Especial Natalia Carrero: entrevista + reseña

ENTREVISTA


Por Elvira Navarro.

 

Natalia Carrero se estrenó en 2008 con la novela Soy una caja, uno de los debuts más interesantes, libres, locos y humildes que he leído. Ahora repite sello editorial, Caballo de Troya, y también valentía con su segundo libro, Una habitación impropia, que recoge relatos que sin embargo no forman un libro de cuentos, pues, al igual que en Soy una caja, la autora se salta a la torera las delimitaciones genéricas.  Como esto es una entrevista y no una reseña, iré desmenuzando mi parecer en las preguntas para que Carrero haga con mi opinión lo que le plazca.

 

 

cuentosdebarro.blogspot.com

 

1.- Me ha dado la impresión de que las tramas son secundarias y aleatorias en tu libro. La verosimilitud no te importa, podría saltarse de un relato (o de una parte), a otro (a otra), pues lo que en verdad hila el conjunto es una voz de la que podemos esperarnos cualquier cosa, y que avanza dando brincos.


Estoy de acuerdo con tus impresiones. Al final el conjunto ha quedado intercambiable, se nota que está moldeado con una misma pasta, esa voz que brinca y que a menudo parece que no sabe lo que quiere, pero que se mueve por la necesidad de decir algo. Y eso que dediqué mis primeros esfuerzos a tenerlo todo controlado: trama, tono, personajes, ritmo, extensión… pero no lo conseguí, y me temo que esto confirma mi mayor sospecha-pesadilla, que soy una pésima autora. En cuanto a la verosimilitud, aunque creo tener claro de qué se trata, me pasa lo mismo que con la mayoría de las convenciones en la realidad. ¿Hasta qué punto son necesarias? ¿Hasta qué punto nos las creemos, y por qué y para qué?

 

2.- El título te vincula con Una habitación propia, de Virginia Woolf, un clásico que habla de la necesidad de tener un espacio propio (de la necesidad en realidad de una propiedad material que es la llave para la libertad moral). Tu libro le da otra vuelta de tuerca, pues tus protagonistas no tienen habitaciones propias, y a pesar de ello hablan.


El título se lo debo a mi editor, al que siempre estaré agradecida, y me ha servido para entrar de nuevo en el ensayo de Virginia Woolf.

 

Esa habitación más bien la entiendo como metáfora de la emancipación. Creo que no se trataba de que las mujeres comenzaran a preocuparse por el interiorismo de sus propios despachos, o por la de labores secretas o no tan secretas que en esos interiores propios podrían desempeñar, sino de que comenzaran a disponer de cierta independencia económica, porque bien organizada, o administrada, esa independencia les daría entre otras cosas la fuerza, el medio, para crear.

 

“Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio,” leemos al comienzo del ensayo de Virginia Woolf. A destacar que menciona en primer lugar el dinero, y por regla general lo segundo se deriva de lo primero, no hay propiedad sin dinero. Al cabo de cien páginas, según mi amarillenta edición de Júcar, Virginia Woolf insiste: “La independencia intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres (…) no han tenido la menor oportunidad de escribir poesía.”

 

Si lo quiero ligar con mis protagonistas diría que pasan de tener habitaciones, pero que también pasan de considerar el dinero como algo más que un medio. Se dirigen hacia esa emancipación, en el sentido de crecimiento, de salto aunque sea a trompicones y con sus batacazos, hacia un lugar que siempre se sueña y que al final, cabría esperar que no solo en la teoría, resultara mejor.

 

3.- Tu dedicatoria dice así: “A Remedio Cortés Pla, Mimí, / a María del Remedio Gircós Cortés y Remedio Monserrat Morros, / a María Remedio Puig Gircós, mi madre, / a María Remedio, su primera hija; / voces irremediablemente calladas”. ¿Qué cuentas estás ajustando? Llama la atención que toda tu rama materna se llame Remedio, y que a ti te hayan puesto Natalia.


No es más que una dedicatoria, no tanto un ajuste de cuentas. Es un homenaje a esas Remedios, todas bastante mudas en el sentido de que aunque tenían qué contar, no contaban, se lo quedaban todo para sí, y sobre todo es un homenaje a la última, que hubiera sido mi hermana, a la que en mi imaginación infantil tantas veces me había dirigido para jugar, y que fue la que me ahorró llevar ese nombre.

 

4.- Tu narradora es por completo impúdica. Se diría que le importa un pimiento lo que el lector piense de ella, y que lo que prima es la expresión, una expresión que a veces atenta contra el buen gusto y lo que convencionalmente se espera de un narrador literario (seriedad, o humor para intelectuales; el foco en asuntos considerados “importantes”). No hay intención de guardar ninguna buena apariencia.


