para conseguirlo no duda en despedazar (literalmente) a sus, en apariencia, queridos personajes.

 

“Nunca me abandones” es una obra sobre la condición humana. Sobre la muerte. Pero esa palabra no aparece en ninguna de sus más de trescientas páginas. Ishiguro sabe, como su compatriota Greene, que la filosofía es incompatible con la narrativa. Que el peso de las disertaciones pseudofilosóficas que, en manos de otro autor menos consciente del género, pronunciarían los personajes, arruinaría la ligereza del mecanismo, de ese juego, inmensamente triste pero disfrutable, que es esta novela.

 

Por eso decide respetarnos, apoyarse en el conocimiento, muchas veces eludido pero inevitable, que poseemos respecto de nuestra propia naturaleza. El lector que consiga terminar la novela se encontrará, quiera o no, frente a sí mismo, y tendrá dificultades, aunque finalmente lo consiga, para apartar la mirada, porque el destino, abierto pero ineludible, de la desesperanzada narradora es el suyo. “Nunca me abandones” es una lectura fácil, asequible para cualquier lector, pero profundamente lúcida y, en consecuencia, amarga.

 

 

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