Charada

Por Fernando Marañón.

 

Anoche soñé que volvía a Manderley


Ayer se nos hizo de noche viendo Charada (1963), la película en la que mis hijas concluyeron, hace ya algún tiempo, que gran parte del mejor cine trata sobre la simulación y la mentira. Aún no han llegado a plantearse que –como la vida- el cine es precisamente eso mismo, mentira y simulación. Pero resulta difícil dar ese paso cuando ves en los primeros minutos cómo Audrey Hepburn vestida de Givenchy conoce a Cary Grant en una estación de Sky donde acecha un niño con una pistola. Por no hablar del “accidente” ferroviario del señor Lampert, los créditos de Maurice Binder o la música de Henry Mancini, que anteceden al encuentro alpino de estos intérpretes deliciosos e imperecederos.

 

La última gran película de Cary Grant, ese tipo con la barbilla partida al que también le hubiera gustado ser como Cary Grant, es probablemente el resumen de su impecable talento, de toda esa facilidad para ser elegante y deportivo, simpático e inquietante, liviano y melancólico, sincero y mentiroso. La última mentira viva de un Hollywood a punto de cambiar.

 

La película centro en la filmografía de Audrey Hepburn, después de protagonizar media docena de obras maestras y antes de hacer lo mismo con otras tantas, es el mejor catálogo de su fragilidad y su belleza, de su capacidad de supervivencia, de su inteligente sonrisa, su mirada irrepetible, su mentirosa pureza.

 

La única película de Audrey y Cary es la mentira contagiosa de un acertijo cinematográfico, de una perfecta Charada. Una mentira que la joven viuda Regine Lampert dice no soportar, pero que usa cuando su seguridad, su felicidad o su vestuario están en juego. La mentira de un galán oportuno y cambiante que siempre tiene una señora en su currículum, aunque sea otro currículum y aunque estén divorciados. La mentira de un tesoro a la vista de todos pero oculto, como la carta robada de Poe. La mentira de un reguero de muertos en pijama, un policía que se corta las uñas en los funerales y un funcionario americano que invita a almuerzos simulados en despachos ajenos. La mentira del suspense como excusa para la comedia, la comedia como excusa para el amor, el amor como excusa para la moda, en un juego de muñecas rusas, falsas, por supuesto.

 

Su director Stanley Donen, el hombre que regaló a la Humanidad el más bello y tramposo baile bajo la lluvia que se filmará jamás, sabía bien cómo mentirnos y que no nos importara. Le bastó con reunir a Audrey y a Cary, y hacerlo en la ciudad más mentida del planeta, esa donde a medianoche la mitad de sus habitantes ama a la otra mitad, aunque de vez en cuando aparezca un fiambre enfundado en un pijama: París. París y sus esplendidos apartamentos vacíos, París y sus comisarías de bistró. París y sus coquetos hotelitos balconados, sus barcos por el Sena, sus mercadillos filatélicos, sus divertidos cabarets, sus cabinas de madera, su metro acharolado, su patio de columnas del palacio real. París para mentirse y mentir sin rubor sobre los demás y sobre uno mismo, sobre la edad y el deseo, sobre la vida y la muerte. París como un paréntesis siempre hermoso, como un capricho chic, como una broma de amantes. París como una charada inagotable, donde hasta el crujido de las tablas de un escenario teatral puede ser cierto o no.

 

Al final, por supuesto, Audrey y Cary se quitarán la última máscara y se prometerán matrimonio y muchos hijos, mientras las mías proponen que el próximo domingo pongamos otro clásico sofisticado. Porque cada vez que volvemos a Manderley las mentiras del cine son más verdad que las otras.

 

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