El problema del tiempo: juventud acelerada

Por Carlos Javier González Serrano.

 

Fuente: El Mundo

Es la última moda juvenil en el sinuoso mundo de la noche: alcohol inhalado (bajo el nombre de “oxy shots”) que, a modo de chupito gasificado, parece absorberse en sangre más rápidamente que en su formato líquido. Los usuarios que lo han probado aseguran que sus efectos son patentes de modo casi inmediato. Estas nuevas formas de consumo pueden conducirnos a reflexionar un momento sobre la manera en que el tiempo es sentido en relación a nuestras experiencias vitales.

 

Al comienzo del Capítulo VII de La montaña mágica, Thomas Mann se preguntaba si puede narrarse el tiempo por sí mismo y como tal, al margen de lo que en él “pase”. Este autor afirma en esta apasionante novela (o tratado filosófico novelado) que «el tiempo es el elemento de la narración, como también es el elemento de la vida; está indisolublemente unido a ella, como a los cuerpos en el espacio. […] [L]a narración comprende dos tipos diferentes de tiempo. En primer lugar, su propio tiempo, el tiempo musical y real que determina su desarrollo y su existencia; en segundo, el tiempo de su contenido, que se presenta siempre en perspectiva», una perspectiva que depende del portador de ese contenido y que puede o no coincidir con aquel primer tiempo musical o real. Es decir, y para clarificar los términos: se da un tiempo absoluto, independiente de lo que en él se dé o esté ocurriendo, y un tiempo relativo que se halla en estrecha conexión con el sujeto agente de una acción en concreto. Tiempo matemático (celeste) y tiempo vital (terreno). Podemos leer una historia que narra lo acontecido en cinco minutos y que, sin embargo, por la razón que sea, nos dé la impresión de que en ella haya transcurrido mucho más tiempo (decimos, “se me ha hecho largo”). También nos es posible soñar en una noche el transcurso vital de alguna persona: en ocho horas imaginar un periplo de ochenta años.

 

La mayor parte de los períodos de la vida, en especial los más tempranos, se han visto peligrosamente acelerados. Tanto es así que incluso la OMS decidió enmarcar la adolescencia en el período de la vida que transcurre entre los 10 y los 19 años, grupo numeroso en España representado por algo más de seis millones de habitantes. Aquella distinción que Thomas Mann traza en La montaña mágica, y que tradicionalmente siempre se ha tenido en cuenta (aun de manera inconsciente), queda desbancada por una urgencia desmedida que invita a recoger prematuramente los frutos que sólo el paso del propio tiempo puede dar. No sólo en lo relativo al alcohol y las drogas, sino también en el ámbito sexual las generaciones se adelantan cada vez más: numerosos estudios arrojan la conclusión de que una gran parte de los adolescentes españoles han tenido experiencias sexuales y que, además, poseen una actividad sexual regular y completa; sin embargo, también la mayoría de éstos concurren en una alarmante desinformación sobre protección frente a enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados (nótese que este riesgo es evaluado por los propios jóvenes como algo positivo).

 

Se pierde la importancia del tiempo absoluto que más arriba mencionábamos, de ese tiempo que propicia la experiencia de la contemplación del arte, de la lectura, de la reflexión, etc.; por su parte, el tiempo relativo se impone, y junto a él, una necesidad perentoria por disfrutar a cualquier precio el momento presente, despreciando cualquier producto que represente un esfuerzo o actividad continuados.

 

Prácticas peligrosas para una juventud que disfruta viviendo en un límite del que no es consciente, y que deriva de una sociedad tecnológica en la que vale cualquier cosa que proporcione efectos inmediatos y placenteros bajo la rúbrica del disfrute inmediato del presente. Un presente que, precisamente, se escapa en la inconsciencia de un futuro que nunca será suficiente…

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