Otras formas, mismo mundo

Por Ignacio G. Barbero.

En ocasiones son criticadas con vehemencia aquellas manifestaciones orales o escritas que no se atienen al tema que están tratando. La pureza conceptual y lógica parece, en principio, un valor a cultivar. Sin embargo, si atendemos a escritos de sabiduría oriental, especialmente los procedentes de Chuang-Tzu, uno de los padres del taoísmo, y de los Maestros Zen, no observamos esta finura en los términos, tal como es tradicionalmente entendida. Estos escritos se caracterizan por el uso de ricas imágenes y metáforas, y de dos recursos retóricos casi inéditos en otras tradiciones: la hipérbole o “exageración”, frecuentemente acompañada del (buen) humor, y la ironía.  En el siguiente fragmento se dan con claridad estas particularidades:

“Los hombres verdaderos de la antigüedad no pasaban por encima del débil, no lograban sus fines por la fuerza bruta y no se rodeaban de consejeros.(…) Y podían, por lo tanto, alcanzar las más grandes alturas sin temblar, entrar en el agua sin mojarse, y pasar por el fuego sin sentir el calor.  Esa es la clase de conocimiento que llega a las profundidades de Tao.  El hombre verdadero de la antigüedad dormía sin sueños, y despertaba sin preocupaciones. Comía indiferente al sabor, y respiraba profundamente.  Porque los hombres verdaderos traían aire de sus talones; y los hombres comunes sólo de su garganta.  De los pícaros brotan las palabras como el vómito de las arcadas.  Cuando los vínculos que unen a los hombres son profundos, sus dotes divinas son superficiales. El hombre verdadero de la antigüedad no sabía lo que era amar la vida u odiar la muerte. No se regocijaba con el nacimiento ni trataba de impedir la disolución. Indiferente venía e indiferente se iba. Eso era todo.  No olvidaba de dónde había surgido, ni nunca preguntaba cuando había de operarse su retorno…”(Chuang-Tzu)

De la profundidad del texto son responsables -aparte de la belleza descriptiva- la hipérbole y la ironía. Ambas se dan en el vínculo maestro-díscipulo. La primera abunda en la naturaleza moldeable de lo real, eludiendo la seriedad del tema mismo, abriendo un espacio para que el lego profundice y comprenda la cuestión más allá de lo verbal. El maestro, para ello, extrema la distancia entre la palabra expuesta y la cosa a la que alude, que no es algo que esté allí de antemano. Se crea en el mismo proceso del discurso.

Por otro lado, con la ironía,  intrínsecamente relacionada con la hipérbole, el sujeto está siempre queriendo apartarse del objeto y lo logra en tanto que toma en cada instante consciencia de que el objeto no tiene realidad alguna. El maestro retrocede, impugnando la realidad de cada fenómeno y mostrándoselo a su alumno. La subjetividad, así, se libera de las ataduras de lo establecido volviéndose él mismo nada y revolviéndose contra las determinaciones de la finitud y los condicionamiento contingentes de la existencia. La realidad, definida como la circunstancia particular, se ha vuelto extraña, ajena, sin valor. Esta desvaloración es ejecutada en la ironía, que pone en cuestión cualquier definición aceptada. El sujeto irónico es, así, libre de las ataduras con las que la realidad dada retiene al sujeto. Llega a comprender, a un mismo tiempo, su dimensión necesaria y contingente, llena y vacía.

No hay nada superior a la autonomía otorgada por la ironía y la hipérbole. Conceden el honor de cuestionar lo concreto de su tiempo, los valores y razones vigentes, sin intervenir activamente en él, sin comprometerse con él. Es esta ausencia de yugos la que produce una vida poética, entendida como la manifestación de un valor en el ser humano: el de la capacidad de traer al mundo novedad.

La relación que establece el sujeto con la realidad a través de la ironía y la hipérbole no es tan desprendida como pueda parecer en un principio. Son, sencillamente, dos vías para mostrar lo inefable, la existencia aconteciendo ahora mismo. El maestro cuida del aprendiz con estos recursos,  que agitan su mente con palabras confusas de las que tendrá que extraer la claridad como el que tranquilamente espera a que el agua turbia se calme.

Por el contrario, el camino de conocimiento imperante en la tradición a la que pertenezco comienza con la duda, en la que el sujeto es testigo de una guerra de conquista donde todos los fenómenos son desechos, ya que la buscada esencia- la cosa en sí- está “detrás de ellos”. Son reducidos a través del concepto, abstracción que no termina de atrapa lo real; como señaló Bergson, aquél selecciona sólo un conjunto de sensaciones de lo “definido”, sesgando su comprensión.

La duda metódica presupone, además, la obtención de un conocimiento claro y distinto, que se establece en juicios (articulaciones de conceptos). Éstos necesitan, por ello, de una expresión precisa, que haga un uso fiel de los términos y una distribución lógica de los argumentos. Si bien este es el paradigma formal, la diversidad inherente a él es maravillosa, aunque la ironía, la hipérbole y las imágenes poéticas escasean en nuestra filosofía (por el modelo de conocimiento que defendemos).

Para finalizar, sólo quiero destacar que este ejercicio de análisis responde a un deseo de señalar la necesidad de  volver nuestra mirada sobre otros modos de contar el mundo alejados del nuestro, que son tan válidos como éste. Sin condescendencias ni paternalismos; únicamente con la sana intención de enriquecernos mutuamente.

 

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