Aerofobia

Por Recaredo Veredas.

 

Todos tenemos alguna fobia. Quien lo niegue o aún no la conoce* o la confunde con la normalidad, como tantos hacen con su pánico a la página en blanco o a pronunciar cuatro frases en público. Toda fobia implica una modificación de la vida del fóbico pero, como parece obvio, no todas poseen igual trascendencia. Por ejemplo, la claustrofobia es más frecuente y dañina que la lutrafobia (terror a las nutrias). Así ocurre porque a diario debemos enfrentar el encierro  (en ascensores, vagones de metro, salas de cine o tabernas abarrotadas) pero no el encuentro con una nutria, si exceptuamos el choque con alguna salvaje que haya decidido vestir sus pellejos.

 

Yo soy aerofóbico.  Mi dolencia se sitúa en una zona intermedia. No incapacita tanto como la claustrofobia pero provoca que cualquier viaje más allá de nuestras fronteras se convierta en una odisea digna de Phileas Fogg** o en una pesadilla (al final me monto, pero cuando entro en el finger y veo, al fondo, la sonrisa azul de la azafata de Iberia siento que atravieso el corredor de la muerte de una prisión tejana).

 

La aerofobia es incompatible con la globalización, que provoca que Londres o Bruselas parezcan más cercanas que, por ejemplo, Seseña. La causa de que no seamos considerados auténticos parias, cobardes incapaces de competir, no es otra que la ingente cantidad de ilustres aerofóbicos. Me refiero a Gabriel García Márquez, Lars Von Trier o a nuestro santo patrón, Stanley Kubrick, que aprovechó su terror al vuelo para consumar su egolatría y lograr que reprodujeran ciudades enteras en la cercanía de su hogar londinense. También Pablo Picasso sufría el pánico a surcar los cielos y lo plasmó en una memorable frase: no le tengo miedo a la muerte sino al avión. La adscripción de tanto artista no es extraña: los aerofóbicos somos, ante todo, consumados egocéntricos y, además, hombres y mujeres con un elevado nivel de infantilismo. Condiciones ambas casi inherentes al carácter artístico.

 

Porque solo alguien muy pueril y muy egocéntrico puede creer –ciegamente, además-  que en el libro del destino está escrito el derrumbe de, exactamente, su avión. Que el Altísimo tiene tantas ganas de enviarle al averno que su muerte justifica la desaparición de todos sus compañeros de vuelo. Los aerofóbicos también sufrimos una profunda desconfianza hacia el género humano, vinculada con una profunda confianza en nosotros mismos. Una inmensa mayoría de afectados no tendría miedo si fueran ellos quienes condujeran el avión, aunque no hayan tocado en su vida ni un simulador de la Play Station. Por supuesto el capitalismo sabe que los aerofóbicos consumimos con compulsión estadísticas absurdas y ha creado numerosas páginas webs que, con la misma credibilidad que las tarotistas de Tele 5, ofrecen todo tipo de datos cruzados. Datos que el aerofóbico interpreta a su antojo: las compañías más seguras son las más peligrosas porque, si llevan décadas sin sufrir un accidente, la tragedia espera tras la próxima esquina, oculta en los engranajes de su vuelo.

 

Cuando pienso en un accidente aéreo recuerdo la catástrofe que marcó mi infancia: el choque aéreo de los Rodeos, que aún sigue siendo el peor accidente de la historia. Un avión de la desaparecida PanAm y otro de KLM chocaron en el aire, matando a 583 pasajeros. Los españoles, como es sobradamente sabido, solo tenemos records negativos. También el último accidente de Iberia, ocurrido en los alrededores de Bilbao, que se llevó por delante a Gregorio López Bravo, uno de los tecnócratas del franquismo. La aviación privada ha matado a Jean Claude Lauzon, director de la maravillosa Leolo, al último Kennedy digno de la saga o a Stevie Ray Vaughan, aquel guitarrista incendiario. Pero las avionetas, por su inaccesibilidad, no cuentan. Tampoco cuenta mucho el 11S: los omnipotentes aerofóbicos nos sentimos capaces de arrear dos guantazos a los terroristas y ponerles en su sitio. En el ámbito de la ficción recuerdo aquel súbito accidente que desgarró a la familia que poseía el Hotel New Hampshire, una de las primeras novelas de John Irving. O Destino Final, aquella película de terror a lo Wes Craven, que mostraba a una pandilla adolescente perseguida por la muerte tras escapar, por una premonición, de un accidente aéreo devastador. En El club de la lucha, el esquizofrénico protagonista, antes de liarse a mamporros, anhela un accidente aéreo que llene de emoción su vida. No puede olvidarse, por supuesto, la terrorífica descripción del interior de un avión durante un accidente aéreo que brinda Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo.

 

Hace apenas un mes acudí a una comida de negocios con honorables abogados. Comimos media cabaña ganadera de Castilla León y bebimos la cosecha de varias bodegas. Como el restaurante estaba emplazado en Aranda de Duero y no tengo carnet de conducir, regresé en el Audi de uno de los comensales. Al ritmo de El Fary alcanzó los 200 kilómetros por hora. Además cerraba las curvas como si fuera Aytorn Senna una vuelta antes de su estallido. Sin embargo, y aunque supiera que podía morir en cada rasante, no tenía miedo. ¿Por qué somos tan, tan limitados?

 

*Tal vez aparezca durante ese viaje a los fiordos que tanto anhela o cuando, acompañando a su hija por primera vez al zoológico, grite frente a los ojos helados de una serpiente amazónica.

 

**Las catorce horas que separan Madrid y París en tren son un trayecto breve para un aerofóbico, capaz de crear un complejo entramado de barcos, coches y ferrocarriles para evitar el avión.


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