Jacques Tati, el ilusionista

Por Luis Muñoz Díez.


Buster Keaton con Jacques Tati y Harold Lloyd en 1959

El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) se puede considerar un homenaje a la figura del mítico cineasta Jacques Tati. Actor y director, nacido en Francia en 1907, como Jacques Tatischeff, de origen franco-ruso-italo-neerlandés, que no es poco. Su abuelo paterno era el conde ruso Dimitri Tatischeff.

 

El estreno de El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) es buen pretexto para evocar la figura del genial cineasta. Su cine engarza con la tradición burlesque y la pantomima, y los galos aseguran que para Charles Chaplin era en el único actor y director en que se reconocía, como si monsieur Hulot fuera hijo de Charlot, pero Charlot también tenia un “padre inspirador” en Max Linder. Pero sin despreciar la ascendencia de Chaplin, y aclarando que la figura de Jacques Tati es única, su cara impasible ante las adversidades de la vida a mí me recuerda, a veces, al mejor Buster Keaton, que por esa inexpresividad fue conocido con el sobrenombre de “cara de piedra”.

 

Días de fiesta (1949)

Jacques Tati hace una crítica feroz a la sociedad, poniendo especial hincapié en la mecanización de lo cotidiano en detrimento del factor humano. Pero su cine tiene un componente muy estimulante, y para los franceses Días de fiesta (1949) fue una bocanada de aire fresco después de la ocupación nazi.

 

A partir de ahí su carera se fragua y entra a formar parte de la lista de los grandes. Jacques Tatischeff fue un mal estudiante y un buen deportista, practicaba el rugby y el boxeo. En el ejército y los vestuarios de los campos de rugby descubre que tiene facilidad para hacer reír.

 

Así que abandona su oficio de enmarcador y se lanza sin red al music-hall, al teatro de vodevil, las variedades, trabajando incluso de malabarista.

 

Play time (1967)

Su defensa de lo los valores del hombre, al que ve desplazado en la sociedad moderna por la incipiente tecnología de la época, y así lo denuncia en su última obra Play time (1967), le inclina a mirar con nostalgia al pasado, a pesar de ser un cineasta guerrero que no abandono el despacho de su productora hasta su muerte. Pero los sesenta acarrearon cambios de aires tecnológicos que a al cineasta le duelen, y se queja “es que no dejan sitio para la imaginación”, y defiende “que se pueden prescindir de los magos pero no de la imaginación”.

 

 

En El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) que ahora se estrena está todo el espíritu de Tati, y lo representa ese mago que recorre Europa actuando de tugurio en tugurio, con la única compañía de su conejo.

 

Play time (1967)

 

Mi tío (1958)

Las vacaciones del señor Hulot (1953)

Su momento de mayor éxito internacional lo tiene en 1958 con Mi tío (1958), su primera película en color con la que ganó el Óscar a la mejor película extranjera, pero el destino le hizo sufrir un revés importante y con la producción de de Play time (1967) se arruina de tal forma que acaba con su propia casa y su productora embargadas.


En Francia se le venera y para entender el anclado popular del artista en la sociedad gala basta con saber que la playa de Saint-Marc, que sirvió de escenario para el rodaje de su famosa película Las vacaciones del señor Hulot (1953), hoy lleva el nombre de playa de Mr Hulot, y no se han olvidado del legendario autor de Mi tío (1958) y Trafic (1971), aunque hace veintiocho años de su muerte.


El Ilusionista (L’illusionniste) (2010)

Ha dejado una sólida obra que se repone y revisa constantemente en la filmoteca, y la veneración hacia el genial cineasta permanece intacta en su doble faceta de actor-director, creó escuela y tiene seguidores y alumnos, como es el caso del animador francés Sylvain Chomet, un dibujante de cómics que entró con muy buen pié en el mundo del dibujo animado con un corto titulado La anciana y las palomas (1988), y es autor de otra joya animada que es Bienvenido a Belleville (2003).

 

Afincado en Edimburgo, donde tiene su propio estudio de animación en el que ha realizado El Ilusionista (L’illusionniste) (2010), una producción con un holgado presupuesto, cifrado en diez millones de libras.


Sylvain Chomet no sólo rescata el guión escrito por el genial cineasta, también revive su figura, haciéndole protagonista con su delicado dibujo animado. El guión no se llegó a rodar pero tampoco fue concebido como tal, lo escrito pudo ser una larga carta que escribió Tati a su hija, y el escenario no sería Edimburgo, como en la película animada, sino Praga.


