Jim de los monstruos

Por Rubén Sánchez Trigos.

 

El azar ha querido que sepa de la muerte de Jimmy Sangster al poco de ver en televisión el imprescindible documental Tales from the script de Peter Hanson, donde directores y veteranos del libreto del calibre de John Carpenter, William Goldman, Frank Darabont o Larry Cohen disertan sobre las glorias y las miserias del oficio de guionista. Sangster era guionista y, como todos (por lo menos, como todos los grandes) ha escrito su nombre en la historia del cine en los renglones secundarios, lejos de las alfombras rojas, las manos puestas en cemento y las luces de los teatros. Con una diferencia: Jimmy Sangster podía presumir (aunque no lo hacía) de haber revolucionado un género de arriba abajo, o por lo menos de haber contribuido a ello. Ni el fantástico ni el terror serían hoy lo que son sin lo que Sangster escribió, o sin lo que Hammer y Terence Fisher hicieron con lo que él escribió.

Pero resulta injusto valorar los méritos de Jimmy sólo por lo que su legado ha influido en la manera de entender el horror en la gran pantalla –y por extensión, en la literatura, en la televisión, en los cómics y hasta en los videojuegos-. Obras maestras como Drácula (1958) o como La maldición de Frankenstein (1957), auténticos puntos de inflexión en el tratamiento de la monstruosidad, se defienden por sí solas sin necesidad de este artificio, e incluso hoy, más de sesenta años después de su realización, mantienen intacta la estilizada fuerza de la mayor parte de sus mejores momentos. Los guiones de Sangster aportaban carnalidad cuando el género ya se había convertido en una mueca gastada dirigida a sí mismo, y sus directores (pero sobre todo Fisher) se encargaban de filmarlos con la macabra elegancia de un asesino que se viste de plástico para desmembrar a su víctima. Nadie comprendió mejor que Sangster la contundente transgresión de las normas sociales y del decoro que Bram Stocker proponía en su obra, pero, además, el británico tuvo el acierto de aplicar este mismo espíritu a la mitología de Frankenstein, demostrando que, a veces, es necesario traicionar los aspectos formales de un mito para dar con su esencia. En sus manos, el doctor Frankenstein interpretado por Peter Cushing era un pusilánime ególatra capaz de engañar a su mujer con la sirvienta y de manipular a esta en su beneficio, del mismo modo que los hombres de Drácula aparecían como piadosos varones incapaces de ofrecer a sus mujeres una pizca de placer. Nada, desde luego, podía volver a ser lo mismo después de estas aportaciones. Y nada lo fue.

 

La filmografía –también en televisión- de Sangster va mucho más allá de estos dos mitos, aunque son ellos los que le han granjeado una inmortalidad como la suya. Rastrear entre sus títulos supone tropezarse con películas discretas y también con joyas por descubrir –personalmente me quedo con Miedo en la noche (1972), así como con sus muchos exploitations de Psicosis-. No habrá otro Jimmy Sangster, sencillamente porque el contexto artístico-industrial en que escribió sus guiones ya no es el mismo. Prueba de ello es el tibio regreso de la mítica Hammer a la arena, al que todavía le falta un golpe en la mesa como el que Sangster y Fisher dieron en los cincuenta para sentar cátedra. Le falta, como a la mayoría de los que escriben terror hoy –o mejor dicho, la mayoría de los productores que escogen y reescriben esos guiones- la suficiente mala flema británica como para recordarnos a todos que el monstruo, en realidad, ni tiene ninguna gracia ni es romántico. Y que no lo ha sido nunca. Jimmy lo sabía, y no tuvo el menor reparo en enseñárnoslo.

 

Rubén Sánchez Trigos es profesor e investigador en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos. Especializado en cine y literatura fantástica, en 2009 apareció su primera novela, Los huéspedes (Finalista Premio Drakul), un thriller de terror en un ambiente urbano.

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