Helmut

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Por José Vaccaro Ruiz.

 

Helmut. Rafael Caunedo. Ediciones Atlantis.

 

La novela de Rafael Caunedo trata de algo tan simple y a la vez tan complejo como es la vida. Las contingencias, los miedos, fracasos y ambiciones que integran la vida, el acotado espacio-temporal que la constituye y que el autor nos narra de forma a la vez neutra y cercana.

 

Sus páginas son recorridas transversalmente, como se dice ahora, por una serie de personajes (Mauro, Hilda, Ale) que se cruzan y se entrecruzan, se acercan y se separan en base a circunstancias aleatorias e impredecibles, contingentes. A esa transversalidad física hay que unir una transversalidad vertical basada en los sentimientos, allí donde se acomodan encuentros y desencuentros, atracciones o repulsiones de una manera casi siempre ilógica (gloriosamente ilógica, diría). Pero siempre, de nuevo la palabra mágica, comparsas de la Vida en mayúscula.

 

El devenir de los protagonistas de Helmut recuerda los cuadros o las esculturas de Giacometti. En ellos las trayectorias que observamos en sus figuras no tienen puntos de encuentro, son únicamente contactos tangenciales, porque tangente -cuando no asintótica- es la relación de los seres humanos con los demás. Por encima de manifestaciones grandielocuentes de eternidad, amor o fidelidad hacia aquellos que nos rodean solamente existe –cuando existe- una voluntad débil, egoísta y quebradiza de permanencia que el menor golpe de viento, cualquier palabra a destiempo, la ínfima circunstancia adversa,  puede deshacer.

 

La trama de Helmut está compuesta lisa y llanamente –y de forma magistral, hay que decirlo- por la descripción puntual, aquí y ahora y en cada instante de la narración, de un presente omnipotente y autosuficiente que tendrá consecuencias de futuro, pero que es vivido de forma plena, como si fuera el último de los instantes en la existencia de sus personajes. Al decir esto quiero señalar uno de los valores de la novela: la credibilidad y la sinceridad de los protagonistas en sus reacciones, en la forma de encarar la realidad, en cómo se mueven o son llevados por eso que algunos llaman destino y que otros preferimos apellidar como azar.

 

Mauro es el personaje principal. Sus deseos y acciones condicionan hasta cierto punto –jamás existe una relación perfecta y lineal de causa/efecto, otro de los mensajes de la novela- a la constelación de personajes que le rodean, de quienes a su vez recibe inputs que le afectan en sus decisiones. La descripción de ese denso entramado interrelacionado es la enjundia de la novela, su razón de ser, su consistencia.

 

El estilo de Rafael Caunedo es abierto y eficaz en cuanto está al servicio de la narración. Pocas, por no decir ninguna, concesiones a una retórica distinta de la que exige la historia. En ocasiones su prosa discurre como un río tranquilo cargado de meandros, y en otras nos golpea con la fuerza de las turbulentas aguas bravas cuando describe sucesos o emociones que percuten en el devenir de los protagonistas. Las licencias gramaticales, cuidadosamente dispersas por el texto, están al servicio de buscar la empatía con el lector para provocar su cercanía.

 

Puestos a confesar pálpitos, y aun cuando su tema y entorno esté muy distanciado, me ha traído a la memoria Helmut la Nada de Carmen Laforet. También allí, como en la novela de Caunedo, lo que importa es el devenir de la existencia. La cita que el autor transcribe al acabar el libro: “Tuve otra libertad, la amé con otro nombre”, nos habla precisamente de ese existencialismo y esa imprevisibilidad, de esa fatalidad contenida en cuanto nos acontece y contra la cual poco o nada podemos hacer. Simplemente volviendo la vista atrás, como lamenta o añora esa frase que utiliza Caunedo para rematar su libro, mejor decir para cerrarlo. Pensar, tal vez añorar el pasado imposible, lo otro ya irrecuperable contenido en aquello que tuve o amé con otro nombre. Hay en este sentido, como en toda buena literatura, una reflexión y una mirada compasiva a lo que creemos que hemos dejado perdido, desaprovechado o abandonado por el camino.

 

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