“Teatro a quemarropa”

Por Elena Higueras

Fotografías de Julio Ulanga

 

 

Cuando un actor bien armado aprieta el gatillo es difícil esquivar las balas, imposible si su escenario no mide más de cinco metros y tiene la puerta cerrada. Los culpables de tan afortunado asalto te esperan agazapados tras la leyenda “Microteatro por dinero”, toda una declaración de intenciones que previene a los incautos contra las buenas artes de quienes no dudan en despojarse de sus vergüenzas para arrebatarte un aplauso. Elegir entre la bolsa o la vida ya sólo depende de ti.

 

En el número 9 de la calle Loreto y Chicote, en una antigua carnicería ubicada en pleno centro de Madrid, hoy ya no se venden pechugas sino teatro – ¡y a qué precios oiga!-. Por sólo tres euros cualquiera que pase por allí puede llevarse a casa el sabor de haber degustado cuarto y mitad del más puro arte escénico sin conservantes ni colorantes.

 

 

La iniciativa se llama “Microteatro por dinero” y consiste en la programación de pequeñas funciones de entre diez y quince minutos sobre un mismo tema, representadas en espacios reducidos, para menos de quince espectadores por pase, y durante seis sesiones al día. De este modo, el espectador puede elegir qué “microobras” quiere ver y, de acuerdo al número de representaciones seleccionadas, qué dinero se quiere gastar.

 

Hecha la compra, sólo queda estar atentos a la llamada de la campanillera del final de la escalera que te guiará por el pasillo hasta dejarte en manos del mejor postor, ése al que le das la bolsa y te coge el brazo.

 

 

Por corazón

 

La posibilidad de disfrutar del teatro desde sus entrañas es el resultado de un proyecto innovador que surgió a finales de 2009, cuando casi una cincuentena de artistas, entre directores, autores y actores, unieron sus fuerzas para que un antiguo prostíbulo de la calle Ballesta se convirtiera en el “love hotel” de las artes escénicas. Las trece habitaciones del hotel alojaron a otros tantos grupos autónomos e independientes con el objetivo de crear una función de menos de diez minutos para un máximo de seis personas por sala sobre un tema común: la prostitución.

 

Durante dos semanas, las obras se repitieron varias veces al día, llegando alguna a representarse en más de veinte ocasiones en una sola jornada. El éxito de la iniciativa fue tal que gran parte de los participantes -y algunos nuevos socios- se animaron a abrir un espacio permanente donde repetir la experiencia.  Así nació “Microteatro por dinero”.

 

 

Por vacaciones

 

Al contrario que muchos de los negocios y locales del interior, que echan el cierre en verano para meterse de lleno en la atractiva dinámica de vacaciones en el mar, el espacio que nos ocupa no sólo abre por vacaciones sino que además tuvo el acierto de consagrar a ellas el tema común sobre el que debían versar todas sus funciones durante el pasado mes de julio.

 

Aprovechando la coyuntura –vacaciones, viernes noche y terracita- Culturamas se plantó en esta antigua carnicería para comprobar en primera persona si los nuevos carniceros eran capaces de poner toda su carne en un asador tan pequeño como lleno de clientela.

 

Los primeros en despacharnos –y despacharse a gusto-  fueron Elena Corredera y Raúl Tejón, con su ‘microobra’ “Casi 12”, escrita y dirigida por Miguel Alcantud. Sobre un colchón tirado en el suelo, los actores dan vida a una pareja que juguetea en la cama mientras dan vueltas a sus planes vacacionales. A la dificultad de interpretar sus papeles completamente desnudos y entregados a una intimidad que no es tal, la actriz contrapone el placer de sacarle todo el jugo posible al espacio y tener al público tan cerca. Quién sabe, quizá algún futuro jefe… “Esto de estar cada cinco minutos actuando supone un rodaje muy importante para el actor, pero además es un escaparate muy interesante para que te vean directores de  castings, realizadores y gente del medio para que podamos, también, hacer cosas que duren más de 15 minutos”.

 

Raúl Jiménez y Raquel Guerrero, la pareja protagonista de “Lo otro”, una obra escrita y dirigida por Juan Cavestany, coinciden en destacar el aprendizaje que experimenta el actor en cada representación. “Es un entrenamiento muy fuerte porque todos los días pasa algo nuevo, lo que te obliga a medir la energía”, afirma Raúl Jiménez a lo que su compañera añade la necesidad de aprender a controlar esa energía “porque es como si tuvieras una cámara delante, aunque sea teatro”. Ambos interpretan a una pareja inestable que posponen su decisión de romper debido a un imprevisto ocurrido en sus vacaciones.