La historia que escribió Tati como carta o guión, y ahora ha dibujado y animado Chomet, es la de un mago que ve como es desplazado por el público que prefiere la música del incipiente rock’n’roll de chavalitos melenudos a sus limpios trucos de magia. Conociendo los antecedentes de Tati, quién mejor que él podía escribir de los sinsabores del agridulce éxito, con el agravante que no sufrió Tati y sí su personaje de El Ilusionista (L’illusionniste) (2010), de que el sinsabor y el olvido llegan cuando ya tienes una edad en la que no se puede rectificar y te veas obligado a afrontar el sinsentido de la decadencia física.


Lo dibujos de Sylvain Chomet trazan una historia intimista, sazonada de desencanto e impotencia, y el mago vive esa realidad con una actitud estoica y una dignidad que sólo se desborda, a veces, en melancolía.


El  mago de El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) padece dos decadencias, una la desconfianza que está anidando en él con respecto a su arte, nutrida por la indiferencia del público, y la otra decadencia es la física por la edad. El ungüento mágico para curar ambas magulladuras le llegará al mismo tiempo en forma de una joven cenicienta con la que coincidirá en un pub-hotel, un tugurio más donde la joven friega y él se ve obligado a actuar después de haber disfrutado del éxito y colmado teatros.

 

El mago, que indudablemente es un ser positivo, volverá a ser mágico por y para ella, y en ella anidará la esperanza y lo seguirá hasta Edimburgo. Él no la defraudará, la hará vivir su propia ilusión y la acompañará en un recorrido casi iniciático a la dignidad de la vida, hasta que encuentra el amor y él se vuelve a quedar solo, pero con su autoestima recuperada.

 

La historia no es triste en ningún momento, y tanto el guión de Tati como los delicados dibujos de Sylvain Chomet, son de una belleza que enriquece, nutre y descubre la capacidad de variar el curso de las cosas ordenando nuestros sentimientos y nuestros actos. Nos enseña que todo se puede mejorar y sobre todo que se puede encarar de una manera más digna, un mensaje muy apropiado para los tiempos de tormenta que corren, porque la dignidad no nos la puede otorgar ni el éxito ni el reconocimiento. Un principio tan elemental que es a veces difícil de entender y que socava de una manera particular la autoestima del artista, siendo realmente un despropósito el fiar nuestros afanes y sentimientos a una masa informe de desconocidos que significa el éxito, o en el caso de lo laboral, a un buen postor.


La narración cinematográfica está basada en el movimiento, y la imagen animada potencia la obra hasta ser puro cine, y transmite los sentimientos del mago y su joven protegida. Esa imagen es más que suficiente para desplegar un mapa de emociones en el espectador. Otro acierto de Chomet es el tratamiento tan naturalista con que dibuja a los personajes y decorados, consigue que esa imagen mágica, que en principio posee el dibujo, traspase la pantalla y el espectador sienta respirar al mago y a la chica.


Jacques Tati

El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) ayuda a desmentir la creencia, afortunadamente muy superada, de que los dibujos animados son sólo para niños, y más después de las irreverentes series de animación pasadas por televisión como Padre de familia (TV), American Dad (TV) o South Park (TV). La historia de El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) nada tiene que ver con las series nombradas, es delicada y compleja, pero como toda gran obra tiene tantas lecturas como espectadores la vean. El dibujo es fiel al espíritu de Jacques Tati. Sylvain Chomet copia y  recrea los movimientos del actor, su físico destartalado que choca con la elegancia de sus gestos, en la forma de caminar, en sus reverencias al publico, manejando con un chocante control sus largos brazos, sus manos a punto de sacar una moneda de una oreja o sus largas piernas de cigüeña zancuda.

 

Es una verdadera joya que se estrenó en el festival de Berlín de 2010 y desde entonces no ha parado de obtener reconocimientos, cuenta con la nominación al Óscar, al Globo de Oro, el César y el premio Europeo de Cine a la mejor película animada de 2011. Pero el verdadero premio es la cara de los espectadores cuando contemplan la película y el extraño optimismo que contagia y se sale de la sala de proyección. Creo que no hay mejor razón para acudir a una sala y ver una película.


El hombre, en su deseo de inmortalidad levantó dólmenes y pintó cuevas, y visto lo visto estaba muy acertado, porque Jacques Tati, que lleva veintiocho años muerto, con su figura y su historia animada, con un tacto exquisito por Sylvain Chomet, nos sirve para creer que cualquier contratiempo que suframos hoy aún tiene algún arreglo.

 

El Ilusionista (L’illusionniste) (2010) se estrenó en España el pasado 7 de octubre de 2011.

 

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Una respuesta a Jacques Tati, el ilusionista

  1. Magnífico acercamiento, amigo, a la figura de Jacques Tati. Se echa de menos el fino humor, la ternura, el ingenio de ese realizador tan francés que nos legó películas maravillosas. Habrá que ver El Ilusionista. Un abrazo y gracias por esta reseña.

    José Luis Muñoz
    19 octubre 2011 at 19:49 pm

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