[Festival de San Sebastián 2011] Crónica del viernes 16 de Septiembre

Por David Garrido Bazán.

 

INTRUDERS (2011): Fresnadillo tras las huellas de Shyamalan


Si a alguno le quedaba el más mínimo resquicio de duda sobre si se dejaría notar la influencia en la programación de José Luis Rebordinos, nuevo director del Festival Internacional de Cine de San Sebastián en su 59 edición tras varios años ejerciendo de asesor del equipo de programación y muchos más como director del hermano pequeño y friki del certamen, la Semana de Cine Fantástico y de Terror, este debió disiparse según se enfrentaba a la película de inauguración de este año, Intruders (2011) de Juan Carlos Fresnadillo, obra de género a más no poder con la que el canario, plenamente integrado en Hollywood – recuerden 28 Semanas Después (2007) – nos ha ofrecido su particular visión del cine de fantasmas. O no, según se mire.

 

La resultona Intruders (2011) especula con la posibilidad de que un ente sobrenatural esté acechando a la inquieta hija de un padre (eficaz Clive Owen) que también tiene sus propios fantasmas con los que lidiar, estos algo más mundanos y provenientes del pasado. Juega Fresnadillo bien con las convenciones del género ya desde el arranque donde enseguida quedan las cartas al descubierto: aquí de lo que se trata es de conseguir un más que correcto producto comercial que cumpla con su cometido. Si de paso se intenta aportar algo el género, aunque no sea precisamente nuevo – como juguetear con el público al respecto si lo que ocurre es verdaderamente algo sobrenatural o tiene más que ver con el resultado de traumas, amenazas de carne y hueso por muy fantasmales que aparezcan o directamente alucinaciones de una mente estresada – pues mejor que mejor. Fresnadillo se defiende bien en el aspecto técnico, sabe narrar en imágenes con soltura y, en algún momento aislado, incluso resultar de lo más inquietante y perturbador (ojo a la escena del armario en la que padre e hija se enfrentan a la amenaza, muy bien resuelta) pero Intruders (2011) falla por algo fundamental, y es extraño que Fresnadillo no se haya percatado de ello. O quizás no le importe.

 

En sí, no es algo ni mucho menos malo seguir las huellas de cineastas y creadores que te antecedieron. De hecho, resulta de lo más saludable aprender de ellos, y plagiarlos, homenajearlos o reinventarlos dependiendo de la habilidad del cineasta del turno. Lo que resulta imperdonable es que la obra resultante te remita inmediatamente a un cineasta conocido… y llegues a la conclusión que estás ante un simple sucedáneo del mismo. Es lo que le sucede a Intruders, que remite de una forma tan evidente al primerizo y añorado M. Night Shyamalan, que es complicado, mientras uno ve las imágenes del trilladito guión de Intruders (2011), no pensar en el realizador de El Sexto Sentido (1999) o La Joven del Agua (2006). No es solo que con el material de partida de Intruders (2011) Shyamalan podría haber hecho maravillas en sus buenos tiempos (ese simbolismo, ese doble juego presente-pasado y realidad enfrentada al elemento sobrenatural, las implicaciones familiares) sino que incluso la apariencia de la amenaza de turno – alguien encapuchado de tal forma que no se le ve un rostro del que parece carecer – podría ser un trasunto del mismísimo Bruce Willis del tercio final de El Protegido (2000). Si a eso le sumamos una BSO deudora del habitual James Newton Howard cortesía del siempre eficaz Roque Baños, algunos recursos visuales marca de la casa y una resolución que no es exactamente una de esas sorpresas que te obligan a rebobinar la película en la cabeza (más que nada porque se ve venir a distancia) pero que en el fondo persigue efectos parecidos, la conjunción de elementos hace la comparación inevitable. E indeseada.

 

Porque claro, Fresnadillo es bueno, no cabe duda, pero no es Shyamalan en forma. Y lo único que Intruders (2011) consigue es, vaya, que añoremos al indio con más fuerza. Ojo, que Intruders no es ni mucho menos una mala película. De hecho es bastante correcta. Pero no aporta nada nuevo al género y a estas alturas del partido, es casi un delito. En su campo, Insidious (2010) de James Wan, por poner un ejemplo reciente, la superaría por clara goleada. Eso sí: ver a Hector Alterio jugar a ser Max Von Sydow de la mítica El Exorcista en una única escena tan chocante como innecesaria no tiene precio. Puestos a sablear referencias, que lo hagan los mejores…

 

 

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS (2011): Urbizu y Coronado, desatados


Había enorme expectación por ver lo que sucedía con la primera película a concurso de la Sección Oficial, nada menos que el regreso del tándem Urbizu-Coronado – que tan buenos resultados dio en la estupenda y áspera La Caja 507 (2002) y la magnífica y algo menospreciada La Vida Mancha (2003), para el que suscribe una de las mejores películas españolas de este siglo – al frente de otro thriller que se prometía al menos tan duro y violento como Mourinho tras palmar con el Barça. Y la verdad es que no decepcionó lo más mínimo: No Habrá Paz Para los Malvados (2011) es una espléndida película, dura como el pedernal y afilada como una cuchilla, en la que un sobrecogedor Coronado transmite más o menos el mismo mal rollo y sensación de pelígro que el Malamadre con el que Luis Tosar nos heló la sangre en Celda 211 (2009). Solo que éste estaba detrás de los muros de una prisión y aquel anda suelto y con una placa de policía. Casi nada.