 

“Te entrenas sin parar, tiras de todo tipo de técnicas, imágenes… estás buscando continuamente”. Esto y la cercanía con el público, es lo que más atrae a Vanessa Benavente de este tipo de teatro. La actriz comparte protagonismo con Sergio Lanza en “Siempre podemos soñar”, una obra que definen como “el primer micromusical del microteatro”, escrito por Enio Mejía y Pablo Bautista y dirigido por el primero de ellos. En clave de drama, el dúo descubre al público que aunque te dejen sin nada nunca te podrá quitar las ganas de soñar. “Nuestro musical es más drama que comedia, sólo que la  musicalidad rompe con todo eso. El inconveniente más grande que hemos encontrado es repetir y meterte en ese drama durante 15 minutos muy condensados que tienen que estar repletos de cosas,  y repetirlo 6 veces cada noche de miércoles a domingo”, señala Vanessa Benavente.

 

 

Por cercanía

 

Para los actores el ‘microteatro’ supone un ejercicio de repetición y control de energía, pero… ¿y para el público? ¿Qué sienten cuando tienen a los actores al alcance de sus manos? “La gente reacciona muy bien. Al principio tienes tus dudas de cómo lo van a tomar pero al final resulta muy divertido porque cuando ya controlas un poco de qué va la función puedes jugar con ellos, acercarte, implicarles un poco más y la verdad es que suelen estar muy receptivos”, afirma Fanni Alcázar, la actriz protagonista –junto a Nacho López- de “Amor de verano” (escrita por Miguel Castillo y dirigida por José Luis Sixto), una comedia romántica cuyo argumento es tan original que destriparlo sería aguarle la fiesta a futuros espectadores.

 

“Con respecto al público es curioso que además de venir mucha gente del círculo artístico también acuden muchos espectadores que no van al teatro, pero vienen a ver esto, desde gente muy mayor a la más joven. Es muy entrañable, muy bonito”, concluye Fanni Alcázar, una valoración con la que coincide otra de sus compañeras en el nuevo mundo del ‘microteatro’, Isabelle Stoffel: “Es un formato muy agradecido tanto para el público como para el actor, es una experiencia preciosa vivir el teatro desde tan cerca”.

 

 

La suiza Isabelle Stoffel comparte protagonismo con el actor Karim Ait M’Hand en la obra más internacional del mes de julio “Pensión Nefertiti”, escrita y dirigida por el dramaturgo colombiano Carlos Bernal.  Después de asistir varias veces como espectadora y con la experiencia de haber hecho algo parecido dentro de una caravana, la actriz se embarcó en este proyecto empujando al bote a sus compañeros en un viaje por la historia de una señora, dueña de un hostal, que ve cambiar su destino por la aparición de un joven en la arena. “Conocía este espacio y me encantaba la cercanía que proporciona a los actores con el público y viceversa. Me pareció que implica una manera de actuar que debe ser muy verosímil aunque sea un tema absurdo y un lenguaje teatral”, apunta.

 

 

Por orden del director

 

Aunque el autor y director Carlos Bernal ya tenía experiencia en estas lides – firmó un texto de 18 minutos en el que también participó Isabelle Stoffel, “La siesta del Fakir”- reconoce que tuvo ciertas reticencias a la hora de aceptar la propuesta de la actriz: “Yo estaba un poco escéptico con eso de escribir por encargo y luego por concurso a ver si te cogen…, pero ha sido muy interesante trabajar en ese formato y en este espacio”.

 

El dramaturgo coincide con los actores en el aprendizaje profesional que supone un reto como éste. Pero… ¿y los inconvenientes? “Se trata de un espacio muy reducido y un tiempo muy estrecho para poder llegar a embarcar a la gente en una historia, meterlos en un conflicto y luego ponerles la imaginación a volar, convencerlos en tan poco tiempo de una ficción. Pero es en ese espacio tan pequeño y tan antiteatral donde está la riqueza del asunto”, apunta Bernal.

 

A una amiga del director debo el titular de este texto “Teatro a quemarropa”, una frase con la que también él quiso definir la intensidad de este formato: “Mi amiga lo llama así porque estás tan cerca que te pueden oler, te pueden tocar…”.

Si dejarse atravesar por esas balas ha sido un plan perfecto para estas vacaciones seguro lo será este mes, cuando los excesos del verano dejen paso al presunto hastío de un agosto en la ciudad. Precisamente éste será el nexo de unión de las próximas funciones de “Microteatro por dinero”. ¿Quién dijo aburrimiento?

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