Filosofía lírica

 

 

Por Gonzalo Muñoz Barallobre.

 

“¿Para qué interrogarse, para qué intentar aclarar o aceptar sombras? ¿No valdría más que yo enterrase mis lágrimas en la arena, a la orilla del mar, en una soledad absoluta? El problema es que nunca he llorado, pues mis lágrimas se han trasformado en pensamientos tan amargos como ellas.”

En las cimas de la desesperación, E. M. Cioran.

 

 

E. M. Cioran (1911-1995)

A los veintidós años, E. M. Cioran (1911-1995), escribió En las cimas de la desesperación, y su composición, como él mismo confiesa, fue más que un acto creativo, fue una cuestión de vida o muerte: “de no haberme puesto a escribir este libro me habría suicidado”.

 

Hija de un gesto de pura desesperación, estamos ante una obra que guarda una tempestad vertiginosa que arrastra hasta el paroxismo a todo el que se atreva a acercarse a ella. Y así, paralizado, uno contempla un incendio encerrado en palabras, en aforismos capaces de borrar todo punto de equilibrio y de entregarnos a un vacío asfixiante, denso como el corazón de una pesadilla. Y lo peor, es que la danza de metáforas hace resonar en nuestro interior un aullido que no nos es ajeno, que todos hemos probado en algún momento de nuestras vidas. Y aquí reside el atractivo de este pensador: habla de una angustia que nos es familiar.

 

Pero que este libro haya sido escrito a una edad tierna, no impide que en él estén presentes los temas principales que conformarán la geografía intelectual de este filósofo.

 

Entre los conceptos que aparecen En las cimas de la desesperación, hay uno que brilla de manera especial por ser toda una declaración de intenciones, un aviso metodológico, el retrato exacto de su quehacer intelectual. El concepto del que hablamos es el de filosofía lírica.

 

Cioran, distingue entre la duda abstracta y la desesperación. En la primera, nos dice, no se implica más que una parte del ser. Ella es la duda propia del escepticismo, que se caracterizaría por su superficialidad: “Comparado con la desesperación –fenómeno tan extraño,  tan complejo…-, el escepticismo se caracteriza por una especie de diletantismo, de superficialidad. Por mucho que yo dude de todo y oponga al mundo una sonrisa de desprecio, seguiré comiendo, durmiendo tranquilamente o amando.” En cambio, en la desesperación, la participación es visceral y total, caracterizándose por su radicalidad y por su profundidad. Y es que quien la conoce “ya no tiene derecho a dormir”.

 

La duda, está vinculada con la inquietud, con el hallazgo de un problema que si bien no es resoluble tampoco hiere. Vivir en la duda no supone ni riesgo ni locura y, lo peor de todo, ni pasión. Pero quien habita en la desesperación queda sumergido en la angustia que es inmanente a toda existencia. Así, la desesperación no se asocia a problemas, sino “a convulsiones y llamas interiores que torturan” y que tienen como fruto un pensamiento vivo y apasionado, que se caracteriza, principalmente, por estar irrigado por el lirismo, y del que nace una filosofía bautizada como lírica, una filosofía en la que “la idea tiene raíces tan profundas como la poesía”, y en la que la experiencia subjetiva se trasmuta en universal: “nos volvemos liricos cuando la vida en nuestro interior palpita con un ritmo esencial. Lo que de único y específico poseemos se realiza de una manera tan expresiva que lo individual se eleva al nivel de lo universal. Las experiencias subjetivas más profundas son asimismo las más universales, por la simple razón de que alcanzan el fondo original de la vida.” Una universalidad que trasciende las formas y los sistemas. Y es que el lirismo, y con él la filosofía lírica,  “es una expresión bárbara, cuyo valor consiste, precisamente, en no ser más que sangre, sinceridad y llamas.”

 

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