 

El arranque de No habrá paz para los malvados (2011) es tremendo: un policía violento y descontrolado en una noche de copas desata casi sin quererlo una matanza en un club de alterne. Y eso que al tipo lo ves venir de lejos, tal es la intensidad – y la brillantez, ojo – que le imprime Jose Coronado a su tremebundo personaje, que a partir de ese desafortunado incidente (una mala noche la tiene cualquiera) se embarca en una búsqueda desesperada por borrar sus huellas y no dejar cabos sueltos que, como ya le pasaba al personaje de Resines en La Caja 507 (2002), lo acabará implicando en un asunto bastante más gordo de lo que parecía al principio, una espesa red de intereses y criminales en la que sin embargo sus peculiares circunstancias lo convertirán en poco menos que el hombre más idóneo en el momento adecuado.

 

Tiene Urbizu la facultad de conseguir que el espectador se sienta a la vez que plenamente incómodo por lo que ve en la pantalla, tal es la naturaleza profundamente perturbadora de lo que cuenta, como en su propia casa por reconocer los ambientes en los que se desarrolla. Y es que Coronado resulta igual de creíble disparando su 38 que hartándose de cubatas en la barra de cualquier bar de esos que podrían estar debajo mismo de nuestro domicilio o al lado de nuestro trabajo. Ayuda, por supuesto, un guión sólido que despliega con eficacia una tupida red que va entrelazando con enorme habilidad los distintos elementos o hilos de la película, contraponiendo a la aventura en solitario del depredador Coronado a las investigaciones según el manual que desarrollan la juez y el policía Leiva, como un espejo deformante cada uno de la realidad del otro, que convergen en un determinado punto para separarse después justo antes del desenlace.

 

No se corta un pelo Urbizu ni en la brutal descripción de los métodos utilizados ni en la terrible lectura que hace de una sociedad poblada por supervivientes que no se paran en barras a la hora de conseguir sus objetivos. Sin embargo todo fluye con una facilidad pasmosa, te crees sin dificultad a esos personajes, sientes miedo ante la violencia continua que ejercen o parecen estar a punto de desplegar, reconoces con estupor hechos recientes que bien podrían haber sucedido de esa forma. Y acabas por aceptar la inevitable explosión final como casi la única forma de salir del atolladero donde se embarcan sus criaturas, que cuando Urbizu y su extensión en la pantalla Coronado dan rienda suelta al infierno que llevan dentro, no hay donde esconderse. Resulta sobrecogedor asistir a semejante despliegue. Y aun más descubrir que está tan cerca de nosotros.

 

 

EL ÁRBOL DE LA VIDA (2011): Simplemente descomunal


Sin embargo, pese al protagonismo mediático del equipo de la película de Fresnadillo y la brillantez de la violenta propuesta de Urbizu la jornada de ayer perteneció por completo a Terrence Malick y su El Árbol de la Vida (2011), Palma de Oro a la Mejor Película del Festival de Cannes, Gran Premio Fipresci de la Crítica Internacional a la Mejor Película del año y estrenada simultáneamente en los cines comerciales y en el pase de prensa vespertino del Festival ante una prensa ansiosa de comprobar si estaba ante la obra maestra del año que muchos que pregonan o ese globo pedante pagado de sí mismo que algunos de sus detractores llevan semanas denunciando.

 

Hacer un juicio de valor apresurado de una película tan descomunal como la quinta película en cuarenta años de Terrence Malick, un señor que tiene en su haber obras tan indiscutibles como Días del Cielo (1978), Malas Tierras (1973), La Delgada Línea Roja (1998) o El Nuevo Mundo (2005), sin dejar pasar un tiempo más que prudencial para digerirla, a ser posible lejos de un ambiente tan sobrecargado y viciado como el de un festival de cine como éste sería tal imprudencia por mi parte que no tengo la más mínima intención de cometer semejante error.

 

Baste decir que el que esto suscribe se quedó literalmente pegado a la pantalla ante el atrevimiento de Malick de acometer una obra cósmica que intenta abarcar desde el dolor de la pérdida de un hijo, el siempre difícil proceso de crecimiento de éstos y el aprendizaje de los valores que le transmiten, a menudo con mensajes contradictorios, unos padres que lo hacen lo mejor que pueden hasta el origen mismo del universo, big bang y dinosaurios enseñoreándose por la Tierra incluidos. Malick es grande en lo pequeño y pequeño cuando intenta abarcar lo grande. El Árbol de La Vida (2011) me parece una película tan abrumadora, excesiva, agotadora, bella, cruel, lírica, demoledora, subyugante, ambiciosa, magnífica, brutal y única – sobre todo eso, única – que no me queda otro remedio que dejar para mejor ocasión el análisis detenido y reposado que sin duda merece. Para echarle de comer muy aparte.

 

Eso sí, si tiene la suerte de disponer de un cine cerca donde la pongan, no deje pasar la oportunidad de ir a verla. Va a descubrir una experiencia como nunca antes ha vivido en un cine. Lo que no quiere decir necesariamente que ésta vaya a ser de su gusto, cosa bien distinta. Sé que lo que voy a decir a continuación posiblemente me hará pasar por no pocas situaciones incómodas en el futuro, pero un servidor jamás había visto una película antes que le hiciera sentir con tanta intensidad la importancia de llegar un día a tener hijos. O no desear tenerlos jamás por el miedo al fracaso. Una de las dos cosas. Probablemente la primera. No es poco mérito para una película a la que cualquier conjunto de adjetivos – ya sean positivos o negativos – se queda corta para empezar siquiera a abarcar la enormidad de su propuesta.

 

 

 

 

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