Guía de escritura robótica

Por Recaredo Veredas.


 

Los libros robot, digámoslo de entrada, solo se detectan por contraste. Es decir, cuando son comparados con una lectura carnal cuya necesidad y virtud ilumina las tuercas de los artefactos. Un caso ejemplar de libro carnal es Submáquina, el extraño híbrido de Esther García Llovet. Su lectura me ha causado una revelación casi mística, que ha redefinido varias novelas que acababa de leer y aún, como si de botillos leoneses se tratara, estaba digiriendo. Todas ellas han sido publicadas por editoriales de reconocido prestigio y me gustaron y me fatigaron al mismo tiempo. Todas contenían aforismos memorables que merecerían engrosar la colección de los cien mil mejores de la historia. De los cien mil, ojo, no de los cien, ni siquiera de los diez mil. Desde los griegos se han pronunciado muchas frases ingeniosas.

 

Sí, fue la lectura de un par de relatos de la Esther García Llovet –con quien he conversado apenas tres minutos en mi vida sin saber siquiera que era ella- lo que me reveló la condición robótica de las lecturas anteriores. Las palabras de Submáquina me ayudaron a comprobar que tras su piel perfecta, ajena a las verrugas y las cicatrices, no había glándulas ni arterias sino engranajes. Que tras sus alardes se escondían conexiones montadas en cadena, tan similares a la verdadera emoción y el auténtico talento –no creo que puedan trazarse reglas del talento pero sí detectarse su inexistencia- que parecían reales.

 

¿Cómo se construye un robot narrativo? Un buen experto en artificialidad literaria no solo debe poseer una vasta cultura lectora, también debe saber cómo se escribe una novela –con rigor matemático, que le permitirá escoger tensiones y puntos de vista, elegir ritmos y modular el tono- y manejar el lenguaje con soltura. Además debe poseer un conocimiento adecuado del funcionamiento de las redes sociales. Por último conocerá el signo de sus tiempos con minuciosidad. Con tanta minuciosidad que  el zeitgeist, siempre caprichoso, determinará la elección de la forma y el fondo de su obra.*

 

La emoción metálica que emanan las narraciones-robots es conseguida mediante la suplantación. Porque el autor-ingeniero sustituye lo que debería nacer en sus tripas por aquellas soluciones  cuyo funcionamiento está más que acreditado. La biblioteca infinita que nos rodea ofrece respuestas a todos los enigmas. Respuestas que, por supuesto, no están al alcance de cualquiera sino de aquellos que, como los grandes ingenieros literarios, saben orientarse dentro de la maraña de páginas. Por supuesto, los autores robots no son los peores que pueden hallarse, aunque sí los más tramposos. Los autores malos de solemnidad, no engañan a nadie.

 

Un buen robot literario proporciona una compañía agradable, incluso en instantes de alta sensibilidad puede causar el llanto o la risa. Posee un extraño sabor metálico, aunque el lector puede achacarlo a sus propias circunstancias, a su propia melancolía. Un buen robot solo se percibe por contraste. Es decir, si tras su digestión  el lector ataca una obra verdadera. Las obras verdaderas suelen ser imperfectas. Tienen grumos. A veces el ritmo se detiene y algunos personajes fallan. En otras ocasiones, como ocurre en Submáquina o en la única novela de Koltès, La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad, caen en desniveles redimidos de inmediato por la belleza. Si el autor del robot tiene suerte y consigue que durante la digestión de la lectura –breve, los robots son diuréticos como las alcachofas- el lector no consuma otras obras, tal vez consiga el éxito y se incorpore a la memoria lectora con forma de libro-carne.

 

Distinguir con certeza novelas robotizadas no es nada fácil. De hecho es un trabajo imposible y tan inútil como erigir las famosas torres de palillos. Sin embargo, pueden trazarse esquemas de elevado cumplimiento. Hay que buscar y confiar en el azar, el mismo que me condujo hacia las páginas extrañas, pervertidas de García Llovet. Allí encontré un lugar que ha sido sin duda pisado por otros (es irremediable tras miles de años de narrativa), cuyas referencias son reconocibles pero consigue parecer único y necesario, que las peripecias fragmentadas de Tiffany Figueroa solo puedan ser narradas con las palabras elegidas. Palabras, además, emplazadas en el límite del fracaso. En esa frontera habitada por tantas obras de verdadero mérito.

 

*Lo indicado no implica que una obra radicalmente moderna, escrita con premeditada distancia, incluso con los más viles propósitos, no sea carnal. La clave es la impostura.


Submáquina. Esther García Llovet. Salto de Página. Madrid, 2011.


La huida a caballo hacia lo profundo de la ciudad. Bernard Marie Koltés. Alfabia. Barcelona, 2011.

 

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