Del amor y otros demonios (2009)

Por Fernando Marañón.

 

 

¿Qué tendrá la literatura de García Márquez que no ha conseguido aún una adaptación cinematográfica a la altura del material que ofrece? Lo más próximo al acierto que recuerdo es la versión de Arturo Ripstein de El coronel no tiene quien le escriba (1999), pero incluso ésta tenía un punto de distancia con el espectador, algo no terminaba de establecer esa mágica corriente que alienta en las palabras del Nobel colombiano, capaz de atrapar a cualquier lector con el relato periodístico, la novela río, el cuento corto o sus propias memorias.

 

La costarricense Hilda Hidalgo presentó hace unos días en la Casa de América de Madrid su adaptación cinematográfica del sensual relato Del amor y otros demonios y la situación volvió a repetirse. El siempre difícil régimen de coproducción (entre Colombia y Costa Rica), el carácter de ópera prima o la maldición que parece asaltar a todos los guionistas que se atreven con García Márquez, no sé, un conjunto de circunstancias fatales muy del autor han dado como resultado otra película fallida.

 

La joven protagonista es hermosa y la luz de Cartagena impregna los fotogramas, pero las posibilidades narrativas de la cultura negra en la que, a través de sus sirvientes, se criaba la niña, se despacha aquí en un minuto de velatorio. Por el contrario, el oscurantismo religioso (resuelto con trazo bastante grueso), absorbe la mayoría del metraje, reiterando una sola idea que malgasta un tiempo precioso para la sensualidad novelesca del romance, que finalmente no se manifiesta sensual sino de un ascetismo que raya en lo inadmisible.

 

Algo difícil de entender cuando la puesta en escena se inclina por los primerísimos planos y el sonido crudo, sin apenas música, que funciona muy bien en el cine carnal. Pero, sin equilibrio entre la historia de los amantes, la del marqués y su extraña esposa (de la que nos quedamos sin saber qué le sucede) y la incómoda intriga del obispado, más allá de las dificultades presupuestarias para ambientar escenarios amplios o imprimirle al conjunto otro ritmo de montaje, lo que queda es una película lenta, con unos pocos destellos de guión y algunas estampas de gran plasticidad.

 

Y a título personal, un deseo de volver a abrir los libros de García Márquez, dónde -paradójicamente- uno imagina sin esfuerzo su propia película.

 

 

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