“Bilis en el pecho”, José Luis Solar

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“Bilis en el pecho”, un relato de José Luis Solar.

 

El pecho herido de sueño y cansancio se teñía del ácido y pegajoso zumo al caer sobre mi uniforme roto y sucio de angustia cuartelera en aquella fría y seca madrugada bajo el cielo aún dominado por la
negrura que se resistía a ser devorada por rojizos e hirientes fulgores aureolando las pequeñas lomas que rodeaban el lugar donde mi  cuerpo magullado, ebrio, se encontraba.

 

Mi mente estaba fuera, lejana en la distancia, ansiando la libertad de la que me separaban escasos meses, que en la vasta y desértica planicie donde me perdía como una sombra doliente arrullado por la sombra eterna del vacío de mi existencia, daba fin a una tormentosa noche de embriaguez ahogado en licores baratos, de tabaco eterno que en detruita mezcla habían raspado mi garganta y mis intestinos, haciendo de mi ser una masa embotada de dolor y cansancio, de anímica postración en la vacilante posición donde el dolor y el cansancio fluían por mis venas y transpiraban mi piel, como una criba donde el grano se embota al no ser lo fino y moldeable que la impiedad de la red exigía.

 

No era aquella noche, ya casi madrugada una más. Era peor, era sin más una de tantas. La soledad ceñida a mi uniforme me agarrotaba. Las botas me pesaban y lastraban mis pies que aún indecisos no atinaban a andar por aquel páramo inhóspito y desolado. Casi tan desolado ya como mi alma herida en el dolor y soledad. Herida en mi mismo derrotado, no sabía ya cual era el rumbo donde llevar mi cuerpo lacerado a algú lugar donde postrarme en cuclillas, mirar al cielo, maldecir y derrumbarme, en busca del sueño reparador que sino a mi cuerpo, quizás tal vez a mi mente diera amparo. Y como posada al peregrino desamparado un lecho sobre la hierba donde acostarme y redimir mis penas en un sueño profundo cual la muerte, puesto que muerto ya en mi ser me presentía, hastiado ya del mundo y de mi mismo. Cercado por las sombras, a ellas entregado y vencido de la vida ya, desahuciado. Sentía a plomo el peso del tiempo detenido. Sentía al peso de mi angustia mi cuerpo dolorido. Sentía al cabo, el dolor de sentirme perdido. Sentía, y me extrañaba, el conservar aún algún sentido. Sentía la muerte rondar y sentía esa vaga esperanza de sentirme vivo. Tumbado boca abajo sobre la hierba plagada de rocío. Sentí el frío abrasador que aún así reanimó mi cuerpo malherido. Me abracé a la hierba, uní su ser al mío y me dejé llevar por el ligero placer que surge tras el extremo dolor del nervio a flor de piel, los músculos ateridos, la mente embotada, el cuerpo frío. Frío de muerte que me sacudió en un espasmo mortecino. Mis ojos se durmieron en la inmensidad del cerebro torturado. Pesadilla eterna que atenaza ya todo lo que es. Todo lo vivido.

 

Me supe desecho en el dolor eterno de eterno cautivo en mi dolencia de sentir la nada en el vacío. La nada que me ampara en este cuerpo ya húmedo y frío.

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