Quizá por este motivo no he tenido una relación fácil con lo que he ido escribiendo. En cuanto lo he leído me ha parecido un horror y me ha costado mucho retomarlo para trabajar. Por otra parte, cuando intenté que esa voz se comportara un poco mejor, no me funcionaba. De repente el texto perdía toda la convicción que hasta entonces parecía tener. Se me vaciaba de sentido, quedaba desleído precisamente.

 

Al final para mí fue un ejercicio de aceptación. Consistió en intentar seguir siendo autora y no hacer autocrítica antes de tiempo, y aceptar que aunque hubiera cosas que como tú bien dices pudieran atentar contra el buen gusto, en este caso la voz narradora necesitaba que así fuera, aunque pareciera una guarrada. Le traía sin cuidado lo que pensaran los demás o, en otras palabras, estaba más interesada en mostrar el otro lado de esas buenas apariencias que en guardarlas, o conservarlas. Es una voz rebelde, incapaz de ocultar su rabia.

 

Y para cubrirme las espaldas, me remito de nuevo al ensayo de Virginia Woolf: “Escribir lo que uno quiere escribir, es lo único que importa, y que eso importe por siglos o por horas, es lo de menos. Pero sacrificar un pelo de la cabeza de su visión, un matiz de su color, para complacer a algún Director con una copa de plata en la manga, es la más abyecta traición, y el sacrificio de la fortuna y de la castidad, que se consideraba el mayor de los desastres humanos, es en comparación una simple picadura de pulga.”

 

5.- Otra de las convenciones que también te saltas es la de la vida como un valle de lágrimas en el que sólo cabe ser descreído, cínico y pesimista. Tus protagonistas quieren hacer las cosas bien y creen en el aprendizaje.


Aunque no se lleven, ahora me gustan los finales felices, pero no facilones. Me gusta la combinación clásica de sonrisas y lágrimas, los suspiros y centrifugados emocionales. Y lo del aprendizaje es básico. Si no se cree en él, los músculos no crecen, es la muerte. Siempre hay que aprender, el estudio no puede tener fin. El cerebro también es un músculo.

 

Y respecto a eso de la vida como un valle de lágrimas, no sé qué decir. Ayer subrayé esto:

 

“Verdaderamente, vivo en tiempos sombríos.

 

Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa

 

revela insensibilidad. El que ríe

 

es que no ha oído aún la noticia terrible ”

 

Es de Bertold Brecht.

 

6.- También se apela a la responsabilidad de las mujeres para no someterse. Dices: “Chicas, menudo plantel, ¿por qué todo esto? ¿No sería mejor asombrarse de lo que podríamos hacer con nuestras energías más concentradas en lugar de disipadas, en lugar de volcarlas aquí, en las pistas de baile, en los servicios de las discotecas, en los vestuarios de los polideportivos, en los brazos, pectorales y entrepiernas de los chicos, en los probadores de las tiendas y en las cabinas de los salones de belleza? ¿No nos estamos pasando un pelo en esta búsqueda de la estupidez representada a través de la belleza física? ¿Por qué no construimos entre todas algo más vistoso que todo este despliegue de tonterías y que además posea una utilidad inusitada, que sorprenda al mundo por su sentido del deber, por resultar algo bueno para todos, sobre todo para los más necesitados? ¿Qué os parece comenzar a pensar en serio algo así? Asombremos al personal, azotemos su espina dorsal en lugar de darle siempre coba”.


Mi primera intención era trabajar la voz de los débiles, dar voz a quienes nunca la han tenido sobre todo por falta de oportunidades, pero también por exceso de obediencia, o sometimiento, que también puede ser una forma de debilidad. Enseguida me salieron las mujeres, y aunque eso no me gustó porque me parecía demasiado próximo, evidente, al final lo acepté. Me dije que quizá más adelante ya haría una buena novela sobre un tema completamente alejado de mí, más que nada para afrontar el trabajo que tenía delante no como algo definitivo, sino como una sucesión de pasos, seguramente equivocados, pero que hay que realizar.

 

Y sí, tanto si se es mujer como si no, siempre se es responsable.

 

7.- Alguna vez has hablado de tu método de escritura y has afirmado que no escribes los textos en un mismo lugar, es decir, en un mismo archivo de Word, o en una misma libreta, sino que usas distintos soportes. ¿Podrías hablarnos un poco de cómo es este proceso y de si influye en la estructura de tus libros? Por último, tus dos libros incluyen dibujos tuyos. ¿De dónde te viene esa necesidad?


