Capturar el vacío

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El Vigilante del Fiordo. Fernando Aramburu. Tusquets. 184 páginas.

 

Por Cristina Consuegra.

 

Fernando Aramburu ha regresado al panorama narrativo con El Vigilante del Fiordo, un libro compuesto por ocho cuentos que, sin pretender responder a un único asunto o tema, encuentra en la sensibilidad hacia el Otro, ese lugar preferente desde el que el autor de San Sebastián busca capturar abismos, existencias y huir del siempre temible atavismo narrativo.

 

Quizá el considerable número de lectores de Los Peces de la Amargura (2006) esperaba un libro de cuentos con características similares a las de aquel título, sin embargo, Aramburu, escritor inquieto que teme al aburrimiento propio y ajeno, ha facturado un  libro que se distancia considerablemente de su conjunto de cuentos más celebrado, lo cual no nos debe hacer pensar que El Vigilante del Fiordo es un título menor, simplemente es ese otro libro en el que el autor vasco busca hilvanar otras latitudes reflexivas y literarias. Éste es, sin duda, un libro implacable, de contundencia narrativa y alcance filosófico. Al comienzo de esta crítica escribo que el libro carece de unidad temática porque posiblemente no la precise, no necesite la esencia de lo absoluto para que cada uno de los cuentos de El Vigilante del Fiordo respire conjunta e individualmente, quizá sí irrumpa como armazón –rasgo habitual en el corpus de Aramburu- ese respeto al lector que el escritor tamiza a través de esa prosa elegante de lenguaje sobrio, de vocación testimonial.

 

Este libro manifiesta esa capacidad inusual, ya casi milagrosa, de observar el mundo como una amalgama de particularidades que arrastra a su autor a un diálogo flexible e impreciso con el entorno desde la condición de lo múltiple. Las ocho piezas que componen este artefacto reflexionan en torno a las diversas fracturas en la existencia del individuo contemporáneo, al tiempo que buscan testimoniar lo que acontece. Así, entre las frases, engarzadas entre los personajes o escenarios planteados, Aramburu atesora posibilidades reflexivas en torno a aquellos valores insertos en la cultura de lo cotidiano, de especial relevancia dentro de la práctica humana: la culpa, el acoso, la compasión, la violencia, el miedo, la vergüenza… hábitos que apelan al ejercicio de la ficción para luchar contra ese olvido programado, y terriblemente permisivo, al que parece estamos condenados.

 

Este título se abre con “Chavales con Gorra”, un cuento que versa sobre el miedo con el que viven las víctimas del terrorismo, miedo que no sólo se refleja en el comportamiento de los personajes, en sus actitudes y desvelos, sino también en el ritmo preciso de lo narrado. “La Mujer que lloraba en Alonso Martínez” tiende la mano al lector para que se responsabilice, en cierto modo, de lo narrado, y llegar así a una disertación en clave literaria sobre nuestra incapacidad para llegar al Otro, al fin y al cabo, un cuento que entre susurros habla sobre la enfermedad de las sociedades del consumo, la soledad. “Mártir de la Jornada” parece recoger los ecos de las dos piezas anteriores y actuar como transición antes de llegar a uno de los mejores cuentos del libro, tanto por lo formal como por el sustento conceptual, “Carne rota”, relato en el que, a través de una estructura narrativa que se nos plantea como un juego de dicción, Aramburu nos mira a los ojos para hablarnos sobre la tragedia del 11-M, sin moralismos ni certezas, pero con el pulso firme de quien sigue creyendo en el contenido de la palabra dignidad.

 

Atravesado el ecuador, aparece el relato que da nombre al libro, “El Vigilante del Fiordo”, cuento que alterna la escritura dramática con la prosa, recurso que permite plantear escenarios y situaciones distintos con un mismo protagonista; con el terrorismo como motor ficcional, con sus circunstancias y consecuencias, Aramburu arma un relato sublime, original y crudo, sobre uno de los grandes males de las sociedades del siglo 21: la presencia persistente y silenciosa del terror.

 

Las dos piezas siguientes encaran asuntos tan complejos como la violencia, el peso de la culpa, la soledad, la estrategia de la mentira y el ser humano como ese gran proyecto absurdo o fallido, tema prioritario en “Lengua Cansada”, para cerrar este conjunto ecléctico de historias con “Mi Entierro”, cuento donde el narrador nos relata en primera persona su entierro, momento de justicia en el que todos somos iguales, abismo por el que todos terminaremos siendo engullidos.

 

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