Comencé a escribir en cuadernos que iba destrozando porque como sabemos el primer garabato o el primer borrador nunca es definitivo. Luego, me apenaba ver mis cuadernos totalmente rotos, tener que comprobar así que para construir era imprescindible destruir. Entonces, supongo que para ahorrarme disgustos, comencé a escribir en hojas sueltas, en cualquier papel que encontraba, y me acostumbré tanto a ese juego de lo fragmentario, y del texto que pierdo y que vuelvo a encontrar, que cuando pasé al ordenador seguí practicando algo parecido. Al principio no ponía nombres a los archivos que comenzaba, ni me importaba dónde quedaban guardados. Yo me limitaba a escribir, a tratar de canalizar unas ideas que por entonces eran demasiado vagas o débiles para pensar en su propia organización, en armar como era debido su propia estrategia narrativa. Bueno, y seguí así mucho tiempo hasta que llegué a cierta edad y me sonó una campanilla: o me concretaba ya como autora frente a mis seres queridos, o pasaba a perder toda credibilidad como persona capaz de tener algunos pensamientos propios, no muchos, pero algunos. A lo mejor ése es el ajuste de cuentas que antes buscábamos.

 

Respecto a los dibujos, me gusta definirlos como áreas de descanso. De repente leo lo que he escrito y se mezcla mi interpretación con mi necesidad de seguir dándole vueltas para verlo-comprenderlo, y entonces para no agobiarme-ofuscarme lo mejor que puedo hacer es coger el rotulador y comenzar a dibujar, intentar sintetizar con el trazo lo que sospecho que nunca seré capaz de comunicar con la palabra. No sé dibujar, y seguramente tampoco escribir novelas, pero quiero aprender.

 

Gracias.

 

RESEÑA

 

Por María Anaya Volpini.

 

Una habitación impropia. Natalia Carrero. Random House Mondadori, 2011. 214 páginas. 14,90€.


Virginia Woolf prescribía dinero y una habitación propia como elementos necesarios para el desarrollo de cualquier mujer escritora. Parece que a las protagonistas de las cinco historias que componen “Una habitación impropia” les falta ese espacio donde disfrutar con tranquilidad de su existencia ficticia. Todas escriben líneas, aunque ninguna se considera escritora. Todas le dan una y mil vueltas al espinoso asunto de la maternidad, aunque les cuesta acomodarse a esa palabra tanto como al espacio que ocupan.

 

Las hay que son madres y esposas encapsuladas en vidas de diseño de las que luchan por salir como sea. Una prueba con alcohol y el sexo anónimo, para acabar atada de una mano a su hijo y de la otra a su marido. Otra grita a su vástago en los lujosos interiores de una casa colonial en Nairobi, cerca de donde vivía aquella baronesa con memorias de África, si.

 

Otras son hijas sin madre o con padres que habrían hecho mejor papel estando muertos. Incluso hay una muchacha cuyo cuerpo parece obstinado en convertirla a la maternidad a pesar de sus empeños por sortearla.

 

Se trata de una novela de mujeres y para mujeres, según su propia autora, en la que se llega a sentir el peso de las rutinas ahogando a las protagonistas. Después de “Soy una caja”, Natalia Carrero sigue indagando ese proceso constante de construcción y búsqueda de una misma. En este caso las mujeres de Natalia miran un poco más allá, hacia sus hijos, sus no-hijos o sus padres (principalmente madres); aunque la finalidad de ese vistazo generacional vuelve a consistir en aprender más sobre ellas mismas. Los hijos subrayan algunos rasgos de estas mujeres y difuminan otros hasta dejarlos casi irreconocibles, pero no parecen significar nada más allá del cuerpo de esa mujer que los ha engendrado y se piensa a si misma mientras los observa. O de la hija perdida o enfadada que crece todo lo rectamente que puede, a pesar de sus padres (esa mujer que ES, a pesar de quienes le dieron vida).

 

El libro grita con rabia por las mil y una injusticias machistas que aún sufren las mujeres occidentales del siglo XXI. Dice la contraportada: Una habitación impropia e hipotecada llena de rabia, ira, ganas de gritar, de romper, de mandar a la mierda tanta felicidad, tanta maternidad responsable, fidelidad inevitable, obligada sonrisa, tantas fantasías morunas y domesticadas, tantos deseos impostados, e insoportables afectos y tanto y tanto paternalismo bien (o mal) intencionado. Y desde luego se siente esa rabia, ese grito, aunque a veces cuesta encontrar excusa a tanto desaliento lanzado hacia afuera en mujeres que sólo miran hacia dentro.

 

 

 

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Una respuesta a Especial Natalia Carrero: entrevista + reseña

  1. A Natalia Carrero se la entiende muy bien cuando escribe, son todas las Natalias que lleva dentro. Yo la conozco y se de su generosidad intelectual, porque cuando conoce comparte su riqueza de pensamiento. Una habitación impropia esta muy bien estructurada y engancha. . Se que llegara muy lejos con sus libros.

    Balala Puig
    6 octubre 2011 at 18:02 pm

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